martes, 11 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (5)



por Gilbert K. Chesterton

Tomado de La Editorial Virtual









V. La verdadera vida de Santo Tomás

n este punto, aun en este bosquejo tan burdo y superficial sobre un gran santo está implícita la necesidad de escribir algo que no puede concordar con el resto; es lo único importante de escribir e imposible de escribir. Un santo puede ser cualquier clase de hombre, con una cualidad adicional que es a la vez única y universal. Podríamos incluso decir que lo único que distingue a un santo de un hombre común es su disposición a ser como los hombres comunes. En este sentido, la palabra “común” debe entenderse en su significado natural y noble, ligado al concepto del orden comunitario. Un santo está por lejos más allá de cualquier deseo de distinguirse; es la única clase de hombre superior que jamás ha sido una persona superior. Mas todo esto surge de un gran hecho central, que el santo no condesciende en llamar privilegio pero que es, en su misma naturaleza, una especie de privacidad y en ese sentido casi una forma de propiedad privada. Como con toda sana propiedad privada, el santo se da por satisfecho con tenerla; no desea limitar el número de personas que la tienen. Trata siempre de ocultarla por una especie de buenos modales celestiales y Tomás de Aquino trató de ocultarla más que la mayoría. Para llegar a ella, en la medida en que nos sea posible llegar, lo mejor será comenzar por los estratos superiores y llegar a lo que hubo adentro desde lo que fue más visible por fuera.

La presencia física de Santo Tomás de Aquino es, en realidad, más fácil de resucitar que la de muchos otros que vivieron antes de la época en que se comenzaron a pintar retratos. Se ha dicho que en su aspecto o porte físico había poco de italiano; pero me imagino que esto, en el mejor de los casos, es una comparación inconsciente entre Santo Tomás y San Francisco y, en el peor de ellos, sólo una comparación entre él y la superficial leyenda sobre alegres organilleros y vendedores de helado exagerados. No todos los italianos son alegres organilleros y muy pocos son parecidos a San Francisco. Una nación nunca es un tipo; casi siempre es una mezcla de dos o tres tipos más o menos identificables por sus rasgos generales. Santo Tomás fue de un cierto tipo que no es demasiado común en Italia, como que es común en italianos poco comunes.

Su corpulencia hacía fácil considerarlo humorísticamente como una especie de tonel ambulante, como el que es dado hallar con frecuencia en las comedias de muchas naciones; él mismo bromeaba acerca de ello. Es posible que haya sido él, y no algún irritado partidario de las facciones agustinas o árabes, el responsable de esa sublime exageración de que fue necesario cortar una media luna en la mesa del comedor para que se pudiera sentar a ella. Con bastante certeza, ésa fue una exageración; su estatura habrá sido más notoria que su corpulencia pero, por sobre todo, su cabeza fue lo suficientemente poderosa como para dominar su cuerpo. Y esa cabeza fue de un tipo muy real y reconocible, a juzgar por los retratos tradicionales y las descripciones personales. Fue ese tipo de cabeza que lleva un pesado mentón y robustos maxilares, la nariz romana y la ancha frente más bien lisa que, a pesar de su plenitud, también produce la curiosa impresión de tener huecos aquí y allá, como cavernas de pensamiento. Napoleón llevaba esa cabeza sobre un cuerpo bajo. Mussolini la lleva hoy sobre uno más alto pero igualmente activo. Se la puede ver en los bustos de varios emperadores romanos y ocasionalmente emergiendo sobre la desaliñada camisa de algún mozo italiano; aunque, por lo general, se trata de un maître. Tan inconfundible es este tipo de hombre, que no puedo sino pensar que el villano más notorio de la ficción literaria liviana, en la chocante obra victoriana llamada La mujer de blanco, fue realmente bosquejado por Wilkie Collins a partir de un verdadero conde italiano; tanto contrasta este personaje con el flaco, moreno y gesticulador villano convencional que los victorianos presentaban comúnmente como un conde italiano. Algunos recordarán (eso espero) que el Conde Fosco era un caballero calmo, corpulento y colosal, cuya cabeza fue exactamente como un busto de Napoleón de dimensiones heroicas. Habrá podido ser un villano melodramático; pero resultó un italiano tolerablemente convincente – en su tipo. Si recordamos sus modales tranquilos y el excelente sentido común de sus palabras y acciones cotidianas, probablemente obtendremos una imagen meramente material de Tomás de Aquino; presuponiendo tan sólo el pequeño esfuerzo de fe que se necesita para imaginar al Conde Fosco convirtiéndose de repente en santo.

