
por Gilbert K. Chesterton
Tomado de La Editorial Virtual
II El Abate Fugitivo
omás de Aquino, de un modo extraño y simbólico, procedía del mismo centro del mundo civilizado de su tiempo; del nudo o espiral de poderes que en ese momento controlaban a la cristiandad. Está relacionado con todos ellos; incluso con algunos que podrían muy fácilmente ser descriptos como destructores de la cristiandad. Para él, toda la controversia religiosa, toda la controversia internacional, fue una controversia de familia. Nació en la púrpura, casi literalmente en la cima de la púrpura imperial desde el momento en que su propio primo era el Emperador del Sacro Imperio. Podría haber colocado a la mitad de los reinos de Europa en su escudo – si no hubiera arrojado ese escudo a un lado. Fue italiano, francés y alemán; y europeo en todo sentido. Por un lado heredó la energía inherente al episodio de los Normandos cuyas extrañas campañas organizadoras sonaron y tamborilearon como nubes de flechas por todos los rincones de Europa; con una de ellas siguiendo al Duque Guillermo, lejos, hacia el norte, a través de las cegadoras nieves de Chester mientras la otra, siguiendo senderos griegos y púnicos, llegaba a través de la isla de Sicilia hasta las puertas de Siracusa. Otro lazo de sangre lo unía a los grandes emperadores del Rin y del Danubio que proclamaban portar la corona de Carlomagno. El rojo Barbarroja, que duerme bajo el caudaloso río, fue su tío abuelo y Federico II, el “Maravilla del Mundo”, su primo segundo. Y, sin embargo, cien lazos más íntimos lo ataban a la intensa vida interior, a la vivacidad local, a las pequeñas naciones amuralladas y a los miles de santuarios de Italia. Habiendo heredado un parentesco físico con el Emperador, sostuvo, por lejos con mayor firmeza, un parentesco espiritual con el Papa. Entendió el significado de Roma y el sentido en que Roma continuaba gobernando al mundo; y no se inclinó a pensar que los emperadores alemanes de su tiempo conseguirían ser realmente romanos desafiando a Roma; como que tampoco lo habían conseguido los emperadores griegos de una época anterior. A este entendimiento cosmopolita desde su posición heredada le añadió luego muchas cosas propias que contribuyeron al entendimiento mutuo entre los pueblos y le dieron algo del carácter de un embajador y de un intérprete. Viajó mucho; no sólo fue bien conocido en París y en las universidades alemanas sino que, casi con certeza, visitó Inglaterra; probablemente fue a Oxford y a Londres; y se ha comentado que podríamos estar siguiendo sus pasos y los de sus acompañantes dominicos cuando bajamos al río hasta la estación de ferrocarril que todavía hoy lleva el nombre de Black-friars [15] Pero la verdad se aplica tanto a los viajes de su mente como a los de su cuerpo. Estudió la literatura de hasta los adversarios del cristianismo con mucha más atención e imparcialidad que lo acostumbrado en su época; realmente trató de comprender el aristotelismo árabe de los musulmanes y escribió un tratado muy humano y razonable sobre el problema del trato a los judíos. Siempre intentó verlo todo desde adentro, aunque ciertamente tuvo la suerte de haber nacido en el interior del sistema político y de la alta política de sus días. Lo que pensó de todos ellos podrá quizás ser inferido del próximo capítulo de su historia.
Santo Tomás podría así representar muy bien al Hombre Internacional, tanto como para pedir prestado el título de un libro moderno [16]. Pero sería justo recordar que vivió en una época internacional; en un mundo que fue internacional en un sentido no sugerido por ningún libro moderno ni por ninguna persona moderna. Si recuerdo bien, el candidato moderno para el puesto de El Hombre Internacional fue Cobden, que fue un hombre casi anormalmente nacional, estrechamente nacional; un sujeto muy refinado pero alguien a quien es difícil imaginar moviéndose en otra parte que no sea entre Midhurst y Manchester. Tuvo una política internacional y se dedicó a viajes internacionales; pero si siempre permaneció siendo una persona nacional ello fue porque siguió siendo una persona normal; y eso fue lo normal en el Siglo XIX. Pero no lo fue en el XIII. En ese siglo, una persona de la influencia internacional de Cobden casi hubiera podido ser alguien de nacionalidad internacional. Los nombres de naciones, ciudades y lugares de origen no tenían entonces esa connotación de profunda división que es la característica del mundo moderno. A Tomás de Aquino, siendo estudiante, le pusieron el sobrenombre de “el buey de Sicilia”, a pesar de que su lugar de nacimiento está cerca de Nápoles, y esto no le impidió a la ciudad de París considerarlo simple y concretamente como parisino porque había sido una gloria de la Sorbona, a tal punto que la ciudad propuso enterrar sus huesos allí cuando falleciera. O bien, para mencionar un contraste más obvio con los tiempos modernos, considérese lo que se entiende en el lenguaje moderno por “profesor alemán”. Y después téngase presente que el más grande de todos los profesores alemanes, Alberto Magno, fue también una de las glorias de la Universidad de París y fue en París que Aquino lo conoció. Imaginen un moderno profesor alemán que se hace famoso en toda Europa por la popularidad de sus clases en París.
