
Por José Antonio Ullate Fabo
Tomado de Conoze
XIV.- Merovingios
Sorprendente precisión para alguien que no sabe nada
Capítulo 60, página 318:
«-¿Y esos cuatro arcones con documentos son el tesoro que los caballeros templarios encontraron bajo el Templo de Salomón?
»-Exacto».
No existe ningún documento que lo sugiera ni siquiera hay ningún indicio que nos haga pensar que los templarios excavaran el Templo de Salomón y encontraran esos cuatro arcones de que habla Teabing, ni el sarcófago de la Magdalena, como dirá más adelante.
Ahora bien, según Teabing, esos arcones contienen la única prueba de que esos arcones existen. Teabing confiesa que no los ha visto, ni ha visto ninguno de los supuestos documentos. Entonces, ¿cómo sabe de qué está hablando? ¿Cómo sabe que lo que hallaron no fueron los tesoros de la reina de Saba o la fórmula de la Coca-Cola?
Aquí conviene que los merovingios sean descendientes de Jesús, y que París sea fundada por aquéllos
Capítulo 60, página 319:
«El linaje de Cristo se perpetuó en secreto en Francia hasta que, en el siglo v, dio un paso osado al emparentar con sangre real francesa, iniciando el linaje conocido como la Casa Merovingia.
»-Los merovingios fundaron París.
»-Sí, ésa es una de las razones por las que la leyenda del Grial es tan rica en Francia».
No sabemos cómo ese fantástico linaje de Cristo entroncó con los descendientes de Meroveo ni cuándo sucedió tal cosa. Obviamente, la historia no recoge ningún episodio semejante, ni podemos deducirlo por ningún indicio. Pero hay más, los francos, hasta llegar a Clovis -Clodoveo-, eran un pueblo germánico muy particular. A diferencia de otras grandes tribus germánicas no habían entrado en contacto con el cristianismo, ni en su versión ortodoxa ni con el arrianismo. Los otros dos pueblos bárbaros que dominaban también la antigua Galia romana, los visigodos y los burgundios, eran arrianos. La población galo-romana de estas regiones era, sin embargo, en su mayoría católica.
Según Brown, el linaje de Cristo emparenta con la sangre real francesa e inicia la casa de los merovingios. Supuestamente, a partir de entonces, hasta llegar a Dagoberto II, todos los reyes franceses son descendientes carnales de Jesús. Menos de cien años después de ese misterioso y fantasioso entronque, el más famoso de los merovingios, Clodoveo -que se había casado con Clotilde, princesa católica borgoñona- vence en la batalla de Tolbiac tras ver una «señal en el cielo». Pocos años después, el 25 de diciembre de un año en torno al 500, Clodoveo se bautiza junto con unos 3.000 guerreros fieles. Clodoveo fue gran amigo de San Remigio, obispo de Reims, y de San Avito, obispo de Vienne. Tras la conversión de Clovis, la Iglesia merovingia (franca y galo-romana) comienza una decidida labor de evangelización de las tribus francas. La cristianización de los francos se culminaría en el siglo VII. Los misioneros católicos celtas poblaron la Galia de monasterios que seguían la regla de San Columbano y los benedictinos hicieron lo mismo con la regla de San Benito. El reino franco se convirtió en un potente foco de irradiación de la fe católica... durante el reinado de la dinastía merovingia.
Parece muy extraño que Clodoveo, que según Brown descendía carnalmente de Jesús, no sólo casara con una princesa católica -que no dejó nunca de catequizarle hasta que lo convirtió-, sino que pidiera solemnemente el bautismo y que adoptara como religión oficial del reino el cristianismo. Hay que darse cuenta de que si alguien no tenía necesidad de fingir, ése era Clodoveo. Procedía de una familia de gran prosapia pagana. Su pueblo era pagano como él. Sólo los pobladores galo-romanos eran católicos, pero sabía bien, por sus parientes los visigodos que se podía dominar a una población local católica sin necesidad de congraciarse con su religión. Para más inri, todos los pueblos germánicos que le rodeaban al sur y al sudoeste eran arríanos. Vemos que no necesitaba de ello, pero si Clodoveo hubiera querido hacer un cálculo pragmático para decidir su estrategia «religiosa», hubiera optado por cerrar filas con sus «primos» los visigodos y los burgundios, que eran arríanos... y curiosamente, los arríanos son «cristianos» que no creen que Jesús fuera de naturaleza divina.
