lunes, 3 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (3)










por Gilbert K. Chesterton


Tomado de La Editorial Virtual











III - La Revolución Aristotélica


lberto el suabo, con justa razón llamado El Grande, fue el fundador de la ciencia moderna. Hizo más que ninguna otra persona para preparar ese proceso que convirtió al alquimista en químico y al astrólogo en astrónomo. Es curioso como, habiendo sido en su tiempo y en este sentido casi el primer astrónomo, figura ahora en la leyenda como el último astrólogo. Los historiadores serios están abandonando la absurda noción en cuanto a que la Iglesia medieval persiguió a todos los científicos acusándolos de brujería. La verdad es casi lo opuesto. A los científicos, el mundo a veces los persiguió por brujos; y a veces corrió detrás de ellos por brujos, que es una forma de seguirlos contraria a perseguirlos. Únicamente la Iglesia los consideró real y exclusivamente como científicos. Más de un clérigo investigador fue acusado de simple magia al hacer sus lentes y sus espejos; pero fue acusado por sus ignorantes y rústicos vecinos, y probablemente hubiera sido acusado exactamente de la misma manera si estos vecinos hubiesen sido paganos, puritanos, o adventistas del séptimo día. Pero aun así tenía mejores probabilidades de ser absuelto siendo juzgado por el papado que siendo simplemente linchado por los laicos. El pontífice católico no denunció a Alberto Magno por practicar la magia. Fueron las semipaganas tribus del Norte las que lo admiraron como a un mago. Son las semipaganas tribus de las ciudades actuales, los lectores de libros baratos de interpretación de sueños y panfletos de charlatanería, son los profetas periodísticos los que todavía lo admiran por astrólogo. Se admite que el alcance de sus conocimientos documentados, de hechos estrictamente materiales y mecánicos, fue asombroso para un hombre de su tiempo. Es cierto que, en la mayoría de los demás casos, existió cierta limitación en cuanto a los datos disponibles a la ciencia medieval, pero eso por cierto que no tuvo nada que ver con la religión medieval. Por de pronto, los datos de Aristóteles y de la gran civilización griega en muchos sentidos fueron más limitados todavía. Y en última instancia lo esencial no es tanto una cuestión de acceso a los hechos sino de la actitud frente a los hechos. La mayoría de los eruditos, informados por los únicos informantes que tenían de que un unicornio tiene solamente un cuerno o que una salamandra vive en el fuego, utilizaron eso más como una ilustración de la lógica que como un incidente de la vida. Lo que realmente dijeron fue: “Si un unicornio tiene un sólo cuerno, dos unicornios tienen la misma cantidad de cuernos que una vaca.” Y eso no dejó ni por un ápice de ser cierto debido al hecho que el unicornio es una fabulación. Pero con Alberto Magno durante el Medioevo, al igual que con Aristóteles durante la Edad Antigua, lo que comenzó fue algo así como un poner énfasis en la pregunta: “¿Tiene el unicornio un sólo cuerno o la salamandra un fuego en lugar de un hogar?” Sin duda alguna, cuando los límites sociales y geográficos de la vida medieval comenzaron a permitir la exploración del fuego en busca de salamandras o los desiertos en busca de unicornios, las personas tuvieron que modificar muchas de sus ideas científicas. Los hechos los expusieron a la misma clase de burla que hoy existe por parte de toda una generación de científicos que acaban de descubrir que Newton no tiene sentido, que el espacio es limitado y que el átomo no existe.

Este gran alemán, conocido durante su período de mayor fama como profesor en París, fue durante un tiempo profesor en Colonia. En aquella hermosa ciudad romana se congregaron a su alrededor cientos de amantes de esa extraordinaria vida que fue la vida estudiantil de la Edad Media. Se juntaban en grandes grupos llamado naciones; y el hecho ilustra muy bien la diferencia entre el nacionalismo medieval y el moderno. Porque, si bien cualquier mañana podía haber una gresca entre los estudiantes españoles y los estudiantes escoceses, o entre los flamencos y los franceses, y si bien podían centellear espadas y podían volar piedras por los más puramente patrióticos principios, a pesar de todo ello sigue siendo un hecho que todos habían concurrido a la misma escuela para aprender la misma filosofía. Y, si bien eso pudo no haber impedido el iniciar una pelea, pudo no obstante haber tenido bastante que ver con cómo terminarla. Ante estos variopintos grupos de hombres procedentes de todos los rincones de la tierra, el padre de la ciencia desenrolló su rollo de rara sabiduría acerca del sol y los cometas, los peces y los pájaros. Era un aristotélico desarrollando, por decirlo así, la única sugerencia experimental de Aristóteles; y en esto fue enteramente original. Se preocupó menos de ser original en las cuestiones más profundas relativas a los seres humanos y a la moral. En cuanto a ellas se limitó a enseñar un aristotelismo decente y cristiano. En cierto sentido hasta estuvo dispuesto a hacer un compromiso en la cuestión meramente metafísica planteada por los nominalistas y los realistas. Nunca hubiera sostenido él sólo la gran guerra que se cernía por un cristianismo equilibrado y humanizado; pero cuando la guerra llegó se puso enteramente de su parte. A Alberto Magno lo llamaron Doctor Universal por el alcance de sus estudios científicos pero, en realidad, fue un especialista. La leyenda popular nunca está del todo equivocada; si un científico es un mago, él lo fue. Es que el hombre de ciencia siempre ha sido más mago que el sacerdote desde el momento en que su objetivo es “controlar los elementos” en lugar de someterse al Espíritu, que es más elemental que los elementos.

Entre los estudiantes apretujándose en las aulas había un estudiante, notorio por su figura alta y abultada, fallando o negándose a ser notorio por cualquier otra cosa. Se quedaba tan mudo durante los debates que sus compañeros comenzaron a sospechar un significado norteamericano en la palabra “mudez” que en ese país es un sinónimo de torpeza mental. Resulta claro que, en poco tiempo, hasta su imponente estatura comenzó a tener tan sólo la ignominiosa inmensidad del muchacho grande que quedó atrasado del modo más desfavorable. Lo llamaron “el buey mudo”. Fue objeto, no tan sólo de burla sino hasta de lástima. Un estudiante bienintencionado le tuvo tanta compasión que trató de ayudarlo en sus lecciones repasando los elementos de lógica en órden alfabético. El zopenco se lo agradeció con patética cortesía y el filántropo procedió con desenvoltura hasta que llegó a un pasaje sobre el cual él mismo tenía ciertas dudas; es decir: sobre el cual, en realidad, estaba equivocado. A lo cual el zopenco, exhibiendo todos los signos de vergüenza e incomodidad, sugirió una posible solución, que resultó ser correcta. El benévolo estudiante se quedó mirando, como a un monstruo, a ese misterioso pedazo de ignorancia e inteligencia; y comenzaron a circular extraños rumores por los colegios.