Consecuentemente, si hubo guerra en la cristiandad, la misma fue una guerra internacional en el mismo sentido en que hoy hablamos de paz internacional. No fue una guerra entre dos naciones sino una guerra entre dos internacionalismos; de dos Estados Mundiales: la Iglesia Católica y el Sacro Imperio Romano. La crisis política afectó la vida de Tomás de Aquino, al principio en un agudo desastre y después de muchas formas indirectas. Tuvo muchos elementos; las Cruzadas, las brasas del pesimismo albigense sobre el cual Santo Domingo había triunfado con argumentos y Simón de Montfort por las armas; el dudoso experimento de una Inquisición que se inició con ese pesimismo; y muchas otras cosas. Pero, hablando en términos generales, fue el período del gran duelo entre los Papas y los Emperadores; es decir: los emperadores alemanes que se llamaban a si mismos Sagrados Emperadores Romanos – la Casa de Hohenstaufen. Sin embargo, el particular período de la vida de Tomás de Aquino está completamente eclipsado por ese particular emperador que fue más italiano que alemán; el brillante Federico II, al que llamaban la Maravilla del Mundo. De paso, valdrá la pena recordar que el latín era la lengua más viva de la época y con frecuencia sentimos cierta debilidad en la inevitable traducción. Porque creo haber leído en alguna parte que la palabra utilizada fue más fuerte que “Maravilla del Mundo”; que su título medieval fue Stupor Mundi, algo que, más exactamente, es el Estupor del Mundo. Algo así podrá ser observado más adelante en cuanto al lenguaje filosófico y la dificultad de traducir una palabra como Ens con una palabra como Ser. Pero, de momento, el paréntesis tiene otra aplicación; porque puede muy bien decirse que Federico realmente dejó estupefacto al mundo; que hubo algo de impresionante y cegador en los golpes que le infligió a la religión, como en ese golpe que casi hace comenzar la biografía de Tomás de Aquino. También puede ser llamado estupendo en otro sentido: en que su propio brillo ha convertido en muy estúpidos a algunos de sus admiradores modernos.
Porque Federico II es la primera figura, y una figura más bien fiera y ominosa, que cabalga a través de la escena del nacimiento y de la niñez de su primo. La escena es una de fuegos y de salvajes combates. Y séame permitido detenerme en un paréntesis sobre su nombre por dos razones en particular: primero porque su reputación romántica, incluso entre los historiadores modernos, cubre y parcialmente oculta el verdadero trasfondo de la época y, segundo, porque la tradición en cuestión involucra todo el estatus de Santo Tomás de Aquino. En lo que a Federico II concierne, la visión del Siglo XIX, que extrañamente sigue siendo llamada la visión moderna por muchos modernos, fue bien resumida por algún sólido victoriano, creo que Macaulay, en cuanto a que Federico fue “un estadista en una era de Cruzados y un filósofo en una era de monjes”. Nótese que la antítesis implica la presunción que un Cruzado no puede fácilmente ser un estadista y que un monje no puede fácilmente ser un filósofo. Sin embargo, tanto como para tomar tan sólo esta cuestión, sería fácil señalar que bastaría el caso de dos hombres famosos de la época de Federico para refutar tanto la presunción como la antítesis. San Luis, a pesar de ser un Cruzado y hasta un Cruzado sin éxito, fue en realidad un estadista por lejos más exitoso que Federico II. Sometiéndolo a la prueba de política práctica, se observa que popularizó, consolidó y santificó el gobierno más poderoso de Europa, el orden y la concentración de la monarquía francesa, la única dinastía que constantemente aumentó su poderío durante quinientos años hasta las glorias del Grand Siecle, mientras que Federico cayó en la ruina ante el papado, ante las repúblicas y ante una extensa combinación de sacerdotes y pueblos. El Sacro Imperio Romano que quiso fundar fue un ideal más bien en el sentido de un sueño y por cierto que nunca fue un hecho como el Estado sólido y consistente que fundó el francés. O bien, para tomar un ejemplo de la generación siguiente, uno de los más estrictamente prácticos estadistas de la Historia, nuestro propio Eduardo I, también fue un Cruzado.