Brown no conoce la historia de Europa más que de oídas, está claro. Cree él que se ha «apropiado» de los merovingios, y por lo tanto, le conviene a sus propósitos decir que «los merovingios fundaron París». Una vez más, eso no probaría ni insinuaría nada extraño. El problema es que la capital francesa tiene un origen muy anterior. Unos setecientos años anterior. En el siglo III a.C., en la actual región de París, se estableció la tribu de los parisios (parisii). Los romanos trascribieron su nombre como Lutetia Parisiorum, algo así como «la Lutecia de los parisinos».
«Ésa es una de las razones por las que la leyenda del Grial es tan rica en Francia», le confirma Teabing a Sophie. Bueno, quizás haya que intentar buscar otra razón, amigo Teabing.
Brown resuelve el enigma de la muerte de San Dagoberto II
Capítulo 60, página 320:
«¿Ha oído hablar del rey Dagoberto? [...]
»-Era un rey de Francia, ¿no? ¿No es aquél a quien apuñalaron en el ojo mientras dormía?
»-Exacto. Asesinado por el Vaticano y por Pipino de Heristal, que estaban confabulados. A finales del siglo VII. Con el asesinato de Dagoberto la dinastía merovingia prácticamente desapareció. Por suerte, su hijo, Sigeberto, logró escapar secretamente al ataque y perpetuó el linaje, que más tarde incluyó a Godofredo de Bouillon, fundador del Priorato de Sión».
Dagoberto II no es otro que San Dagoberto, rey. Hay que decir que fue rey de Austrasia, no de Francia, en cuyo territorio había otros dos reinos, también merovingios, Neustria y Borgoña. Curiosamente la historia (según Brown manipulada por los vencedores) nos muestra a un rey inteligente y bondadoso, muy cristiano y devoto. Llegó al trono siendo niño, pero una conspiración del mayordomo de palacio Grimoaldo lo arrancó de él. Por cierto, que para ser un descendiente de María Magdalena, se portó en todo como un perfecto católico y hasta se hizo consagrar rey por el obispo de Reims, San Rigoberto y fue amigo íntimo de San Wilfredo de York.
Dido, obispo de Poitiers, se llevó al niño a Irlanda, para protegerlo. Allí vivió varios años en un monasterio y recibió una esmerada educación católica. Veinte años después, volvió a ser llamado al trono, en el 676, siendo mayordomo de palacio Ebroíno, y permaneció en él hasta el 679, cuando fue asesinado. Pepino o Pipino de Heristal todavía no era mayordomo de Palacio y no consta que tuviera participación directa en la muerte de Dagoberto, aunque tampoco hay que excluirlo, dadas las costumbres de la época. Este Pipino era nieto de otro Pipino, de Landen, que también fue mayordomo real y fue un hombre de gran santidad, lo que le costó algunos disgustos con el abuelo de Dagoberto II, Dagoberto I, a quien reprochaba su vida adúltera. Pipino de Landen fue elevado a los altares, y recibe culto de beato.
Dagoberto II había sido un rey muy impopular entre los nobles (no así entre el pueblo), por lo que tenía numerosos adversarios en su propio entorno. Murió durante una cacería, y eso es lo que se sabe.
Respecto a la supuesta participación de «el Vaticano» en la muerte de San Dagoberto, la sola idea causa estupor y ni una sola de las fuentes insinúa nada al respecto. Dagoberto era un buen cristiano y fiel hijo de la Iglesia. Además, hacía varios decenios que el poder real descansaba en manos de los mayordomos de palacio, que en muchas ocasiones deponían a unos reyes e imponían a otros, de modo que los últimos merovin-gios han pasado a la historia como los reyes holgazanes.
A la muerte de Dagoberto todas las fuentes indican que no quedaron descendientes varones suyos, pues corrieron la misma suerte que su padre. La noticia que nos cuenta Brown relativa a la supervivencia de su hijo Segisberto por supuesto se basará en fuentes secretas. Dagoberto II tuvo cuatro hijos, y dos hijas suyas también son veneradas por la Iglesia como santas, Santa Herminia y Santa Adela.
Como ya se ha indicado antes, es falso que la familia de Godofredo de Bouillon fuera descendiente de Dagoberto. Ellos mismos, sin aportar más pruebas, se decían descendientes de Carlomagno, un Heristal, y hacían gala de ello.