Un buen biógrafo de Tomás de Aquino (demás está decir que el zopenco en cuestión era él) ha dicho que hacia el final de este diálogo “su amor por la verdad venció a su humildad”, lo cual, bien entendido, es exactamente cierto. Pero, en un segundo sentido psicológico y social, no describe toda la confusión de elementos que se movían en ese masivo cerebro. Todas las relativamente escasas anécdotas acerca de Tomás de Aquino tienen una vitalidad peculiar si visualizamos el tipo de hombre que era; y éste es un excelente ejemplo. Entre esos elementos había algo de la dificultad que el intelecto generalizador tiene en adaptarse súbitamente a un pequeño detalle de la vida cotidiana; había algo de la timidez que las personas realmente bien educadas tienen ante la posibilidad de pasar por presumidas; quizás hasta hubo algo de esa extraña parálisis y tentación de preferir hasta el malentendido a las largas explicaciones que indujo a Sir James Barrie, en su divertido bosquejo, a aceptar que le cargaran un hermano Henry que nunca tuvo para no verse obligado a hacer la necesarias aclaraciones [18]. Estos elementos adicionales indudablemente actuaron en conjunto con la extraordinaria humildad de este hombre tan extraordinario; pero otro elemento actuó sobre su incuestionable “amor a la verdad” para poner fin al malentendido. Es un elemento que nunca debe ser dejado de lado en la caracterización de Santo Tomás. Por más soñador, distraído o inmerso en teorías que estuviese, tenía cualquier cantidad de Sentido Común y, llegado el momento en que no sólo le enseñaban sino que le enseñaban algo incorrecto, había algo en él que decía terminantemente: “¡Oh, esto tiene que terminar!”

Es probable que fue el propio Alberto Magno, el profesor y culto maestro de todos aquellos jóvenes, el primero en sospechar algo por el estilo. Comenzó dándole a Tomás pequeñas tareas de anotación o de exposición; lo persuadió de dejar de lado su timidez para tomar parte en al menos un debate. Alberto Magno era un anciano muy sagaz que había estudiado los hábitos de otros animales, aparte del unicornio y la salamandra. Había estudiado muchos especímenes de ésa que es la más enorme de las enormidades y que se llama Hombre. Conocía los signos y las señales de la clase de persona que de una forma algo inocente es un monstruo entre los hombres. Era demasiado buen maestro como para no saber que el zopenco no siempre es un zopenco. Se divirtió al enterarse de que este zopenco había recibido el sobrenombre de “buey mudo” por parte de sus compañeros de clase. Todo eso es bastante natural, pero no le quita el sabor a algo más bien extraño y simbólico que apareció en el extraordinario énfasis con el que terminó hablando al final. Porque Aquino todavía seguía siendo conocido generalmente sólo como un oscuro y obstinadamente callado alumno entre muchos alumnos más brillantes y prometedores cuando el gran Alejandro rompió el silencio con su famosa afirmación y profecía: “Lo llamáis buey mudo. Pues os digo que este buey mudo bramará tan fuerte que sus bramidos llenarán el mundo”.

Ante Alberto Magno, al igual que ante Aristóteles o Agustín, o ante cualquier otro de los maestros más antiguos, Santo Tomás estaba siempre dispuesto, con su entusiasta clase de humildad, a dar las gracias por todo el pensamiento recibido. Sin embargo, su propio pensamiento estaba adelantado al de Alberto y al de los otros aristotélicos, de la misma forma en que estaba adelantado al de Agustín y los agustinos. Alberto había llamado la atención sobre la necesidad de estudiar los hechos naturales, aunque fuese a través de fábulas como las del unicornio y la salamandra, pero al monstruo llamado Hombre le esperaba una vivisección mucho más sutil y flexible. Los dos hombres, no obstante, llegaron a ser grandes amigos y su amistad significa mucho en esta lucha central de la Edad Media. Porque, como veremos, la rehabilitación de Aristóteles fue una revolución casi tan revolucionaria como la exaltación de Domingo y Francisco; y Santo Tomás estaba destinado a desempeñar un papel relevante en ambas revoluciones.

La familia Aquino, al final, abandonó la vengativa persecución de su patito feo a quien, por ser un monje vestido de negro, quizás deberíamos llamar su oveja negra. De su fuga se han contado algunas historias pintorescas. La oveja negra, al final generalmente se beneficia de las peleas entre las ovejas blancas de la familia. Comienzan por reñir con ella pero terminan riñendo entre ellas. Existe un relativamente confuso relato en cuanto a cuales miembros de su familia terminaron poniéndose de su lado mientras seguía prisionero en la torre. Pero está comprobado que tenía una gran afinidad con sus hermanas y probablemente no es una fábula la que cuenta que fueron ellas quienes organizaron su fuga. Según el relato, llevaron una cuerda hasta la parte más alta de la torre, ataron la cuerda a un gran cesto – y debió ser un cesto realmente grande si es cierto que bajó en él de esa manera – y de esta forma quedó libre. De cualquier manera, escapó por energía. Externa o interna, la suya fue sólo una energía individual. El mundo seguía siguiendo y persiguiendo a los frailes bastante igual que otrora, cuando habían huido por el camino hacia Roma. Tomás de Aquino tuvo la buena fortuna de guarecerse bajo la sombra del gran y destacado fraile cuya respetabilidad era difícil de poner en duda, el culto y ortodoxo Alberto Magno, pero incluso tanto el maestro como el alumno pronto tuvieron dificultades a raíz de la creciente tormenta que amenazaba a los nuevos movimientos populares dentro de la Iglesia. Alberto fue llamado desde París a recibir el título de Doctor, pero todo el mundo sabía que cada movimiento en el juego tenía el carácter de un desafío. Sólo pidió algo que, probablemente, pareció ser un pedido excéntrico: que le permitieran llevar consigo a su buey mudo. Ambos comenzaron su viaje como frailes comunes o vagabundos religiosos; durmiendo en los monasterios que podían encontrar y, finalmente, en el monasterio de San Santiago en París que fue donde Tomás se encontró con otro fraile, que también fue otro amigo.

Quizás bajo la sombra de la tormenta que amenazaba a todos los frailes, Bonaventura, el franciscano, se hizo tan amigo de Tomás, el dominico, que los contemporáneos los compararon con David y Jonatan. La cuestión es de cierto interés porque sería igual de fácil describir al franciscano y al dominico como dos abiertas contradicciones. El franciscano puede ser representado como el padre de todos los místicos, y los místicos pueden ser representados como personas que sostienen que el placer final de la alegría del alma es más una sensación que un pensamiento. El lema de los místicos siempre ha sido: “Saborear y ver”. Ahora bien, Santo Tomás también comenzó diciendo: “Saborear y ver”, pero lo dijo de las primeras rudimentarias impresiones del animal humano. Podría muy bien afirmarse que el franciscano pone el gusto en último lugar y el dominico lo pone en el primero. Puede decirse que el tomista comienza con algo concreto como el sabor de una manzana y deduce después una vida divina para el intelecto mientras que el místico deja primero exhausto al intelecto y por último termina diciendo que la sensación de Dios es algo así como el sabor de una manzana. Un enemigo común podría decir que Santo Tomás comienza con el sabor de la fruta y que San Buenaventura termina con el sabor de la fruta. Pero resulta que ambos están en lo cierto. Si se me permite decirlo así, el estar ambos en lo cierto es el privilegio de personas que se contradicen en su cosmos. El místico está en lo cierto al decir que la relación entre Dios y el Hombre es esencialmente una historia de amor; el modelo y el prototipo de todas las historias de amor. El racionalista dominico está igualmente en lo cierto al decir que el intelecto está como en su casa en los más altos cielos; y el deseo por la verdad puede durar más que todos los otros deseos más tediosos del ser humano; y hasta puede llegar a devorarlos.