Los retratos de Santo Tomás, aunque muchos fueron pintados largo tiempo después de su muerte, son todos, obviamente, retratos del mismo hombre. Su cabeza napoleónica y su oscura masa corporal se yerguen desafiantes en la "Disputa acerca del Sacramento" de Rafael. Un retrato de Ghirlandaio [23]resalta un aspecto que revela especialmente lo que podría llamarse esa cualidad italiana del hombre que ha sido pasada por alto. También subraya aspectos que son muy importantes en el místico y en el filósofo. Es universalmente admitido que Aquino fue lo que, en general, se llama un hombre abstraído. En pintura, ya sea humorística o seria, esa clase de persona ha sido representada de dos o tres formas convencionales. A veces la expresión de los ojos es meramente ausente, como si la abstracción realmente significase una ausencia mental permanente. A veces se la representa con mayor respeto como una expresión pensativa, como la de alguien anhelando algo que está lejos; algo que no puede verse y que sólo se puede desear de modo sutil. Obsérvense los ojos en el retrato de Santo Tomás por Ghirlandaio y se verá una marcada diferencia. Mientras los ojos están completamente alejados del entorno inmediato – al punto que la maceta de flores que está por sobre la cabeza del filósofo podría caer sobre ella sin llamar su atención – esos ojos no son, en lo más mínimo, anhelantes y mucho menos ausentes.
Hay un fuego de instantánea excitación encendido en ellos; son ojos vivaces y muy italianos. El hombre está pensando en algo; y es algo que ha hecho crisis. No está pensando en nada o acerca de cualquier cosa, o – lo que es peor todavía – en todo. Debió existir esa ardiente alerta en sus ojos un momento antes de golpear aquella la mesa y sorprender a todos en el banquete del rey.

De los hábitos personales que concuerdan con el físico tenemos también unas pocas impresiones convincentes y confirmatorias. Cuando no estaba sentado quieto, leyendo un libro, caminaba de un lado para el otro por los claustros y lo hacía caminando rápido y hasta raudamente; una acción muy característica de hombres que libran sus batallas en la mente. Cuando se lo interrumpía era muy cortés y se disculpaba más que quien pedía disculpas por interrumpirlo. Pero había algo en él que sugería que era más feliz cuando no se lo interrumpía. Estaba dispuesto a detener su auténticamente peripatético paseo; pero podemos suponer que, cuando lo reanudaba, caminaba más rápido todavía.