La otra mitad de la antítesis es más falsa todavía y aun más relevante aquí. Federico II no fue un filósofo en una era de monjes. Fue un caballero chapoteando en filosofía en la era del monje Tomás de Aquino. Sin duda, fue un caballero inteligente y hasta brillante; pero si dejó algunas notas en absoluto acerca del Ser y del Devenir, o del sentido preciso en que las realidades pueden relacionarse con la Realidad, no me imagino que esas notas están ahora produciendo una gran excitación entre los estudiantes de Oxford o los literatos de Paris, para no hablar de los pequeños grupos de tomistas que ya han surgido hasta en Nueva York y Chicago. No le falto al respeto al Emperador si digo que, con seguridad, no fue un filósofo en el sentido en que lo fue Tomás de Aquino; y por cierto que no fue un filósofo tan grande, tan universal, ni tan permanente. Y Tomás de Aquino vivió en esa misma era de monjes, en ese mismo mundo de monjes del que Macaulay habla como si hubiese sido incapaz de producir filosofía.
No necesitamos detenernos en las causas de este prejuicio victoriano que algunos todavía conciben como tan avanzado. En lo principal surgió a partir de la estrecha o insular opinión que nadie que siguió al principal movimiento del mundo medieval pudo haber estado construyendo lo mejor del mundo moderno. Aquellos victorianos pensaron que sólo los herejes habían ayudado a la humanidad; que sólo una persona que casi destruyó la civilización medieval podía ser de alguna utilidad en la construcción de la civilización moderna. De allí viene todo un conjunto de cómicas fábulas; como que las catedrales tuvieron que haber sido construidas por una sociedad secreta de francmasones; o que la épica de Dante tiene que ser un criptograma relacionado con las esperanzas políticas de Garibaldi. Pero la generalización no es probable en su naturaleza y no es verdad en los hechos. El período medieval fue más bien especialmente el período del pensamiento comunal o corporativo y en algunas materias fue realmente bastante más amplio que el pensamiento individualista moderno. Esto podría demostrarse en un abrir y cerrar de ojos a partir del mero hecho de la utilización de la palabra “estadista”. Las personas de la época de Macaulay siempre concibieron al estadista como alguien que afirmaba los intereses más estrechos de su propio estado contra otros estados; como Richelieu que afirmó los de Francia, o Chatham los de Inglaterra, o Bismarck los de Prusia. Pero si una persona quería defender a todos estos estados, si quería combinar todos estos estados y hacer una hermandad viviente de todos ellos a fin de resistir algún peligro externo como el de los millones de mongoles invasores – pues en ese caso el pobre diablo no podía, por supuesto, ser llamado estadista. Sólo era un Cruzado.
En este sentido sería justo decir que Federico II fue un Cruzado; aunque también haya sido más bien parecido a un anti-Cruzado. Lo cierto es que fue un estadista internacional. Más aún, lo fue del tipo particular que podríamos llamar soldado internacional. El soldado internacional siempre es aborrecido por los internacionalistas. Aborrecen a Carlomagno, a Carlos V y a Napoleón y a cualquiera que haya intentado crear el Estado Mundial por el que claman a viva voz día y noche. Pero Federico es más dudoso y menos dudado; se suponía que era la cabeza del Sacro Imperio Romano y se lo acusó que querer ser la cabeza de un Imperio Romano muy poco sacro. Sin embargo, incluso siendo el Anticristo, hubiera sido, a pesar de todo, testigo de la unidad de la cristiandad.