En su momento, Aquino y Bonaventura se entusiasmaron con la posibilidad de estar ambos en lo cierto por la existencia del casi universal acuerdo en que ambos estaban equivocados. En todo caso fue un tiempo de tremendos disturbios y, como es usual en tales tiempos, quienes estaban tratando de enderezar las cosas fueron los más vigorosamente acusados de querer torcerlas. Nadie sabía quien sería el vencedor en esa confusión: si el Islam o los maniqueos del Mediodía de Francia; o el hipócrita y socarrón emperador, o los Cruzados, o las antiguas Ordenes de la cristiandad. Pero algunos hombres tenían una muy viva sensación de que algo se estaba rompiendo y que todos los recientes experimentos o excesos eran parte de la misma disolución social; y había dos cosas que esos hombres consideraban como signos de ruina: uno de ellos era la horrible aparición de Aristóteles desde el Este, una especie de dios griego apoyado por adoradores árabes; y el otro era la nueva libertad de los frailes. Fue la apertura de los monasterios y la diseminación de los monjes para deambular por el mundo. Fue el sentimiento generalizado de que la llama del anormal amor a Dios se dispersaba como chispas de una llama que había estado contenida hasta entonces; fue la sensación de que los frailes desequilibrarían por completo a las gentes comunes con sus consejos sobre la perfección; que terminarían siendo demagogos. Todo eso finalmente hizo eclosión en un famoso libro llamado Los Peligros de los Últimos Tiempos, escrito por un furioso reaccionario, Guillermo de Saint-Amour. Desafió al rey de Francia y al Papa a que iniciaran una investigación. Y Aquino y Bonaventura, los dos amigos incongruentes, con sus revueltos universos, fueron a Roma juntos a defender la libertad de los frailes.

Tomás de Aquino defendió el gran voto de su juventud, por la libertad y por los pobres, y probablemente fue el momento culminante de su generalmente triunfante carrera pues dio vuelta todo el movimiento retrógrado de su tiempo. Autoridades responsables han afirmado que, de no ser por él, todo el gran movimiento popular de los frailes hubiera sido destruido. Con esta victoria popular, el tímido e incómodo estudiante finalmente se convirtió en un personaje histórico y en un hombre público. Después de ello, quedó identificado con las Ordenes Mendicantes. Pero si bien se puede decir que Santo Tomás se hizo de un nombre defendiendo las Ordenes Mendicantes contra los reaccionarios que tenían la misma opinión que había tenido su propia familia, generalmente hay una diferencia entre una persona haciéndose un nombre y un hombre haciendo realmente su trabajo. El trabajo de Santo Tomás aun estaba por hacerse, pero aun observadores menos astutos que él ya podían ver lo que estaba por venir. Hablando en términos generales, el peligro era que los ortodoxos, o aquellos que demasiado fácilmente identificaban el antiguo orden con lo ortodoxo, forzaran una condena final y concluyente sobre Aristóteles. Ya habían existido rápidas y aleatorias condenas a ese efecto, emitidas aquí y allá, y la presión de los agustinos más estrechos sobre el Papa y los principales jueces se hacía cada día más intensa. El peligro había aparecido, de un modo no antinatural, a causa del accidente histórico y geográfico de la proximidad musulmana con la cultura de Bizancio. Los árabes habían conseguido los manuscritos griegos antes que los latinos, que eran los auténticos herederos de los griegos. Y algunos musulmanes – si bien musulmanes no demasiado ortodoxos – estaban convirtiendo a Aristóteles en un filósofo panteísta menos aceptable todavía para los cristianos ortodoxos. Esta segunda controversia, sin embargo, requiere más explicaciones que la primera. Tal como hemos subrayado en una de las páginas introductorias, la mayoría de las personas modernas sabe que San Francisco fue por lo menos un generador de grandes simpatías; que, más allá de la visión positiva sobre lo medieval, los frailes fueron un movimiento popular en un sentido relativo apuntando a una mayor fraternidad y libertad; y muy poco de información adicional les informaría que esto fue en todo sentido tan cierto respecto de los frailes dominicos como lo es de los franciscanos. Es improbable que alguien en la actualidad se levante en defensa de los abates feudales o de los monjes fijos y estacionarios, en contra de innovadores tan imprudentes como San Francisco y Santo Tomás. Se nos perdonará, por lo tanto, el haber resumido brevemente el gran debate acerca de los frailes, aun cuando ese debate sacudió en su tiempo a toda la cristiandad. Pero el debate mayor acerca de Aristóteles presenta una dificultad también mayor; porque hay falsas concepciones modernas sobre Aristóteles que sólo pueden ser tratadas con un poco más de elaboración.

Quizás en la Historia realmente no hay tal cosa como una revolución. Las que sucedieron fueron siempre contra-revoluciones. Las personas siempre se rebelaron contra los últimos rebeldes; o hasta se arrepintieron de la última rebelión. Esto podría verse hasta en las modas contemporáneas más casuales, si la mentalidad a la moda no hubiese caído en el hábito de considerar al último de los rebeldes como alguien rebelándose contra todas las épocas al mismo tiempo. La muchacha moderna, con su lápiz labial y su peinado cola de caballo es una rebelde contra la mujer de los Derechos Femeninos de los años 1880, aquella con el cuello de blusa rígidamente almidonado y estricto antialcoholismo. Y lo es en la misma medida en que esta última fue una rebelde contra la señora victoriana de la primera época, la de los lánguidos valses y el álbum repleto de citas de Byron. O como ésta, a su vez, fue una rebelde contra una madre puritana para quien el vals era una orgía salvaje y Byron el bolchevique de su época. Rastreen incluso a la madre puritana hacia atrás en la Historia y verán que representa una rebelión contra la laxitud caballeresca de la Iglesia inglesa que al principio fue una rebelde en contra de la civilización católica, la cual a su vez se había rebelado contra la civilización pagana. Nadie que no sea un demente podría pretender que estas rebeliones constituyeron un progreso puesto que, como es obvio, fueron primero para un lado y luego para el otro. Pero sea cual fuere la dirección correcta, una cosa seguramente es falsa; y es el hábito moderno de considerarlo todo solamente desde el extremo final moderno. Porque eso implica ver tan sólo el final de la historia, con lo cual tenemos rebeldes que se rebelan contra no saben qué cosa, porque surgió de no saben qué. Enfocados sólo en el final, ignoran los comienzos y con ello ignoran la misma esencia de la cuestión. La diferencia entre los casos menores y los más grandes es que en estos últimos se produce realmente un alzamiento humano tan grande que las gentes parten del mismo como personas en un nuevo mundo; y esa misma novedad les permite seguir así por mucho tiempo y, en general, por demasiado tiempo. Justamente porque estas cosas comienzan con una vigorosa revuelta, es que los ímpetus intelectuales duran lo suficiente como para hacer que parezcan sobrevivir. Un excelente ejemplo de esto es la historia real del descuido y la recuperación de Aristóteles. Para el fin de la época medieval, Aristóteles había llegado a volverse rancio. Sólo una novedad fresca y exitosa puede, en absoluto, volverse tan rancia como fue en su caso.