Todo esto sugiere que su abstracción superficial, ésa que veía el mundo, era de una cierta especie. Será conveniente entender esta cualidad, porque hay varios tipos de ausencia mental, incluyendo la de algunos presuntuosos poetas e intelectuales, en quienes la mente nunca ha estado presente en forma perceptible. Existe la abstracción del contemplativo, ya sea ésta de la clase del auténtico contemplativo cristiano que está contemplando Algo, o bien la del equivocado contemplativo oriental que está contemplando la Nada. Obviamente Santo Tomás no fue un místico budista, pero no creo que sus súbitos accesos de abstracción hayan sido siquiera los de un místico cristiano. Si tuvo trances de verdadero misticismo cristiano, tuvo muchísimo cuidado de que esos trances no ocurrieran durante los banquetes de otras personas. Creo que tenía esa especie de extraños arranques que en realidad pertenecen más al hombre práctico que al enteramente místico. Santo Tomás respetó la reconocida diferencia entre la vida activa y la contemplativa; pero en los casos a los cuales nos referimos aquí, creo que hasta su vida contemplativa fue una vida activa. Estos casos no tuvieron nada que ver con su vida superior, en el sentido de su ulterior santidad. Más bien recuerdan a Napoleón que caía en un arranque de aparente aburrimiento en la ópera y después confesaba que había estado pensando en cómo podría conseguir tres cuerpos de ejército en Frankfurt para combinarlos con dos cuerpos de ejército en Colonia. Así, en el caso de Aquino, si soñaba despierto en pleno día, sus sueños eran sueños del día, y sueños del día de la batalla. Si hablaba solo era porque estaba discutiendo con algún otro. Podemos ponerlo de otro modo diciendo que sus sueños diurnos eran los de un perro de caza; eran sueños de cazar, de acorralar al error tanto como perseguir la verdad, de recorrer todas las vueltas y serpenteos de la evasiva falsedad, y de rastrearla hasta llegar finalmente a su madriguera en el infierno. Hubiera sido el primero en admitir que el pensador equivocado probablemente hubiera estado más sorprendido al enterarse de dónde provenía su pensamiento que cualquier otra persona al descubrir hacia dónde se dirigía. Pero por cierto que tuvo esta noción de perseguir un objetivo,y el origen de miles de errores y malentendidos residió en que en latín eso también se llama “persecutio”. [24] Nadie ha tenido menos que él lo que comúnmente se llama la predisposición del perseguidor; pero tuvo esa cualidad que, en tiempos desesperados, con frecuencia lleva a perseguir; y eso es, sencillamente, el sentido de aquello en cuanto a que todo vive en algún lugar y nada muere a menos que muera en su propio hogar. En ese sentido, es bastante cierto que a veces impulsó en sueños la cacería en las sombras, aun a plena luz del día. Pero fue un soñador activo, aunque no aquello que, por lo común, se llama un hombre de acción, y en esa cacería mereció verdaderamente ser contado entre los domini canes, y seguramente entre los más fuertes y magnánimos Mastines del Cielo.

Puede haber muchos que no entienden la naturaleza de hasta este tipo de abstracción. Pero, por otra parte y por desgracia, hay muchos que no entienden la naturaleza de ninguna clase de argumentación. Por cierto, creo que hay menos personas vivas hoy que entienden de argumentación que las que existieron hace veinte o treinta años atrás; y Santo Tomás podría haber preferido la sociedad de los ateos de comienzos del Siglo XIX a la de los estériles escépticos de principios del Siglo XX. De todos modos, una de las verdaderas desventajas de ese gran y glorioso deporte llamado argumentación es su desmedida extensión. Si uno discute con honestidad, como Santo Tomás lo hizo siempre, encontrará que, a veces, es como si el tema nunca irá a terminar. El santo fue muy conciente de esto, como queda de manifiesto en muchos pasajes; por ejemplo, en su argumento de que la mayoría de los hombres tiene que tener una religión revelada porque no tiene tiempo para argumentar. Es decir: la mayoría no tiene tiempo para argumentar con imparcialidad. Siempre hay tiempo para argumentar tendenciosamente, al menos en tiempos como los nuestros. Estando resuelto a argumentar, a hacerlo con honestidad, a contestar a todo el mundo, a tratar todos los temas, escribió suficientes libros como para hundir un barco o abastecer una biblioteca; y eso que murió relativamente temprano, en la mitad de la vida. Probablemente no podría haberlo hecho en absoluto, si no hubiera estado pensando incluso cuando no estaba escribiendo; pero por sobre todo, pensandocombativamente. En su caso, esto por cierto que no quiere decir pensar en forma amarga, despectiva u hostil; pero sí combativamente. De hecho, el que está dispuesto a desdeñar es generalmente el hombre que no está dispuesto a argumentar. Por eso es que en la literatura reciente han habido tan pocos argumentos y tanto desprecio.