Hay, no obstante, una característica extraña en aquella época y es que, a pesar de ser internacional, también fue interna e íntima. La guerra en el amplio sentido moderno es posible, no porque hay más personas que están en desacuerdo sino porque hay más personas que están de acuerdo. Bajo las peculiares coerciones modernas, tales como la educación compulsoria y la conscripción, existen áreas pacíficas tan grandes que las gentes pueden ponerse todas de acuerdo sobre la guerra. En aquella época las personas disentían incluso hasta sobre la guerra y, en esas condiciones, la paz puede estallar en cualquier parte. La paz se interrumpía por disputas y las disputas por perdones. La individualidad entraba y salía de un laberinto; los extremos espirituales se amurallaban mutuamente dentro de un pueblito amurallado, y vemos el gran alma de Dante dividida como una llama partida, amando y odiando a su propia ciudad. Esta complejidad individual es intensamente vívida en el relato particular que aquí tenemos que contar en un esbozo muy somero. Si alguien desea saber qué significa decir que la acción de Santo Tomás fue más individual, y de hecho incalculable, puede muy bien tomar nota de las etapas en la historia de la gran casa feudal de los Aquino que tenían su castillo no lejos de Nápoles. En la simple y rápida anécdota que ahora relataremos, observaremos cinco o seis etapas de esta clase. Landolfo de Aquino, un pesado combatiente feudal típico de su tiempo, cabalgó en su armadura detrás de las banderas imperiales y atacó un monasterio porque el Emperador lo consideraba una fortaleza tomada por los partidarios de su enemigo, el Papa. Más tarde veremos al mismo Señor feudal enviando a su propio hijo a ese mismo monasterio, probablemente por el amistoso consejo del mismo Papa. Y más tarde todavía, otro de sus hijos, completamente por propia iniciativa, se rebeló contra el Emperador y se pasó a los ejércitos del Papa. A causa de ello fue ejecutado por el Emperador en tiempo y forma. Desearía que supiésemos más acerca de ese hermano de Tomás de Aquino que arriesgó y perdió su vida para apoyar la causa del Papa que, en todo lo esencialmente humano, era la causa del pueblo. Puede no haber sido un santo, pero tuvo que haber tenido algunas cualidades de mártir. Mientras tanto, otros dos hermanos, al parecer todavía ardiente y activamente al servicio de ese Emperador que había dado muerte al tercer hermano, procedieron a su vez a secuestrar otro hermano porque no aprobaban sus simpatías con los nuevos movimientos religiosos sociales. Esta es la clase de enredo en que se encontró esta distinguida familia medieval. No fue una guerra entre naciones sino una, algo extensa, pelea familiar.
Sin embargo, la razón para detenerse aquí en la posición del emperador Federico como un personaje típico de su tiempo, en su cultura y en su violencia, en su interés por la filosofía y en su disputa con la religión, no tiene que ver tan sólo con estas cosas. Este personaje puede ser aquí el primero en cruzar el escenario porque una de sus muy típicas acciones precipitó la primer acción, u obstinada inacción, con la que comenzaron las aventuras personales de Tomás de Aquino en este mundo. El relato ilustra también el extraordinario enredo en el que una familia como la del Conde de Aquino se encontraba, estando tan cerca de la Iglesia y tan en conflicto con ella. Porque Federico II, a lo largo de sus notables maniobras militares y políticas, que abarcaron desde la quema de herejes hasta la alianza con sarracenos, se lanzó en picada como un águila depredadora (y el águila imperial era bastante depredadora) sobre un grande y rico monasterio – la abadía benedictina de Monte Cassino – y asaltó y saqueó el lugar.
A cierta distancia del monasterio de Monte Cassino había un gran peñasco o risco, erguido como un pilar de los Apeninos. Estaba coronado por un castillo que llevaba el nombre de La Roca Seca y era la aguilera en donde los aguiluchos de la rama Aquino de la familia imperial aprendían a volar. Aquí vivía el Conde Landolfo de Aquino, el padre de Tomás de Aquino, con unos siete hijos. En cuestiones militares cabalgó sin dudar con su familia, a la manera feudal, y aparentemente tuvo algo que ver con la destrucción del monasterio. Pero fue típico de la época el que, al parecer, el Conde Landolfo pensó después que sería diplomático y considerado colocar a su hijo Tomás como abate del monasterio. El gesto tendría la naturaleza de un elegante pedido de disculpas a la Iglesia y, además, aparentemente también solucionaría una dificultad familiar.