Por último, un anacronismo en plena acusación de conspiración para el asesinato. Supuestamente, detrás de la muerte de San Dagoberto, según Brown, estaría «el Vaticano». Es interesante, y representativo de la vaguedad de las acusaciones de este autor, tan exhaustivamente documentado. Desde el siglo IV hasta comienzos del siglo XIV, la residencia de los Papas era el palacio del Laterano, que se incendia poco antes de que comenzara «la cautividad de Aviñón», el período en que los Papas residieron en esa ciudad del mediodía francés. A finales del siglo XIV, el papado vuelve a Roma y es cuando comienza a usarse la residencia del Vaticano. Sin embargo, la forma de referirse a la institución no es «el Vaticano» hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando los «unitarios» de Mazzini y de Garibaldi empiezan a llamar así a los Estados Pontificios. Es pues, una denominación reciente, anticlerical y que se refiere al gobierno temporal del Papa. A partir del pacto de Letrán, el 12 de febrero de 1929, la denominación internacional del Estado pontificio es «Ciudad del Vaticano». Pero para lo que nos interesa, no se puede hablar de «el Vaticano» a finales del siglo VIII. Para eso aún faltan algo más de mil años. La forma histórica para referirse al papado hubiera debido ser «la sede de Pedro», «la Santa Sede», o sencillamente, «el Papa».
XV.- Astros y sexo
Ay, esos cristianos que creen a pies juntillas en los horóscopos...
Capítulo 62, página 332:
«Langdon sintió un escalofrío. Las profecías astrológicas nunca le habían interesado demasiado ni se había fiado de su credibilidad, pero sabía que había gente en la Iglesia que las seguía a pies juntillas.
»-La Iglesia llama a este período de transición "el Fin de los Días". [...] No se refieren al fin del mundo, sino más bien al final de la presente era, la de Piscis, que empezó en la época del nacimiento de Cristo, se desarrolló en el transcurso de dos mil años y ha terminado con el milenio que hemos dejado atrás. Y ahora hemos entrado en la Era de Acuario, el Fin de los Días ha llegado».
De nuevo una afirmación gratuita, sin ningún fundamento: «Había gente en la Iglesia que las seguía a pies juntillas [las profecías astrológicas]». Los cristianos saben que Jesucristo explícitamente nos aparta de tales especulaciones. Todo intento de averiguar acontecimientos futuros por vía de predicciones, oráculos y «profecías» astrológicas es incompatible con la fe del cristiano y es una tentación de no vivir la confianza en la Providencia de Dios. El Catecismo de la Iglesia católica señala que «todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios; la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone "desvelan" el porvenir. La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de videncia, o el recurso a mediums encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de amoroso temor que debemos solamente a Dios» (número 2116).
Por supuesto la Iglesia no llama con ningún nombre a «este período de transición» del que habla Brown, ni cree que existan cambios de eras, ni la de Acuario, ni la de Piscis, ni la del mono. El Hijo de Dios anunció que llegaba el Reino de Dios y el único cambio sustancial que ya esperamos los cristianos es el de su Segunda Venida antes del fin de los tiempos.
Brown quiere hacer creer al lector que la misma Iglesia participa de la superstición de los cálculos astrológicos, error del que hubiera salido con una sencilla consulta a un catecismo. Pero eso quizás le hubiera estropeado la tarde.
Hay que ver lo que inventan algunos hombres para camelar a las mujeres
Capítulo 74, página 383:
Langdon le explica a Sophie que el rito sexual que él llama Hieros Gamos «no tenía nada que ver con el erotismo. Se trataba de un acto espiritual. Históricamente, el acto sexual era una relación a través de la que el hombre y la mujer experimentaban a Dios. En la antigüedad se creía que el hombre era espiritualmente incompleto hasta que tenía conocimiento carnal de la divinidad femenina. La unión física con la mujer era el único medio a través del cual el varón podía llegar a la plenitud espiritual y alcanzar finalmente la gnosis, el conocimiento de lo divino. Desde los días de Isis, los ritos sexuales se consideraban los únicos puentes que tenía el hombre para dejar la tierra y alcanzar el cielo.
»-Mediante la comunión con la mujer -prosiguió Langdon-, el hombre podía alcanzar un instante de climax en el que su mente quedaba totalmente en blanco y veía a Dios».
Una breve explicación, porque el asunto es de una grosería que produce vergüenza.
Ni Brown ni ninguno de los -lamentablemente- crecientes adeptos a esta religión feminista pueden aducir una sola prueba de lo que dice respecto al sexo como acto espiritual en «la antigüedad». Nunca existió el culto a «la diosa», a «la divinidad femenina», como se explicará más abundantemente en la tercera parte.