Ya hemos señalado que hay apenas una o dos ocasiones en las cuales Santo Tomás se permite denunciar. No hay una sola ocasión en la que se permita el desprecio. Su carácter curiosamente sencillo, su lúcido pero laborioso intelecto, no podrían sintetizarse mejor que diciendo que ni sabía despreciar. Fue, en un doble sentido, un aristócrata intelectual; pero nunca fue un esnob intelectual. Jamás le preocupó en absoluto que aquellos a quienes les dirigió la palabra fuesen – o no – más o menos el tipo de personas de las que el mundo piensa que vale la pena hablarles; y por la impresión de sus contemporáneos, es evidente que quien recibía los fragmentos de su ingenio o de sabiduría podía, con la misma probabilidad, ser un Don Nadie o Alguien; incluso y con idéntica probabilidad podría haber sido un bobo o un inteligente. Estaba interesado en las almas de todas las criaturas humanas, pero no en clasificar la mente de ninguna de ellas; en cierto sentido fue demasiado personal y en otro, demasiado arrogante teniendo en cuenta su peculiar mente y temperamento. Siempre estuvo muy interesado en el tema sobre cual hablaba; y es posible que en ocasiones haya hablado durante mucho tiempo; aunque probablemente permaneció en silencio por un tiempo mucho mayor. Pero tuvo todo el inconsciente desdén que el auténtico inteligente tiene por unaintelligentsia.

Al igual que la mayoría de las personas interesadas en los problemas comunes de las personas, parece ser que mantuvo una considerable correspondencia, habida cuenta que la correspondencia era mucho más dificultosa en su época. Tenemos registrados muchos casos en que personas totalmente desconocidas le escribieron para hacerle preguntas, y a veces preguntas más bien ridículas. A todos les respondió con una mezcla característica de paciencia y esa especie de racionalidad que en algunas personas racionales tiende a ser impaciencia. Por ejemplo, alguien le preguntó si los nombres de todos los bienaventurados estaban escritos en un rollo exhibido en el cielo. Contestó escribiendo con calma impertérrita: "Hasta donde yo puedo ver, no es el caso; pero no hay daño en decirlo”.

He mencionado el retrato de Santo Tomás de un pintor italiano, que lo muestra alerta aun en la abstracción y silencioso sólo como si estuviese a punto de hablar. Las pinturas en aquella gran tradición están por lo general llenas de pequeños toques que demuestran una gran imaginación. Me refiero a la especie de imaginación que Ruskin destacó cuando vio que en la escena de la crucifixión de Tintoretto, iluminada por el sol, el rostro de Cristo es oscuro e indescifrable; pero el halo alrededor de Su cabeza es inesperadamente tenue y gris, como el color de las cenizas. Sería difícil representar con más fuerza la idea del eclipse de la Divinidad misma. En el retrato de Tomás de Aquino hay un detalle que quizás sea algo descabellado encontrar igualmente significativo. El artista, después de haberle dado tanta vitalidad y vigilancia a los ojos, debe haber sentido que acentuó demasiado la concentración meramente combativa del santo; pero, sea como fuere, por alguna razón pintó sobre su pecho un emblema más bien curioso, algo como un simbólico y ciclópeo tercer ojo. Al menos no es un símbolo cristiano común, sino algo más semejante al disco del sol que podría haber tenido el rostro de un dios pagano; pero el rostro mismo está oscuro y oculto, y sólo los rayos que salen de él son un anillo de fuego. No sé si alguien le ha dado a esto algún significado tradicional, pero su significado imaginativo es extrañamente oportuno. Ese sol secreto, oscuro con exceso de luz – o no mostrando su luz salvo para iluminar a otros – podría muy bien ser el exacto emblema de aquella vida interior e ideal del santo que no sólo estaba oculta por sus palabras y acciones externas, sino hasta oculta por sus meramente externos y automáticos silencios y por sus arranques de reflexión. En una palabra, este retraimiento espiritual no debe ser confundido con su hábito de enfrascarse o caer en una profunda meditación. Fue un hombre completamente indiferente a las críticas informales acerca de su comportamiento informal; como lo son muchos hombres formados según un gran modelo masculino heredando inconscientemente cierto esplendor y generosidad social. Pero fue en extremo reservado en cuanto a su verdadera vida de santidad. Sin duda, esa clase de reserva ha acompañado, por lo general, a la santidad, porque el santo tiene un insondable horror a parecer fariseo. Pero en Tomás de Aquino fue algo todavía más sensible y muchos en el ámbito mundano lo llamarían enfermizo. No le importó que lo sorprendiesen estando distraído ante las copas de vino del banquete del rey; pues eso tuvo que ver apenas con una cuestión de controversias. Pero cuando hubo algún cuestionamiento sobre si realmente había visto a San Pablo en una visión, su alarma creció hasta la agonía por temor a que el hecho fuese discutido y, por consiguiente, la historia sigue siendo algo incierta. Demás está decir que sus seguidores y admiradores estuvieron tan ansiosos por recolectar estos relatos estrictamente milagrosos como él lo estuvo por ocultarlos; y uno o dos parecen haber sido preservados con un cúmulo bastante sólido de pruebas. Pero, sin duda, en su caso el mundo conoce menos de ellos que en el de muchos otros santos, igual de sinceros y hasta igual de modestos, pero más preocupados por el celo y menos sensibles a la publicidad.

