miércoles, 8 de julio de 2009

José María Pemán: la Cruz y la Corona





por José Javier Esparza




Tomado de la hemeroteca de COPE






urante más de medio siglo, fue uno de los autores más populares y leídos de España; hoy, por el contrario, yace sepultado bajo una losa de silencio y olvido. ¿Por confuso? No: por claro. Entender a Pemán es muy fácil: la Cruz, la Corona y la España eterna. Pemán puso en verso (y en prosa) la visión de España asentada por Menéndez Pelayo y, después, por la escuela de Acción Española. No fue el único que transitó ese camino, pero sí supo convertirse en el más característico. Por eso hoy se ha convertido en un autor pero que muy políticamente incorrecto. Y por eso nos interesa.

Pemán –Jose María Pemán y Pemartín- nació el 8 de mayo de 1897 en Cádiz, en una familia de la alta burguesía. Su padre era diputado conservador. Tuvo la infancia propia de su estatus: buenos colegios, estudios universitarios… Se doctoró en Derecho con una tesis sobre las ideas filosófico-jurídicas de La República de Platón. Incluso trabajó dos años como penalista. Pero lo que a él le gustaba era la poesía. Y como se lo podía permitir, dedicó casi todos sus esfuerzos a ese mundo. ¿Cómo? En una disciplina muy española y más específicamente andaluza: los Juegos Florales, las justas poéticas.

Pemán se estrena en esas lides muy joven, con poco más de veinte años. Como siempre tuvo un talento natural para el verso sencillo y claro, brilló enseguida. En un certamen en Sanlúcar de Barrameda encontró un trampolín inesperado: su poema El Viático se hizo famosísimo y le permitió consagrarse por entero a las letras. Con sólo 23 años ingresa en la Real Academia Hispano Americana de Cádiz. Publica su primer libro de poesía: De la vida sencilla. Y se casa: con doña María del Carmen Domecq Rivero Núñez de Villavicencio y González. Tendrían nueve hijos.

Aunque entregado a la poesía, Pemán no permanece ajeno a las convulsiones políticas de su momento, que eran muchas: asesinato del presidente Dato, desastre de Annual en Marruecos, mil huelgas en un solo año (1920), terrorismo anarquista, pistolerismo… Un caos que termina inevitablemente en una dictadura militar. El general Primo de Rivera toma el poder en 1923 con anchísimos apoyos en todos los sectores sociales (también del partido socialista). Pemán, que ya se ha significado como intelectual conservador, católico y patriota, se adhiere al movimiento del dictador, la Unión Patriótica. Por encargo del general escribirá Pemán una letra para el himno de España. Era el año de 1928. Esa letra decía así:

“¡Viva España!/ alzad la frente/ hijos del pueblo español/ que vuelve a resurgir./ Gloria a la Patria/ que supo seguir/ sobre el azul del mar/ el caminar del sol./ Triunfa España/ los yunques y las ruedas/ cantan al compás/ del himno de la fe./ Juntos con ellos/ cantemos de pie/ la vida nueva y fuerte/ del trabajo y paz”.

Primo de Rivera le nombra secretario de la Asamblea Nacional consultiva. ¿Por su prestigio literario? Sí, pero también porque era amigo de la familia. Dentro de esa Asamblea se formó una comisión constitucional que debía dar solidez doctrinal al régimen. Allí estaban Maeztu, Goicoechea, Pradera, Juan de la Cierva, Gabriel Maura… y Pemán. “Cread un Estado nuevo”, les había encargado el dictador. Ellos lo crearon, pero el dictador prefirió seguir con el Estado viejo, y así le fue. En 1930, el Rey deja caer a Primo de Rivera. Después, el país deja caer al Rey. Llega la II República.

La extrema politización de la vida durante la II República no ahorra a nadie. Nuestro autor elige campo como periodista político: escribe en el católico El Debate y en el monárquico ABC. Publica su primera novela larga: De Madrid a Oviedo pasando por las Azores, una severa crítica, aunque cargada de humor, a la España que había pasado de la monarquía a la República sin enterarse. Ingresa en Acción Española, el grupo más activo de la derecha intelectual, y en enero de 1933 asiste a la fundación del partido monárquico Renovación Española. Ese mismo año se plantea una batalla político-cultural en Cádiz: las elecciones del Ateneo local. Hay dos candidatos: el alcalde, de Izquierda Republicana (el partido de Azaña) y Pemán, tradicionalista y monárquico. Gana Pemán. Ese mismo año gana también un acta de diputado por Cádiz como monárquico independiente.