Nunca se ha encontrado rastro de una sociedad en la que «el acto sexual era una relación a través de la que el hombre y la mujer experimentaban a Dios», más que en la fantasía hipererotizada de algunos contemporáneos, que alimentan una extraña nostalgia respecto de un fantasioso edén de cópulas irresponsables e irreprochables. Las prácticas sexuales desenfrenadas han formado parte de cultos, demoníacos e irracionales, tanto en Grecia como en Roma y otros pueblos, y hasta hoy, en los que no se perseguía ninguna perfección espiritual, sino el puro deleite físico y si se quiere una sensación de poder totalmente mundana y justificada con un ritual «religioso». Pueblos como los cananeos conocieron la prostitución sagrada, pero eso prueba el nivel de postración moral al que llegaron. De hecho, muchos judíos, que eran vecinos de los cananeos, muchas veces se dejaban caer por sus prostíbulos «sagrados» para holgar con sus hierodulas, pecado que no escapaba a los enojados ojos de los hebreos piadosos y a la reprensión del mismo Yahveh, por boca de sus profetas[15].
No se puede leer sin estremecimiento que «la unión física con la mujer era el único medio a través del cual el varón podía llegar a la plenitud espiritual y alcanzar finalmente la gnosis, el conocimiento de lo divino», cuando precisamente lo que se ha asociado siempre con la lucidez religiosa ha sido la continencia sexual, mucho antes del cristianismo (p.e. los pitagóricos, los estoicos, las vestales...). Los festivales pánicos y dionisíacos en los que los partícipes se involucraban en orgiásticas prácticas eran rituales basados precisamente en el miedo y la angustia que produce la vida sin comunicación con Dios. De Pan, el dios griego de los pastores, que aterrorizaba a los caminantes y a quien atribuían los ruidos tenebrosos en los montes, procede la palabra pánico. Ese mismo dios era el que auspiciaba el recurso a los aspectos más instintivos como forma de huir del sinsentido cotidiano y de la imposibilidad de dar razón del mal en la vida.
«Mediante la comunión con la mujer -prosiguió Langdon-, el hombre podía alcanzar un instante de climax en el que su mente quedaba totalmente en blanco y veía a Dios». Una vez más, ningún indicio, ni aun somero, de que esta afirmación de Langdon tenga el menor fundamento real. Ni sombra. Pero eso sí, encaja perfectamente con la mentalidad autoindulgente y cobarde de la sociedad en que vivimos. Cobarde, porque agradece cualquier coartada -por alucinante que sea- que le permita justificar una vida banal y sin responsabilidad moral. Nada agrada más a ciertas mentes que poder hablar de sus bajezas convirtiéndolas en virtudes.
Afirmar que al dejar la mente en blanco se ve a Dios es una machada descomunal. El sexo usado de forma alienante conduce a una vida obsesiva y no precisamente racional. Un dios que hubiera creado una criatura racional y luego le pidiera que para unirse a él silenciara su razón sería un ser macabro y cruel. Dios nos ha hecho inteligentes y ha creado un mundo que se puede comprender, según la medida de nuestra inteligencia, y la unión con Dios pasa por nuestra aproximación intelectual y afectiva a Él. Por conocerle y amarle.
Eso no quiere decir que el sexo sea algo malo, sino que tiene su función propia. Del mismo modo en que comer no es algo malo y no por ello sirve como vía unitiva con Dios.
Nótese otra vez, así como en la explicación siguiente, cómo Langdon en el fondo está pensando siempre en el apetito sexual del varón, y que tiene una concepción instrumental del cuerpo femenino. Suena a una torpe fantasía masculina para seducir a mujeres crédulas.
Brown no ve más que sexo por todas partes, incluso donde menos debe
Capítulo 74, página 384:
«Los alumnos judíos de Langdon siempre se quedaban boquiabiertos cuando en clase explicaba que la tradición hebrea primitiva incluía ritos sexuales. "Y en el Templo, nada menos". Los primeros judíos creían que el sanctasanctórum en el Templo de Salomón albergaba no sólo a Dios, sino a su poderosa equivalente femenina, la diosa Shekinab. Los hombres que buscaban la plenitud espiritual acudían al templo a visitar a las sacerdotisas -o hierodulas-, con las que hacían el amor y experimentaban lo divino a través de la unión carnal. El tetragrámaton judío YHWH -el nombre sagrado de Dios- derivaba en realidad de Jehová, una andrógina unión física entre el masculino Jah y Havah, el nombre prehebráico que se le daba a Eva».