La verdad es que sobre todas estas cosas, tanto en la vida como en la muerte, hay un enorme silencio sobre Santo Tomás. Fue uno de esos grandes objetos que ocupan un espacio pequeño. Después de su muerte, naturalmente hubo cierto revuelo acerca de sus milagros y acerca de su entierro, cuando la Universidad de París deseó sepultarlo. No conozco en detalle la larga historia de los otros planes de sepultura; finalmente sus santos huesos terminaron descansando en la iglesia de San Severino, en Tolosa, al pie mismo de los campos de batalla en donde sus dominicos habían derrotado la epidemia de pesimismo proveniente del Este. Sin embargo, de algún modo, no es fácil pensar en su santuario como el escenario de una devoción jubilosa, alborotadora y vulgar, ya sea en su forma medieval o moderna. Estuvo muy lejos de ser un puritano en el verdadero sentido; proveyó lo necesario para un día festivo y un banquete para sus jóvenes amigos, lo cual suena bastante jovial. La tendencia de sus escritos, especialmente para su época, es razonable en su reconocimiento de la vida física, y hace todo lo que puede para decir que los hombres deben amenizar sus vidas con bromas y aun con travesuras. Pero, a pesar de todo ello, de alguna manera no nos podemos imaginar su personalidad como una especie de imán para muchedumbres; o que el camino a la tumba de Santo Tomás en Toulouse haya sido siempre una larga calle de tabernas, como la que conduce a la tumba de Santo Tomás en Canterbury. [25] Creo que el ruido más bien le desagradaba; hay una leyenda según la cual le disgustaban las tormentas eléctricas; pero esto se contradice con el hecho de que en un verdadero naufragio se mantuvo sumamente calmo. Sea como fuere, y probablemente esto tiene que ver con su salud en algunos aspectos delicada, fue por cierto muy calmo. Tenemos la sensación de que debiéramos ser gradualmente conscientes de su presencia como de un inmenso trasfondo.

Si este leve bosquejo fuese digno de su tema, aquí debería aparecer algo de aquella estupenda certeza en presencia de la cual todas sus bibliotecas de filosofía y aun de teología no fueron sino un montón de panfletos descartados. Es evidente que esto estuvo en él desde el principio, en la forma de una convicción, mucho antes que hubiera podido hasta comenzar a tomar la forma de una controversia. Fue muy vívida en su niñez, y las suyas fueron exactamente las circunstancias en las que es probable que terminen realmente conservadas las anécdotas del jardín de infantes y del patio de juegos. Desde el inicio tuvo esa plena y final prueba de catolicidad verdaderamente ortodoxa; la impetuosa, intolerante pasión por los pobres, y hasta esa disposición a ser más bien un fastidio para los ricos por su hambre de alimentar los hambrientos. Esto no pudo haber tenido nada que ver con el intelectualismo del que fue acusado más tarde; menos aun con cualquier inclinación por la dialéctica. Sería improbable que a la edad de seis años hubiese tenido la ambición de responderle a Averroes, o que supiera qué es la Causalidad Efectiva; o que hasta hubiese desarrollado, tal como lo hizo después a lo largo de su vida, toda la teoría según la cual el amor de una persona por si misma es sincero, constante e indulgente, por lo cual debería ser transferido intacto (dentro de lo posible) al amor al prójimo. A esta edad tan temprana no comprendía todo esto. Tan sólo lo hizo. Y todo el ambiente que rodea sus actos conlleva una especie de convicción. Por ejemplo, es hermosamente típico de esa clase de ménage aristocrática que sus parientes parecen haber objetado levemente – si es que lo hicieron en absoluto, aunque produjo intensas aversiones en la servidumbre - y que consistió en su costumbre de regalarle cosas a los mendigos y a los vagabundos.