Porque desde hacía mucho tiempo que al Conde Landolfo se le había hecho evidente que no había nada que hacer con su séptimo hijo Tomás, excepto convertirlo en abate o en algo por el estilo. Nacido en 1226, el muchacho había demostrado tener desde la niñez una misteriosa objeción a convertirse en un águila depredadora; incluso a demostrar algún interés común en la halconería, en la justa con lanzas, o en alguna otra actividad de caballería. Era un muchacho grande, pesado y tranquilo, fenomenalmente callado, que apenas si abría la boca para preguntarle de repente a su maestro de un modo explosivo: “¿Qué es Dios?”. La respuesta no ha quedado registrada pero es probable que el preguntón siguió tratando de hallar las respuestas por si mismo. El único lugar adecuado para una persona como ésta era la Iglesia y, presumiblemente, el claustro; y en cuanto a eso la situación no presentaba ninguna dificultad en particular. Para un hombre de la posición del conde Landolfo resultaba bastante sencillo hacer los arreglos para que algún monasterio recibiera a su hijo; y en este caso en particular pensó que sería una buena idea que fuera recibido en alguna forma oficial, digna de su rango mundano. De modo que todo fue arreglado sin dificultades para que Tomás de Aquino se convirtiese en monje; cosa que aparentemente era lo que él mismo quería ser; a fin de que tarde o temprano se convirtiese en el abate de Monte Cassino. Y después sucedió lo extraño.
En la medida en que podemos seguir acontecimientos relativamente poco claros y discutidos, parecería ser que el joven Tomás de Aquino apareció un día en el castillo de su padre y anunció tranquilamente que se había convertido en uno de los Frailes Mendicantes de la nueva Orden fundada por Domingo, el español. El efecto habrá sido como si el hijo mayor de un gran terrateniente apareciese de pronto por su casa y le anunciase a la familia muy suelto de cuerpo que acababa de casarse con una gitana; o como si el heredero de un duque tory afirmase que mañana se unirá a la Marcha del Hambre organizada por supuestos comunistas. En esto, como ya hemos mencionado, podemos medir bastante bien el abismo existente entre la antigua monástica y la nueva, y el terremoto producido por la revolución dominica y franciscana. Tomás, aparentemente, había deseado ser un monje y las puertas se abrieron en silencio ante él. Las largas avenidas que conducían a la abadía fueron cubiertas, por decirlo así, con toda una alfombra roja que llegaba hasta el trono del abate mitrado. Pero manifestó que quería ser un fraile y todos los de la familia cayeron sobre él como bestias salvajes; sus hermanos lo persiguieron por los caminos, casi le arrancan el hábito de monje y finalmente terminaron encerrándolo en una torre como a un loco de atar.
No es demasiado fácil rastrear el curso de esta furiosa pelea familiar y cómo, llegado el caso, se estrelló contra la tenacidad del joven fraile. Según algunos relatos, la desaprobación de su madre duró poco y ella terminó poniéndose de su lado; pero no fueron tan sólo sus parientes los involucrados en la disputa. Podemos decir que al núcleo de la clase gobernante de Europa, que en parte consistía de su familia, le escandalizaba la deplorable juventud de la época. Hasta se le pidió al Papa una intervención discreta y en un momento dado se propuso que se permitiese a Tomás llevar el hábito dominico y ocupar simultáneamente el puesto de abate en la abadía benedictina. A muchos esto les podría parecer un compromiso discreto; pero no se condijo con la estricta mente medieval de Tomás de Aquino. Manifestó categóricamente que quería ser un dominico en la Orden Dominica y no en un baile de disfraces, y parece ser que la propuesta diplomática se dejó caer.