Cuando los modernos, diseñando la cortina oscurantista más negra que jamás oscureció la Historia, decidieron que antes del Renacimiento y la Reforma no existió nada importante, instantáneamente comenzaron sus modernas carreras cayendo en un gran error. Fue el error acerca del platonismo. Deambulando por las cortes de los jactanciosos príncipes del Siglo XVI (que fue lo más atrás en la Historia que les estuvo permitido ir) hallaron a ciertos artistas y eruditos que decían que estaban cansados de Aristóteles y que supuestamente estaban hojeando a Platón. Los modernos, ignorantes por completo de la totalidad de la historia de los hombres del medioevo, cayeron inmediatamente en la trampa. Presumieron que Aristóteles era una indescifrable antigualla tiránica del negro fondo de la Edad Oscura y que Platón era un placer pagano completamente nuevo, jamás saboreado hasta entonces por ningún cristiano. Por ejemplo, el Padre Knox [19] ha mostrado en qué asombroso estado de inocencia se encuentra sobre esta cuestión la mente del señor H. L. Mencken [20]. De hecho, por supuesto, la historia es exactamente a la inversa. Si hubo una antigua ortodoxia ésa fue la platónica. El aristotelismo fue la auténtica revolución moderna. Y el líder de esa revolución moderna fue el hombre que es el protagonista principal de este libro.

La verdad es que la Iglesia Católica histórica comenzó siendo platónica, incluso más bien demasiado platónica. El platonismo estaba en aquellos dorados aires griegos que respiraron los primeros grandes teólogos griegos. Los Padres de la Iglesia fueron mucho más neoplatónicos que los eruditos del Renacimiento quienes tan sólo fueron neo-neoplatónicos. Para Crisóstomo o para Basilio, pensar en términos del Logos, o de la Sabiduría que es el objetivo de los filósofos, era tan común y corriente como lo es hoy hablar de los problemas sociales, del progreso o la crisis económica mundial. San Agustín siguió una evolución mental natural al hacerse platónico antes de hacerse maniqueo y de ser maniqueo antes de convertirse en cristiano. Y es exactamente en esta última asociación que puede verse la primera pista sobre el peligro de ser demasiado platónico.

Desde el Renacimiento hasta el Siglo XIX los modernos han tenido un amor casi monstruoso por los Antiguos. Al considerar la vida medieval, nunca pudieron considerar a los cristianos más que como discípulos de los paganos; de Platón en cuanto a ideas y de Aristóteles en cuanto a la razón y la ciencia. Y no fue así. En algunos aspectos, incluso desde el más monótonamente moderno punto de vista, el catolicismo estuvo siglos adelantado al platonismo y al aristotelismo. Podemos verlo, por ejemplo, en la pesada tenacidad de la astrología. En esa materia, todos los filósofos estuvieron a favor de la superstición; y todos los santos y todas las personas similarmente supersticiosas, estuvieron en contra de la superstición. Pero hasta a los grandes santos les fue difícil desvincularse de esta superstición. Hubo dos cuestiones constantemente mencionadas por quienes sospechaban del aristotelismo de Aquino; y hoy, tomadas en conjunto, ambas nos suenan muy pintorescas y cómicas. Una era la noción que las estrellas son seres personales que gobiernan nuestras vidas; la otra era la gran teoría general que los seres humanos comparten una sola mente entre todos, una visión obviamente opuesta a la inmortalidad, esto es, a la individualidad. Ambas teorías perduran entre los modernos; tan fuerte es todavía la tiranía de los Antiguos. La astrología campea en los diarios del domingo y la otra doctrina tiene su centésima versión en lo que hoy se llama comunismo, o el alma de la colmena.

Hay una cuestión preliminar en nuestra posición que no debe ser malinterpretada. Cuando apreciamos el valor práctico de la Revolución Aristotélica y la originalidad de Aquino en liderarla, no estamos diciendo que los filósofos escolásticos anteriores a él no fueron filósofos, o que no fueron altamente filosóficos, o que no estuvieron en contacto con la filosofía antigua. En la medida en que alguna vez hubo un quiebre nefasto en la Historia de la filosofía, no fue antes de Santo Tomás ni al principio de la Historia Medieval; fue después de Santo Tomás y al principio de la Historia Moderna. La gran tradición intelectual que nos viene de Pitágoras y Platón nunca se interrumpió ni se perdió a lo largo de cuestiones secundarias tales como el saqueo de Roma, la victoria de Atila o todas las invasiones bárbaras de los Siglos Oscuros. Se perdió solamente después de la introducción de la imprenta, el descubrimiento de América, la fundación de la Royal Society y todo el iluminismo del Renacimiento y del mundo moderno. Fue allí, si es que fue en algún lado, que se perdió, o se cortó con impaciencia ese fino y delicado hilo conductor que provenía de la distante antigüedad; el hilo conductor de ese inusual pasatiempo que es el hábito de pensar. Esto se comprueba por el hecho que los libros impresos de este último período tuvieron que esperar mayormente hasta el Siglo XVIII, o el final del Siglo XVII, para que apareciesen tan sólo los nombres de los nuevos filósofos, quienes en el mejor de los casos fueron una nueva clase de filósofos. Pero la época de la declinación del Imperio Romano, la de los Siglos Oscuros y el inicio de la Edad Media, aun cuando fue una época demasiado tentada de descuidar lo que se oponía a la filosofía platónica, nunca llegó a descuidar a la filosofía en si. En ese sentido, Santo Tomás – como la mayoría de los demás hombres muy originales – tenía un largo y claro pedigré. Él mismo está constantemente haciendo referencia a autoridades anteriores, desde San Agustín a San Anselmo, y de San Anselmo a San Alberto, y muestra deferencia aun cuando difiere.