Con todo, si tomamos estas cosas con toda la seriedad que merecen todas las cosas infantiles, quizás aprendamos algo de ese misterioso estado de inocencia que es la primera y mejor fuente de nuestras indignaciones posteriores. Podríamos llegar a comprender por qué creció de modo constante en su mente, una mente grande y muy solitaria, una ambición que fue la inversa de todas las cosas que lo rodeaban. Podremos conjeturar qué fue lo que se agigantó dentro de él, ya sea en protesta, en profecía o en la oración suplicante, antes de que sorprendiera a su familia desechando no sólo los adornos de la nobleza sino también todas las formas de ambición, incluida la ambición eclesiástica. Su infancia puede contener la pista de ese primer paso de adultez, de la casa a la ruta; y su proclama de que él también se convertiría en un Mendigo.

Hay otro caso de una especie de segundo destello o secuela, en el cual un incidente bien conocido en un sentido externo también nos permite echar un vistazo a lo interno. Después del asunto de la tea llameante y la mujer que lo tentó en la torre, se dice que tuvo un sueño en el cual dos ángeles lo ciñeron con una cuerda de fuego – algo terriblemente doloroso y, sin embargo, terriblemente fortificante – con lo que se despertó dando un grito en la oscuridad. Esto también tiene algo de impresionante, dadas las circunstancias, y probablemente contiene verdades que algún día serán mejor comprendidas, cuando los sacerdotes y los médicos hayan aprendido a hablarse sin la rígida etiqueta de las negaciones del Siglo XIX. Sería fácil analizar el sueño – como lo hizo el doctor, muy del Siglo XIX, enArmadale – descomponiéndolo en los detalles de los días pasados: la cuerda representaría su lucha por no ser despojado de su hábito de fraile; el hilo de fuego corriendo por las tapicerías de la noche sería la tea que había tomado del fuego del hogar. Pero hasta en Armadale el sueño se cumplió también de un modo místico, y el sueño de Santo Tomás se cumplió de un modo muy místico por cierto. Porque de hecho, después del incidente, quedó notoriamente inmune a esa parte de su naturaleza humana; aunque es probable que el incidente causara una conmoción en su humanidad normal y esto produjera un sueño más fuerte que una pesadilla. Este no es el lugar para analizar psicológicamente el hecho que tanto sorprende a los no católicos: cómo es que los sacerdotes se las arreglan para ser célibes sin por eso dejar de ser viriles. De cualquier modo que sea, parece probable que en esta materia Santo Tomás tuvo menos molestias que la mayoría. Esto no tiene nada que ver con la verdadera virtud, que proviene de la voluntad. Santos tan sagrados como él se han revolcado en zarzas para desviar la presión de la pasión; pero Santo Tomás nunca necesitó demasiado de algo parecido a un contra-irritante por la simple razón de que en este sentido – como en la mayoría de los sentidos – no se irritaba con demasiada frecuencia. Hay mucho que debe quedar sin explicación, como parte de los misterios de la gracia; pero probablemente hay algo de cierto en la idea psicológica de la “sublimación”; esto es: en la elevación de una energía más baja hacia fines más altos. De este modo el deseo casi se desvaneció en el horno de la energía intelectual de Santo Tomás. Entre causas sobrenaturales y naturales, es probable que nunca supiera ni sufriera mucho en este aspecto de su mente.

Hay momentos en los que hasta el más ortodoxo de los lectores está tan tentado de odiar al hagiógrafo tanto como de amar al santo. El santo siempre oculta su santidad; ésa es una regla invariable. Y el hagiógrafo a veces parece ser el perseguidor que trata de frustrar las intenciones del santo; un espía o fisgón difícilmente más respetuoso que un periodista norteamericano. Admito que estos sentimientos fastidian y son unilaterales y procederé a hacer mi penitencia mencionando uno o dos incidentes que sólo pudieron ser de conocimiento público de ése deplorable modo.