Tomás de Aquino quería ser un fraile. Fue un hecho asombroso para sus contemporáneos y es un hecho curioso incluso para nosotros porque este deseo, limitado literal y estrictamente a esta afirmación, fue la única cosa práctica a la que su voluntad se aferró con obstinación inflexible hasta el día de su muerte. No quería ser un abate, no quería ser un monje, ni siquiera quería ser un prior o un gobernante en su propia fraternidad, no quería ser un fraile prominente o importante; sólo quería ser un fraile. Es como si Napoleón hubiera insistido en seguir siendo un simple soldado durante toda su vida. Hubo algo en este pesado, tranquilo, culto y más bien académico caballero que no quedaría satisfecho hasta que, por una proclama firme y autoritativa y por un pronunciamiento oficial, no quedara establecido que había sido designado a ser un Mendigo. Y esto es tanto más interesante porque, a pesar de que cumplió en exceso con su deber miles de veces, no fue en absoluto como un mendigo; probablemente ni siquiera hubiera podido ser un buen mendigo. Al contrario de sus grandes precursores, no tenía nada del vagabundo innato; no nació con ese algo de juglar itinerante que tuvo San Francisco, ni con ese algo de misionero errante que tuvo Santo Domingo. Pero insistió en ponerse bajo las órdenes de una disciplina militar para hacer estas cosas según la voluntad de algún otro, de ser requerido a hacerlo. Podría ser comparado con alguno de esos aristócratas más magnánimos que se enrolaron en ejércitos revolucionarios; o con alguno de los mejores poetas y académicos que se presentaron como soldados voluntarios en la Gran Guerra [17]. Algo en el coraje y en la consistencia de Domingo y de Francisco desafió su profundo sentido de justicia y, si bien permaneció siendo una persona razonable y hasta diplomática, nunca permitió que nada debilitase la férrea inalterabilidad de esta decisión primaria de su juventud, ni pudo ser disuadido de su elevada y encumbrada ambición de ocupar el lugar más humilde.
Como hemos visto, la primera consecuencia de su decisión fue mucho más estimulante y hasta llamativa. El general de los dominicos, bajo el cual Tomás se había alistado, estaba probablemente muy al tanto de los intentos diplomáticos de sacarlo de la Orden y de las dificultades mundanas para resistirlos. Su recurso fue sacar de Italia a este joven seguidor, ofreciéndole ir junto con algunos frailes a París. Hubo algo de profético incluso en este primer avance del maestro itinerante de las naciones, porque París realmente estaba destinada a ser en cierto sentido la meta de su viaje espiritual, ya que habría ser desde allí que Tomás realizaría tanto la defensa de los frailes como su gran desafío a los adversarios de Aristóteles. Pero este primer viaje a París estaba destinado a ser interrumpido realmente al cabo de muy poco tiempo. Los frailes habían llegado a una curva en el camino, a la vera de una fuente, a escasa distancia al Norte de Roma, cuando fueron alcanzados por una violenta banda de hombres de a caballo que apresaron a Tomás al modo de los bandidos; aunque no eran bandidos sino unos hermanos bastante innecesariamente exaltados. Tomás tenía un gran número de hermanos y quizás sólo dos estuvieron involucrados en el rapto. De hecho, él era el séptimo y los partidarios del control de la natalidad podrán lamentar que este filósofo fue innecesariamente agregado a la noble línea de los rufianes que lo secuestraron. De cualquier modo, todo el asunto fue raro. Hay algo de peculiar y pintoresco en la idea de secuestrar a un fraile mendigo al que, en cierto modo, se podría acusar de ser un abate fugitivo. Hay un enredo cómico y trágico a la vez en los motivos y propósitos de semejante trío de extraños parientes. Hay una especie de cristianos motivos cruzados en el contraste entre la febril ilusión acerca de la importancia de las cosas que siempre caracteriza a las personas llamadas prácticas y la mucho más práctica pertinacia de la persona que tiene fama de teórica.