Un anglicano muy culto me dijo una vez, quizás no sin un dejo de acidez: “No puedo entender por qué todo el mundo habla como si Tomás de Aquino representase el comienzo de la filosofía escolástica. Podría entenderlo si me dijeran que representa el fin de la misma.” Sea que el comentario pretendía, o no, ser ácido, podemos estar seguros de que la respuesta de Santo Tomás hubiera sido perfectamente cortés. Y por cierto que sería fácil contestar con cierta placidez que, en el lenguaje tomista, el fin de una cosa no significa su destrucción sino su realización plena. Ningún tomista se quejará si el tomismo constituye el fin de nuestra filosofía en el mismo sentido en que Dios es el fin de nuestra existencia. Porque eso no significa que dejamos de existir sino que nos volvemos tan perennes como la philosophia perennis. Sin embargo, dejando de lado este planteo, es importante recordar que mi distinguido interlocutor tenía perfectamente razón en cuanto a que existieron dinastías enteras de filósofos doctrinarios antes de Aquino que marcaron el camino hasta el día de la gran revolución de los aristotélicos. Como que esa revolución no fue algo totalmente abrupto e imprevisto. Un competente escritor señaló no hace mucho en el Dublin Review que, en algunos aspectos, toda la naturaleza de la metafísica había avanzado un largo trecho desde Aristóteles para cuando llegó a Aquino. Y no es ser irrespetuoso con el originario y gigantesco genio del estagirita decir que, en algunos aspectos, realmente no fue más que un rudo y tosco fundador de la filosofía si se lo compara con algunas de las posteriores sutilezas del medievalismo; que los griegos hicieron algunas pocas grandes sugerencias que los escolásticos desarrollaron convirtiéndolas en los más delicados y finos matices. Esto podrá ser exagerado pero hay verdad en ello. De cualquier manera, es cierto que aun en la filosofía aristotélica, y ni hablemos de la platónica, ya existía en la Edad Media una tradición de altamente inteligente interpretación. Si esa delicadeza degeneró después en sofistería, aun así fue una sofistería sutil y un trabajo dependiente de herramientas muy científicas.

Lo que hizo de la Revolución Aristotélica algo realmente revolucionario fue el hecho que fue realmente religiosa. Es el hecho – tan fundamental que pensé que sería bueno dejarlo establecido en las primeras páginas de este libro – que la revuelta fue en gran medida la revuelta de los elementos más cristianos de la cristiandad. Santo Tomás, en un todo al igual que San Francisco, subconscientemente sintió que las personas estaban resbalando sobre el piso de la sólida doctrina y disciplina católicas, un piso que se había vuelto desgastado y liso por más de mil años de rutina; y que la fe necesitaba ser iluminada por una nueva luz y desde otro ángulo. Pero no tuvo más motivaciones, aparte del deseo de hacerla más popular para la salvación de esas personas. Es cierto, hablando en términos generales, que durante bastante tiempo esa fe, en el pasado, había sido demasiado platónica como para ser popular. Necesitaba algo como el toque agudo y familiar de Aristóteles para convertirla otra vez en una religión con sentido común. Tanto el motivo como el método están ilustrados en la batalla de Aquino contra los agustinos.

Por de pronto, hay que recordar que la influencia griega continuaba fluyendo desde el Imperio Griego; o al menos desde el centro del Imperio Romano que se ubicaba en la ciudad griega de Bizancio y ya no en Roma. Esa influencia era bizantina, tanto en el buen como en el mal sentido. Al igual que el arte bizantino, era severa, matemática y un poco terrible; del mismo modo en que la etiqueta bizantina, era oriental y un poco decadente. A la erudición del Sr. Christopher Dawson le debemos mucho en cuanto a ilustrarnos sobre el modo en que Bizancio lentamente se fosilizó hasta volverse una especia de teocracia asiática, más parecida a la del Sagrado Emperador de China. Pero hasta el no erudito puede apreciar la diferencia observando el modo en que Bizancio aplanó los rostros de las imágenes en los íconos. Se volvió una cuestión de moldes más que de retratos e hizo decididamente una guerra a las estatuas. De este modo vemos como, de un modo bastante extraño, el Este fue la tierra de la Cruz mientras que el Oeste fue la tierra del Crucifijo. A los griegos los estaba deshumanizando un símbolo radiante mientras que a los godos los estaba humanizando un símbolo de tortura. Sólo Occidente hizo retratos realistas de la mayor leyenda del Oriente. Consecuentemente, el elemento griego en la teología cristiana tendía más y más a ser una especie de platonismo reseco; una cosa de diagramas y abstracciones; en última instancia, abstracciones nobles por cierto, pero no suficientemente tocadas por esa gran cosa que es, por definición, casi lo opuesto a la abstracción: la Encarnación. El Logos de los griegos fue la palabra; pero no la palabra hecha carne. En miles de sutiles formas, con frecuencia escapando a la definición doctrinaria, este espíritu se diseminó por el mundo de la cristiandad desde el lugar en que el Sagrado Emperador se sentaba bajo sus mosaicos dorados; y el llano pavimento del Imperio Romano se convirtió al final en una especie de alisado pavimento facilitador del avance de Mahoma. Porque el logro último de los iconoclastas fue el Islam. Mucho antes de ello, sin embargo, existió esa tendencia a convertir la Cruz en algo meramente decorativo, como la medialuna; a convertirla en un modelo a copiar como la llave griega o la rueda de Buda. Pero hay algo de pasivo en un mundo de modelos a copiar como ése, y la llave griega no abre ninguna puerta así como la rueda de Buda siempre gira pero nunca avanza.

En parte debido a estas influencias negativas, en parte a través de un ascetismo noble y necesario que buscaba emular el tremendo ejemplo de los mártires, los primeros siglos cristianos fueron excesivamente anti-corporales y demasiado cercanos a la peligrosa frontera con el misticismo maniqueo. Sin embargo, el que los santos maceraran el cuerpo fue mucho menos peligroso que el que los sabios lo descuidaran. Aun concediendo toda la grandeza de la contribución de San Agustín al cristianismo, en cierto sentido existió un mayor peligro sutil en Agustín el platónico que incluso en Agustín el maniqueo. De ese platonismo se desprendía una tendencia que subconscientemente cometía la herejía de dividir la substancia de la Trinidad. Pensó a Dios demasiado exclusivamente como un Espíritu que purifica o un Salvador que redime; y demasiado poco como un Creador que crea. Por eso es que personas como Aquino pensaron que era justo corregir a Platón apelando a Aristóteles; ese Aristóteles que tomaba las cosas tal como las encontraba así como Santo Tomás las aceptaba tal como Dios las había creado. En toda la obra de Santo Tomás está permanentemente presente el mundo de la creación positiva. Hablando humanamente, fue él quien salvó al elemento humano en la teología cristiana, aun cuando por conveniencia utilizó ciertos elementos de la filosofía pagana. Sucede tan sólo que, tal como ya se ha subrayado, el elemento humano es también el cristiano.