Continúa la grosera fantasía del autor. A las clases de Langdon debían de acudir los chicos más impresionables e inclinados a abrir la boca de todo Harvard. Uno se pregunta que si tan feminista era el pretendido culto de que habla aquí, ¿qué hacían las mujeres «que buscaban la plenitud espiritual» ésa? Vaya una forma de llamar a la rijosidad: «necesidad de plenitud espiritual».
Es un disparate y machista, además.
El Templo de Salomón, como su nombre indica, fue levantado por el hijo del rey David. Eso quiere decir que, adoptemos la cronología que queramos, el pueblo hebreo tendría para entonces más de mil años y contaba con la Torah, el Pentateuco. Llamar a los contemporáneos de Salomón «los primeros judíos» es una enormidad. Ningún documento hebreo, ni anterior ni posterior a esta época, refiere la existencia de ritos sexuales en el Templo, lo que sí recogen es que algo así hubiera sido considerado una abominación y una profanación intolerable[16]. En el templo nunca existieron esas sacerdotisas-prostitutas de que habla Brown, y nada resulta más repugnante a la mentalidad judía que afirmar que se puede lograr la unión con Dios por esa vía.
El concepto de Shekinah o Sequina aparece varias veces en el Antiguo Testamento[17]. Aunque, en realidad, lo que significa está constantemente en la Biblia: «la presencia de Dios» o la «gloria de Dios», que en ocasiones se manifiesta, llena, a los hombres, sus moradas.
El judío era estrictamente monoteísta. Rezaba todos los días la oración Shemá: «Recuerda Israel, el Señor es tu Dios, sólo Él es Dios». La concepción dualista de Dios es propia de las corrientes gnósticas, judías o cristianas, pero choca de frente con la fe en el Dios único.
El concepto de Shekinah como personalización femenina de Dios o incluso como «diosa» no sólo no se puede atribuir a los «primeros judíos», sino que no aparece hasta la codificación de la Kábala, ¡en el siglo XI después de Cristo! En este compendio de enseñanzas gnósticas se enseña que en Dios hay dos «partes»: lo que Dios es en sí mismo y su manifestación. En Sof y las emanaciones de los diez Sefirot. El principio femenino del Sefirot es llamado Shekinah. En cualquier caso, este tipo de Kábala es una desviación del judaismo antiguo y nada tiene que ver con la época del templo.
El tetragrámaton -palabra griega que significa «cuatro letras»- YHVH o YHWH es la palabra hebrea para designar a Dios. Pero es tan sagrada que no puede pronunciarse. Cuando se leía la Escritura y aparecía el nombre de YHVH, el lector pronunciaba «Adonai», o «Elohim», el Señor.
Según el experto Langdon, «YHWH -el nombre sagrado de Dios- derivaba en realidad de Jehová, una andrógina unión física entre el masculino Jah y Havah, el nombre prehe-bráico que se le daba a Eva». ¿Cuánto hay de verdad en esto? La palabra Jehová es resultado de una confusión surgida a finales de la Edad Media, en ambientes cristianos. Es decir, más de tres mil años después de que el tetragrámaton comenzara a usarse en el pueblo de Israel. Resulta un poco difícil decir que YHWH derivase de Jehová, que no es otra cosa que una mala interpretación por parte de intérpretes cristianos de las notaciones masoréticas. El hebreo escrito no tiene vocales y para facilitar la lectura de los textos, un grupo de gramáticos judíos se preocupó -entre otras tareas para preservar los textos- de hacer pequeñas anotaciones en las que se indicara al lector qué vocales debía intercalar entre las consonantes para asegurar la exacta pronunciación tradicional. En hebreo, tradición se dice masora, y a estos expertos se les conoce como «masoretas». En la palabra YHWH, como no debía pronunciarse, los masoretas intercalaron las vocales de «Adonai», o de «Elohim», para recordar al lector que debía decir estas palabras al llegar al tetragrámaton. Ningún estudiante de una escuela rabínica se hubiera equivocado en esta tarea. Pero en ambiente cristiano, casi mil quinientos años después del nacimiento de Cristo, aunque se conocían los textos masoréticos se había llegado a perder esa tradición rabínica, con lo que pudo darse el error de leer YHWH con las vocales de «Elohim» o de «Adonai» (YaHoWaH). El resultado fue un neologismo, algo así como «Jahovah» o «Jehová», en lugar de Yahveh. La palabra Jehová sólo se usó entre los cristianos después del siglo XVI y hasta comienzos del siglo XX. Pero nunca fue usada por los judíos. Una vez más, nada de nada.
1 comentario:
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Por favor, oren por mí!
Dios te bendiga!
Iglesia Católica de San Conleth del Patrimonio Association (Irlanda)
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