Sus obras de este tiempo son obras de combate. En 1931 publica su Elegía de la tradición de España. Después estrena con gran éxito El divino impaciente, una pieza dramática en verso sobre San Francisco Javier; en ese momento Azaña estaba proclamando que “España dejado de ser católica”. Con El divino impaciente obtuvo el premio Cortina de la Real Academia, en la que ingresará en 1936. Enseguida estrenó otra obra que también hay que calificar como teatro de combate, Cuando las Cortes de Cádiz, denuncia de las Cortes de 1812: aunque el enemigo francés sea vencido, permanece dentro con el liberalismo masónico. La protagonista de la obra, Lola «la piconera», se convirtió en una celebridad popular. Pemán no se ajusta a algo que podamos llamar un pensamiento político articulado, pero sí tiene muy claro dónde está y, sobre todo, dónde no está: a finales de 1935 publica sus Cartas a un escéptico en materia de formas de gobierno, donde reprueba tanto la monarquía liberal como el republicanismo blando que propugna la CEDA, el partido mayoritario de la derecha. ¿Qué defiende Pemán? Lo que siempre ha defendido: monarquía tradicional, religión católica, patriotismo español.

Es en esta época cuando Pemán se gana su reputación de ser el mejor orador de España: por todas partes se oye su voz en defensa de la España tradicional, de la fe y de la Historia, que el régimen republicano intenta aniquilar. “Yo hablo –decía- en nombre de toda la profundidad de la conciencia de España, que queda más allá de todos los partidos, de todos los distritos. Yo hablo en nombre del viento que entra y sale, como por los ojos vacíos de una calavera, por los huecos de los paredones de los conventos derruídos y las iglesias quemadas, y hablo en nombre del silencio tradicional de la madrugada del Viernes Santo de Sevilla; yo hablo en nombre de las escuelas sin cruces, de los cementerios sin capilla, de las verdades profundas de nuestra tradición”.

Cuando estalla la guerra civil, Pemán elige bando y se implica hasta convertirse en el “bardo de la Cruzada”, el poeta del 18 de julio por antonomasia. A los pocos días del Alzamiento, se presenta en Radio Jerez y hace un llamamiento a la guerra. Pemán veía la guerra civil como una batalla metafísica entre dos fuerzas irreconciliables: el Ángel y la Bestia. Para expresar esa oposición cósmica escribió entre 1937 y 1938 una de sus obras más importantes: el Poema del Ángel y la Bestia, hoy silenciado, sobre el que Cela dijo (en 1947) que “No creo que poeta contemporáneo alguno haya visto más diáfanamente el ser y el sentir de la poesía”. El poema es una gran alegoría. La Bestia es un vehículo blindado. El Ángel, un joven voluntario aragonés, analfabeto y cristiano, que con su fe conseguirá vencer a la Bestia. El propio Pemán explicó así su mensaje:

“…Y este que nace es año milenario de espantoso terror. El viejo duelo de la Nada y el Ser, como en el cielo antes del Tiempo, como en el Calvario en mitad de las horas, ha encendido su batalla de nubes y de estrellas. Se desatan las fuentes de los males. Tornan, crujientes, las elementales potencias a sus duelos y querellas. El año es de porfías y es de muerte su signo, quieren tapar como en lejanos días las alas puntiagudas del Maligno los ojos de jacinto del Mesías. Este que nace es año misionero: flor de Cruzada y de Caballería. Se han helado las rosas que solía dar mi jardín. El ciego padre Homero para cantarlo, sea mi seguro lazarillo inmortal: Toma mi mano. Aleja de mi boca el verso impuro. Dame a beber el aire fresco y sano… Y haz otra vez emocionado y duro como el de Pero Abad, mi castellano: “Y así el viento marcero / –nube de arena entre levantes rojos; / hoz, martillo y guadaña– / quiso apagar mi octavo candelero: / ¡la niña de mis ojos! / ¡la Iglesia de mi España!”.

Durante la guerra presidió la Comisión de Cultura y Enseñanza de la Junta Técnica del Estado, que “purgó” del sistema de enseñanza a los maestros que habían ingresado con carné del Frente Popular. Cuando Franco unifique al bando alzado creando la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, Pemán será nombrado miembro de su Consejo Nacional. Y del mismo modo que se había implicado en la guerra, Pemán se implicó en la posguerra. Dirigió la Real Academia entre 1939 y 1940 –fue destituido por un serio incidente personal con Miguel Primo de Rivera, hermano de José Antonio- y después entre 1944 y 1947. En esta última ocasión renunció a su cargo en favor de Ramón Menéndez Pidal, el gran filólogo. Pemán estaba convencido de que la enseñanza de la Historia era la clave de la salud nacional. En 1939 había publicado Historia de España contada con sencillez. En 1942 se le encomendó la tarea de presidir el tribunal de oposiciones a catedráticos de Instituto de Historia de España.