El pánico ante el peligro aristotélico que cundió por los altos sitiales de la Iglesia fue, probablemente, un viento del desierto. En realidad, estaba más lleno de miedo a Mahoma que de miedo a Aristóteles. Y esto es irónico porque, realmente, reconciliar a Aristóteles con Mahoma es mucho más difícil que reconciliarlo con Cristo. En lo esencial, el Islam es un credo simple para personas simples; y nadie podrá jamás convertir realmente al panteísmo en un credo simple. Es, al mismo tiempo, demasiado abstracto y demasiado complicado. Existen creyentes simples en un Dios personal, y existen ateos de una mente más simple que cualquier simple creyente en un Dios personal. Pero pocos pueden, por pura simplicidad, aceptar como dios a un universo carente de Dios. Y mientras el musulmán, comparado con el cristiano, tenía quizás un Dios menos humano, tuvo posiblemente un Dios quizás más personal. La voluntad de Alá era una voluntad bien clara y no podía ser convertida en una corriente o en una tendencia. En todo ese aspecto cósmico y abstracto, el católico era más elástico que el musulmán – hasta cierto punto. El católico al menos podía admitir que Aristóteles estaba en lo cierto acerca de los elementos impersonales de un Dios personal. Por ello, en términos generales podemos decir de los filósofos musulmanes que aquellos que llegaron a ser buenos filósofos se hicieron malos musulmanes. No es del todo sorprendente que muchos obispos y doctores de la Iglesia temían que los tomistas pudiesen volverse buenos filósofos y malos cristianos. Pero también hubo muchos, de la estricta escuela de Platón y Agustín, que directamente negaron que los tomistas fuesen hasta buenos filósofos. Entre aquellas más bien incongruentes pasiones, el amor a Platón y el miedo a Mahoma, hubo un momento en que las posibilidades de cualquier cultura aristotélica en la cristiandad pintaron verdaderamente muy negras. Desde los más altos sitiales tronaron los anatemas y bajo la sombra de la persecución, como con tanta frecuencia sucede, por un momento pareció que apenas una o dos figuras quedaban de pie en el área castigada por la tormenta. Ambos vestían el negro y blanco de los dominicos; porque San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino se mantuvieron firmes.

En esa clase de combates siempre hay confusión y las mayorías cambian para volverse minorías y viceversa como por arte de magia. Siempre es difícil fechar el cambio de la marea, que parece más bien un revoltijo de remolinos, con fechas que hasta se sobreponen y hacen aun más confusa la crisis. Pero, entre el momento en que los dos dominicos estuvieron solos y el momento en que toda la Iglesia terminó alineándose con ellos, el cambio se produjo quizás por la época en que ambos fueron prácticamente llevados ante un juez hostil pero no injusto. Étienne Tempier, el obispo de París fue aparentemente un fino espécimen del viejo eclesiástico fanático que pensaba que admirar a Aristóteles era poco menos que equivalente a adorar a Apolo. Además, por uno de esos golpes de mala suerte, también era uno de esos viejos conservadores sociales que se habían opuesto intensamente a la revolución popular predicada por los frailes. Pero era un hombre honesto; y Tomás de Aquino nunca pidió más que el permiso para dirigirse a hombres honestos. A su alrededor había otros revolucionarios aristotélicos de una clase mucho más dudosa. Estaba Siger, el sofista de Brabante, que había aprendido todo su aristotelismo de los árabes y que tenía una ingeniosa teoría acerca de cómo un agnóstico árabe también podía ser cristiano. Había también miles de jóvenes que vitoreaban a Abelardo, pletóricos de la juventud del Siglo XIII y ebrios del vino griego de Estagira. Por encima y contra ellos, ceñudo e implacable, estaba el antiguo partido puritano de los agustinos; más que dispuesto a clasificar a Alberto y a Tomas entre los equívocos metafísicos musulmanes.

Parecería ser que el triunfo de Tomás fue realmente un triunfo personal. No se retractó de ninguna de sus proposiciones; aunque se dice que el obispo reaccionario condenó algunas de ellas después de su muerte. En términos generales, sin embargo, Aquino convenció a la mayoría de sus críticos de que era tan buen católico como ellos. Hubo una secuela de rencillas entre las Ordenes religiosas después de esta controvertida crisis. Pero probablemente puede decirse que la disputa esencial terminó por el hecho que un hombre como Aquino consiguió satisfacer a un hombre como Tempier. Lo que ya era familiar para unos pocos se le hizo familiar a muchos: un aristotélico podía ser un verdadero cristiano. Además, hubo otro hecho que facilitó la conversión general. Curiosamente se parece a la historia de la traducción de la Biblia y a la supuesta supresión católica de la Biblia. Detrás del escenario, dónde el Papa era mucho más tolerante que el obispo de París, los amigos de Aquino habían trabajado duro para producir una nueva traducción de Aristóteles. La misma demostró de muchas maneras que la traducción hereje había sido una traducción muy hereje. Con la consumación de este trabajo podemos decir que la gran filosofía griega hizo finalmente su entrada en el sistema de la cristiandad. El proceso, con cierto humor, ha sido descrito como el bautismo de Aristóteles.

Todos hemos oído hablar de la humildad de los hombres de ciencia; de muchos que fueron muy genuinamente humildes y de algunos que estuvieron muy orgullosos de su humildad. En cierto sentido sería recargar este breve estudio demostrando que Tomás de Aquino tuvo la humildad del científico, con la variante especial de la humildad del santo. Es cierto que personalmente no contribuyó con nada concreto al experimento o al detalle de la ciencia física; en esto se puede decir que hasta quedó detrás de la última generación y que fue un científico por lejos menos experimental que su tutor Alberto Magno. Pero, en contrapartida, fue históricamente un gran amigo de la libertad de la ciencia. Los principios que estableció, adecuadamente entendidos, son quizás lo mejor que se puede producir para proteger a la ciencia de la mera persecución oscurantista. Por ejemplo, en la cuestión de la inspiración de las escrituras, se fijó primero en el obvio hecho – olvidado a lo largo de cuatro furiosos siglos de batallas sectarias – que el sentido de las Escrituras está lejos de ser evidente por si mismo y que, con frecuencia, debemos interpretarlas a la luz de otras verdades. Si una interpretación literal se contradice real y directamente con un hecho obvio, entonces lo único que podemos decir es que la interpretación literal tiene que ser una falsa interpretación. Pero el hecho tiene que ser realmente un hecho obvio. Y, desafortunadamente, los científicos del Siglo XIX estuvieron demasiado dispuestos a saltar a la conclusión que cualquier conjetura sobre la naturaleza constituye un hecho obvio, del mismo modo en que los sectarios del Siglo XVII estuvieron dispuestos a saltar a la conclusión que cualquier conjetura acerca de las Escrituras constituye una explicación obvia. De esta forma, las teorías privadas acerca del significado de la Biblia y las teorías prematuras acerca del significado del mundo chocaron en una ruidosa y profusamente publicitada controversia, en especial durante la era victoriana; y esta torpe colisión entre dos muy impacientes formas de ignorancia es lo que se conoce como la polémica entre la ciencia y la religión.