Así al menos deambularon y vagaron aquellos tres extraños hermanos a lo largo de su trágico camino, ligados entre sí como el criminal y el policía, sólo que en este caso eran los criminales los que estaban haciendo el arresto. Es así como sus figuras pueden verse por un instante contrastando contra el horizonte de la Historia; hermanos tan infaustos como cualquiera desde Caín y Abel. Porque este extraño escándalo en la gran familia de los Aquino realmente se destaca simbólicamente y representa algo que por siempre hará de la Edad Media un misterio y una perplejidad que admite interpretaciones tan fuertemente contrastadas como la oscuridad y la luz. Porque en dos de aquellos hombres, a pesar de que eran príncipes del más refinado entorno de la época, campeaba – y podríamos decir que clamaba – un salvaje orgullo de sangre y de blasonería de armas que hubiera sido más bien propio de una tribu danzando alrededor de un tótem. Por un instante lo habían olvidado todo excepto el nombre de la familia, que es algo más estrecho que una tribu y por lejos más estrecho que una nación. Y el tercer personaje de ese trío, nacido de la misma madre y quizás visiblemente semejante a los demás en cuanto al rostro y al aspecto, tenía una concepción de la hermandad más amplia que la mayoría de las democracias modernas desde el momento en que no era nacional sino internacional; y tenía una fe en la misericordia y en la modestia mucho más profunda que cualquier tolerancia del mundo moderno; además de un drástico voto de pobreza que hoy sería considerado como una bastante loca exageración en la rebelión contra la plutocracia y la ostentación. Del mismo castillo italiano surgieron dos salvajes y un sabio, un sabio más pacífico que la mayoría de los sabios modernos. Éste es el doble aspecto que enmaraña a cientos de controversias. Lo que hace un enigma de la Edad Media es que no es una sino dos Edades. Si observamos el comportamiento de algunas personas podría ser la Edad de Piedra; si observamos la mente de otras personas, nos parece que podrían estar viviendo en la Edad de Oro; en la más moderna de las utopías. Siempre hubo personas buenas y personas malas; pero en aquella época las personas buenas que, eran sutiles, convivían con personas malas, que eran simples. Convivían en la misma familia; se criaban en el mismo jardín de infantes y se peleaban entre sí del mismo modo en que los hermanos Aquino se pelearon a la vera del camino cuando arrastraron al nuevo fraile y lo encerraron allá arriba, en el castillo sobre el peñasco.
Cuando sus parientes trataron de despojarlo de su hábito de fraile, parece ser que se defendió a la manera de sus padres y, aparentemente, con buen resultado ya que abandonaron el intento. Aceptó la prisión en si con su acostumbrada compostura y probablemente no le importó demasiado que lo dejasen filosofar, ya sea en una calabozo o en una celda. En realidad, de la forma en que toda la historia resulta relatada, hay algo en ella que sugiere que a lo largo de gran parte de ese extraño secuestro, lo llevaron de un lado para el otro como a una pesada estatua de piedra. Hay solamente un episodio en su cautividad que lo muestra tan sólo enojado; y lo muestra más enojado de lo que jamás estuvo antes y lo estará después. El hecho llamó la atención de su propio tiempo por razones más importantes, pero tiene un interés que es tanto psicológico como moral. Por una vez en la vida, por primera y última vez, Tomás de Aquino estuvo realmente hors de lui – fuera de sí – capeando una tormenta fuera de esa torre de intelectualidad y contemplación en la que normalmente vivía. Y eso sucedió cuando sus hermanos introdujeron en su habitación una cortesana notoriamente sensual y pintarrajeada con la idea de sorprenderlo con una súbita tentación o, al menos, involucrarlo en un escándalo. Su enojo estuvo justificado, incluso bajo normas morales menos estrictas que las suyas, porque la ruindad del intento fue aun peor que su bajeza. Incluso aplicando el criterio más mundano, Tomás sabía que sus hermanos sabían – y ellos sabían que él sabía – que suponer que faltaría a su palabra por una provocación tan infame representaba un insulto para él como caballero. Pero, aparte de ello, tenía detrás de él una honorabilidad mucho más tremenda: toda esa enorme ambición de humildad que, para él, era la voz de Dios desde el cielo. Tan sólo en esta instantánea vemos a esa grande e inmanejable figura en una actitud activa y hasta animada, y la verdad es que se mostró realmente muy animada. Saltó de su silla, tomó un tizón del fuego y se paró blandiéndolo como una espada llameante. Por supuesto, la mujer pegó un grito y huyó, que era todo lo que él quería; pero sería interesante saber lo que debe haber pensado la mujer de ese loco de gigantesca estatura blandiendo llamaradas y aparentemente amenazando con quemar toda la casa. Sin embargo, todo lo que hizo Tomás, fue seguirla hasta la puerta, cerrarla de un portazo y luego de trabarla, con una especie de impulso ritual violento, estampó contra ella el tizón ardiendo, marcándola y quemándola con una enorme y negra señal de la cruz. Luego se volvió, arrojó el tizón al fuego y se sentó en ese sitial de erudición sedentaria, en esa silla de filosofía, en ese secreto trono de contemplación del que nunca más se levantaría.
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