Pemán se multiplica. Aparece por todas partes. Conferenciante infatigable, orador en todo género de manifestaciones, destacó también como creador de himnos. Ya hemos visto la letra que confeccionó para el Himno de España –no con Franco, sino con Primo de Rivera-, y después de la guerra siguió cultivando el género: el himno de la Escuela Naval, el del Congreso Eucarístico de Barcelona, el del Ejército del Aire… Una conferencia suya clausuró el Congreso Eucarístico de Barcelona en 1952.

A partir de los años cincuenta, nuestro autor se significa en el partido monárquico: aboga por restaurar la Corona en la persona de Don Juan de Borbón. La marcha de las cosas en Europa aconsejaba una reforma del régimen. Franco, evidentemente, se negará. Y Pemán, por su parte, se convertirá en el primer propagandista de la Corona, hasta el punto de presidir el consejo privado de Don Juan entre 1960 y 1964. No se piense, sin embargo, que esto implicó una hostilidad entre Franco y Pemán. Es conocido su intercambio. Franco le decía a Pemán: “Convénzase, Pemán: Europa está equivocada”. Y Pemán le contestaba: “¿Y por qué no probamos a equivocarnos también nosotros, mi general?”.

Franco tuvo siempre a Pemán por uno de sus amigos: “Pemán es un caballero –decía el general- y nunca he tenido ninguna queja de él, a pesar de su agudeza política soltando indirectas y alusiones en sus discursos y artículos. A veces tira con bala, pero sabe guardar al Movimiento Nacional la admiración y el respeto que le debe todo buen patriota”. Un matiz importante: lo que Pemán quería no era una monarquía parlamentaria, sino una monarquía tradicional, confesional (católica) y con representación corporativa. Cuando Franco designe sucesor a Don Juan Carlos, Pemán considerará cerrada esta página de su vida: se había logrado el objetivo, aunque finalmente la monarquía no corresponderá al perfil tradicional que Pemán deseaba.

Mientras tanto, y en el plano cultural, Pemán se convierte en una referencia fundamental del mundo literario español. En 1946 publica Las flores del bien, la cumbre de su poesía no épica. Sus Obras Completas empezaron a publicarse –por la editorial Escelicer- en 1947: siete tomos hasta 1965. En 1955 fue premio Mariano de Cavia. En 1957, premio March de Literatura. A finales de los años sesenta escribió guiones para radio y televisión. Los más veteranos recordarán El Séneca, una serie de televisión protagonizada por un andaluz desenvuelto y sentencioso. Entre 1939 y 1975 participó en una veintena de películas. Escribió casi cuarenta piezas dramáticas entre propias y adaptaciones. Una obra ingente.

Los últimos libros políticos de Pemán fueron Meditaciones sobre el Tradicionalismo, Mis almuerzos con gente importante (1970) y Mis encuentros con Franco (1976). Este de los Almuerzos es un libro llamativo, donde Pemán ha construido su propio personaje. No faltará quien le reproche –con razón- que en esta obra ironice sobre personas e ideas que él mismo había defendido tiempo atrás de forma muy vehemente, como la dictadura de Primo de Rivera.

En 1975 murió Franco y llegó la monarquía que anhelaba nuestro autor. Pemán tenía ya setenta y ocho años y el libro de su vida se cerraba. En mayo de 1981, Don Juan Carlos le entregaba el Toisón de Oro y sus insignias: era el reconocimiento institucional a una vida entregada a la causa de la Corona. Apenas dos meses después, moría Pemán en su casa de Cádiz, con un crucifijo en las manos, como un caballero cristiano, que es lo que siempre quiso ser.

¿Por qué, en fin, nos interesa hoy Pemán? Por cantidad, por calidad, y por cualidad. Por cantidad, porque ha sido uno de los autores más prolíficos del siglo XX ya no sólo en España, sino en toda Europa, y la vida cultural de ese tiempo –que sigue siendo el nuestro- no puede escribirse sin él. Por calidad, porque esa obra es, casi siempre, de una altura notabilísima. Y por cualidad, porque las ideas que Pemán transmite en su obra constituyen un cuerpo absolutamente fundamental para entender la Historia de España; hoy esas ideas han quedado silenciadas, proscritas, bajo la dictadura progresista de lo políticamente correcto. Pero esos principios guiaron a una buena parte de los españoles de ayer y, quién sabe, quizá no sea descabellado recordárselos a los españoles de hoy.

1 comentario:

ErmitañoUrbano dijo...

Realmente lo felicito. Admirable e importanticima la figura y obra de Peman.Leerla nos sacara de nuestra mediocre vida ....1Dios,Patria, Hogar¡


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