Pero Santo Tomás tuvo humildad científica en el sentido muy vital y especial de estar dispuesto a ocupar el puesto más humilde para poder estudiar las cosas más humildes. No fue, como el especialista moderno, a estudiar al gusano como si éste fuese el mundo; pero estuvo dispuesto a comenzar a estudiar la realidad del mundo en la realidad del gusano. Su aristotelismo simplemente significó que el estudio del hecho más humilde conducirá al estudio de la más alta verdad. Para él el proceso fue lógico y no biológico; estuvo dedicado a la filosofía más que a la ciencia, pero eso no altera la idea esencial en cuanto a que creyó en el valor de comenzar desde abajo, desde el principio de la escalera. No obstante, también dio su opinión sobre la Escritura, sobre la ciencia y sobre otras cuestiones, como una especie de mapa para exploradores más puramente prácticos que él. Prácticamente dijo que, si ellos podían realmente demostrar sus descubrimientos prácticos, entonces la interpretación tradicional de las Escrituras debía ceder ante tales descubrimientos. Como diríamos coloquialmente: más no se puede pedir. Si la cuestión hubiera quedado en sus manos, o en las de personas como él, nunca hubiera habido una disputa entre ciencia y religión. Hizo todo lo que pudo para cartografiar dos provincias, una para cada una de estas actividades, y para trazar una frontera justa entre ellas.

Con frecuencia se señala alegremente que el cristianismo ha fracasado, entendiendo por ello que nunca tuvo esa arrolladora, imperial e impuesta supremacía que tuvieron todas las grandes revoluciones, cada una de las cuales terminó fracasando. Nunca hubo un momento en que se pudo decir que todos eran cristianos, como se podría haber dicho por algunos meses que todos fueron monárquicos, republicanos o comunistas. Pero si los historiadores sensatos desean entender en qué sentido el carácter cristiano ha triunfado, el mejor caso que pueden tomar es el de la maciza presión moral de un hombre como Santo Tomás en apoyo del enterrado racionalismo de los paganos que hasta ese momento sólo había sido desenterrado para diversión de los herejes. Debido a que fue un nuevo tipo de persona el que llevó a cabo una nueva clase de investigación racional, bastante justo y exactamente por ello las personas olvidaron la maldición que había caído sobre los templos de los demonios muertos y los palacios de los déspotas muertos; olvidaron hasta la nueva furia procedente de Arabia contra la cual estaban luchando por sus vidas, porque el hombre que les estaba pidiendo que recuperaran el sentido, o que recuperaran sus sentidos, no era un sofista sino un santo. Aristóteles había descrito al hombre magnánimo que es grande y que sabe que es grande. Pero Aristóteles nunca hubiera recuperado su propia grandeza si no hubiera sido por el milagro que creó al más magnánimo de los hombres: aquél que es grande y sabe que es pequeño.

Lo que algunos llamarían la pesadez del estilo empleado por Santo Tomás tiene cierta importancia histórica. Conlleva una curiosa impresión de franqueza que tuvo, según creo, un considerable efecto sobre los contemporáneos. Algunas veces a este santo lo han llamado escéptico. La verdad es que fue en gran medida tolerado siendo escéptico porque obviamente era un santo. Cuando pareció erguirse como un testarudo aristotélico, apenas diferenciable de los herejes árabes, creo seriamente que lo que lo protegió fue en gran medida el prodigioso poder de su simpleza, su obvia bondad y su amor por la verdad. Los que se lanzaban contra lo que suponían similar a la altanera confianza de los herejes quedaban detenidos y paralizados ante una especie de enorme humildad que era como una montaña; o quizás como ese inmenso valle que es el molde de una montaña. Teniendo en cuenta todos los convencionalismos medievales, podemos percibir que no siempre fue así en el caso de los otros innovadores. Los demás, desde Abelardo hasta Siger de Brabante, durante el largo proceso histórico nunca perdieron cierto aire de jactancia. Nadie pudo sentir, ni por un momento, que Tomás de Aquino estaba blasonando. La propia pesadez de la dicción, de la que algunos se quejan, resultó tremendamente convincente. Podría haber transmitido ingenio además de sabiduría; pero tomaba lo suyo tan en serio que transmitió su sabiduría sin su ingenio.

Después de la hora del triunfo vino el momento del peligro. Siempre sucede eso con las alianzas y sucedió especialmente en el caso de Aquino que estaba luchando en dos frentes. Su principal objetivo era defender la fe contra los abusos de Aristóteles y persiguió ese objetivo con audacia apoyando la utilización de Aristóteles. Sabía perfectamente que ejércitos enteros de ateos y anarquistas estaban aplaudiendo a rabiar entre bambalinas ante su victoria aristotélica sobre lo que más estimaba. Sin embargo, no fue nunca la existencia de ateos, ni tampoco la de árabes o paganos aristotélicos, lo que interfirió en la extraordinaria compostura discursiva de Tomás de Aquino. El verdadero peligro que apareció después de la victoria que conquistó para Aristóteles se manifestó vivamente en el curioso caso de Siger de Brabante y cualquiera que desee comenzar a entender la extraña historia de la cristiandad hará bien en estudiarlo. Está marcado por una cualidad más bien rara, que siempre ha sido una característica propia de la fe, a pesar de que no la advierten sus modernos enemigos y raramente lo hacen sus modernos amigos. Es el hecho, simbolizado en la leyenda del Anticristo que fue el doble de Cristo; en el profundo proverbio que dice que el Diablo es el imitador de Dios. Es el hecho que la falsedad nunca es tan falsa como cuando es casi verdadera. Cuando la daga hiere cerca del nervio de la verdad, allí es dónde la conciencia cristiana grita de dolor. Y Siger de Brabante, siguiendo a algunos de los aristotélicos árabes, propuso una teoría que la mayoría de los lectores de periódicos modernos instantáneamente declararía igual a la teoría de Santo Tomás. Eso fue lo que indujo finalmente a Tomás a levantarse en una última y por demás enfática protesta. Había ganado la batalla por un espacio más amplio para la filosofía y la ciencia; había despejado el terreno para un entendimiento general entre la fe y la investigación; un entendimiento que a grandes rasgos había sido respetado entre los católicos y nunca abandonado sin que se produjera algún desastre. Consistió en la idea de que el científico debía seguir explorando y experimentando con libertad, siempre y cuando no pretendiese una infalibilidad y una finalidad que iba en contra de sus propios principios pretender. Mientras tanto, la Iglesia debía seguir desarrollando y definiendo lo relacionado con las cosas sobrenaturales, siempre y cuando no pretendiese tener el derecho a alterar el receptáculo de la fe; algo que estaba en contra de sus propios principios pretender. Y ni bien Tomás de Aquino había terminado de manifestar esto, Siger de Brabante se levantó y dijo algo tan horriblemente parecido, y tan horriblemente diferente, que (al igual que el Anticristo) hubiera podido engañar hasta a los mismos Elegidos.

Lo que Siguer de Brabante dijo fue lo siguiente: la Iglesia tiene que estar en lo cierto en materia de teología pero puede equivocarse en materia científica. Existen dos verdades; la verdad del mundo sobrenatural y la verdad del mundo natural que contradice al mundo sobrenatural. Mientras seamos naturalistas, podemos suponer que el cristianismo es un sinsentido; pero cuando recordamos que somos cristianos, tenemos que admitir que el cristianismo es verdad aún si carece de sentido. En otras palabras, Siger de Brabante cortó al ser humano en dos, como el golpe de espada en el combate de la antigua leyenda; y declaró que el ser humano tiene dos mentes: con una de ellas debe creer por entero y con la otra puede descreer por entero. A muchos esto les parecerá como una parodia del tomismo. De hecho fue el asesinato del tomismo. No proponía dos caminos para hallar la misma verdad; fue una falsa forma de pretender que hay dos verdades. Y es extraordinariamente interesante constatar que ésta fue la única ocasión en que el buey mudo realmente salió disparado como un toro salvaje. Cuando se alza para contestarle a Siger de Brabante, está completamente transfigurado y el mismo estilo de sus frases – algo que es como el tono de voz de una persona – se altera súbitamente. Nunca se había enojado con ninguno de los enemigos que habían estado en desacuerdo con él. Pero estos nuevos enemigos habían intentado la peor de las traiciones: lo habían presentado como estando de acuerdo con ellos.

Quienes se quejan de las sutiles distinciones que establecen los teólogos difícilmente puedan hallar un mejor ejemplo de su propia estulticia. De hecho, una sutil diferencia puede ser una contradicción abierta. En este caso lo fue, y de manera notoria. Santo Tomás estaba dispuesto a permitir que la verdad fuese abordada por dos caminos precisamente porque estaba seguro de que había una sola verdad. Porque la fe era la única verdad, nada descubierto en la naturaleza podría en última instancia contradecirla. Porque la fe era la única verdad, nada deducido de la fe podía en última instancia contradecir los hechos. En realidad esto fue una curiosamente audaz confianza en la realidad de la religión, y ha sido justificada a pesar de que algunos insistan en discutirla. Los hechos científicos que supuestamente contradecían a la fe en el Siglo XIX se consideran en su casi totalidad acientíficos en el Siglo XX. Incluso los materialistas han huido del materialismo y quienes nos daban clases de determinismo en psicología ya están hablando del indeterminismo de la materia. Pero más allá de si la confianza de Santo Tomás en la religión estuvo acertada o equivocada, lo cierto es que, en forma especial y suprema, fue una confianza en que existe una sola verdad que no puede contradecirse a si misma. Y este último grupo de enemigos saltó de pronto para decir que estaban completamente de acuerdo con él en que existen dos verdades contradictorias. La verdad, en la frase medieval, portaba dos rostros bajo una misma capucha; y estos sofistas de dos caras prácticamente se atrevieron a sugerir que esa capucha era la dominica.

Así, en su última batalla y por primera vez, luchó como si blandiera un hacha de guerra. Hay un tono en las palabras que está por completo más allá de la casi impersonal paciencia que mantuvo en el debate con tantos otros enemigos: “He aquí nuestra refutación de vuestro error. No se basa en documentos de la fe sino en las razones y en las afirmaciones de los filósofos mismos. Si ahora hay alguien que, jactanciosamente orgulloso de su supuesta sabiduría, desea desafiar lo que hemos escrito, que no lo haga en algún rincón ni ante niños que no tienen el poder de decidir en tan difíciles cuestiones. Que responda abiertamente si se atreve. Me hallará enfrentándolo; no sólo estará mi insignificante persona, sino muchos otros cuyo estudio es verdad. Lucharemos con sus errores o curaremos su ignorancia.”

El buey mudo está mugiendo ahora, como un buey acorralado y, sin embargo, terrible y sobrepasando a todo el hato del corral. Ya hemos señalado por qué, en esta disputa con Siger de Brabante, Tomás de Aquino soltó semejantes truenos de pasión moral: fue porque la obra de toda su vida estaba siendo traicionada a sus espaldas por quienes habían usado sus victorias sobre los reaccionarios. Aquí, en este momento, se encuentra quizás su único momento de pasión personal, excepto aquél solitario destello en las dificultades de su juventud. Y otra vez está combatiendo a sus enemigos con una llamarada. Sin embargo, aun en este aislado Apocalipsis de furia, hay una frase que podría ser recomendada a las personas de todos los tiempos que se ponen furiosas por mucho menos. Si hay una frase que podría ser tallada en mármol para representar la racionalidad más calmada y resistente, es aquella frase que brotó junto con todo el resto de esta lava derretida. Si hay una frase que ha quedado en la Historia como típica de Tomás de Aquino, es la frase sobre su propio argumento: “No se basa en documentos de la fe sino en las razones y en las afirmaciones de los filósofos mismos.” ¡Qué bueno hubiera sido si todos los doctores ortodoxos de la Iglesia, cuando estuvieron furiosos, hubiesen sido tan razonables como Aquino! Qué bueno sería que todos los apologistas cristianos recordasen esa máxima y la escribiesen con grandes letras sobre la pared antes de clavar allí sus tesis. En el máximo de su furia Tomás de Aquino comprende lo que muchos defensores de la ortodoxia no pueden comprender. No sirve de nada decirle a un ateo que es un ateo; o cargar sobre el negador de la inmortalidad la infamia de su negación; o imaginarse que uno puede obligar a un oponente a admitir que está equivocado demostrando que está equivocado según los principios de otro y no según sus propios principios. Después del gran ejemplo de Santo Tomás, ha quedado establecido el principio – o debió haber quedado establecido para siempre – que, o bien no debemos discutir con una persona en absoluto, o bien debemos hacerlo en su propio terreno y no en el nuestro. Podemos hacer otras cosas en lugar de discutir, según nuestra concepción de las acciones moralmente permitidas; pero si discutimos, debemos hacerlo “con las razones y las afirmaciones de los filósofos mismos”. Éste es el sentido común contenido en un dicho atribuido a un amigo de Santo Tomás, el gran San Luis, rey de Francia, que personas superficiales citan como un ejemplo de fanatismo y cuyo sentido es: o bien dedícate a discutir con un infiel como sólo un verdadero filósofo puede discutir, o bien “clávale una espada en el cuerpo lo más hondo que se pueda.” Un verdadero filósofo (incluso de la escuela contraria) sería el primero en estar de acuerdo en que San Luis fue completamente filosófico en esto.

Así, en la última gran controvertida crisis de su campaña teológica, Tomás de Aquino le dio a sus amigos y enemigos no sólo una lección de teología sino, además, una lección en controversia. Pero, de hecho, fue su ultima controversia. Había sido un hombre con una gran pasión por la polémica, algo que existe en algunas personas y no en otras, sean santos o pecadores. Pero después de su victorioso duelo con Siger de Brabante, súbitamente fue presa de un deseo por silencio y reposo. Respecto de este estado de ánimo le dijo una cosa extraña a un amigo, algo que encontrará un lugar más apropiado en otra parte. Se retrotrajo a las extremas simplicidades de su entorno monástico y pareció no desear más que un retiro permanente. Llegó un pedido del Papa solicitando su partida para alguna otra misión o disputa y se dispuso a obedecer. Pero murió sin haber recorrido demasiadas millas de esa jornada.

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