Parece ser cierto que Santo Tomás vivió una especie de vida secundaria y misteriosa; la réplica divina de lo que se llama una doble vida. Alguien parece haber podido ver fugazmente esa especie de milagro solitario que los parapsicólogos modernos llaman levitación, y ese alguien seguramente fue, o bien un mentiroso o un testigo presencial, porque es imposible que puedan existir dudas respecto de semejante prodigio protagonizado por semejante hombre. Debe haber sido algo así como ver a uno de los enormes pilares de la iglesia suspendidos en el aire como una nube. Me imagino que nadie sabe qué tormenta de exaltación espiritual, o qué agonía, produce este disturbio en la materia o el espacio; pero el fenómeno ocurre con casi total certeza. Hasta en el caso de médiums espiritistas comunes, sea por las razones que fueren, la evidencia es muy difícil de refutar. Pero probablemente la revelación más representativa de este costado de la vida de Santo Tomás puede hallarse en la exaltada historia del milagro del crucifijo, cuando en el silencio de la iglesia de Santo Domingo en Nápoles, se oyó una voz proveniente del Cristo tallado que le dijo al fraile arrodillado que había escrito bien, y le ofreció la posibilidad de elegir una recompensa de entre todas las cosas del mundo.

Creo que no todos han apreciado la clave de esta historia particular tal como resulta aplicada a este santo en particular. Es una historia vieja en la medida en que se trata simplemente de la oferta hecha a un devoto de la soledad o la simpleza, de elegir uno de entre todos los premios de la vida. El ermitaño, verdadero o falso, el fakir, el fanático o el cínico, el Estilita sobre su columna o Diógenes en su tonel, todos pueden ser retratados como tentados por los poderes de la tierra, del aire o de los cielos, con la oferta de recibir lo mejor de todo y respondiendo que no desean nada. En el estoico o en el cínico griego esto realmente significó tan sólo lo negativo; que no deseaba nada. En el místico oriental o en el fanático, a veces significó una especie de positivo negativo en el sentido de que quería Nada; que era la Nada lo que quería. A veces fue expresión de una noble independencia y de las virtudes gemelas de la antigüedad: el amor a la libertad y el odio al lujo. A veces sólo expresó una autosuficiencia que es exactamente lo opuesto a la santidad. Pero hasta las historias similares de santos auténticos no terminan de abarcar el caso de Santo Tomás. No fue una persona que no quería nada, y fue una persona enormemente interesada en todo. Su respuesta no es ni tan inevitable ni tan simple como algunos podrían suponer. Comparado con muchos otros santos y muchos otros filósofos, era ávido en su aceptación de las Cosas, en su hambre y en su sed por las Cosas. Su especial tesis espiritual fue que realmente hay cosas, y no sólo la Cosa; que lo Múltiple existe tanto como lo Uno. Y no me refiero a cosas para comer, para beber, o para vestir – aunque él nunca les negó su lugar en la noble jerarquía del Ser – sino más bien cosas para pensar acerca de ellas y especialmente cosas para demostrar, para vivenciar y para saber. Nadie supone que Tomás de Aquino, cuando Dios le ofreció la posibilidad de elegir entre todos los dones de Dios, pediría mil libras, o la corona de Sicilia, o el regalo de un vino griego raro. Pero podría haber pedido cosas que realmente deseaba, y era un hombre que podía desear cosas; de la manera en que deseaba obtener el manuscrito perdido de San Crisóstomo. Podría haber pedido la solución de un antiguo problema, o el secreto de una nueva ciencia, o un destello de la inconcebible mente intuitiva de los ángeles, o cualquiera de las mil y una cosas que hubieran realmente satisfecho su amplio y viril apetito por la enorme vastedad y variedad del Universo. La cuestión es que, cuando la voz habló de entre los brazos extendidos del Crucificado, para él aquellos brazos estaban en verdad totalmente abiertos y abriendo gloriosamente los portales de todos los mundos; eran brazos apuntando al este y al oeste, al fin del mundo y a los mismísimos confines de la existencia. Estaban verdaderamente extendidos en un gesto de omnipotente generosidad; el Creador mismo ofreciendo la Creación misma, con todo su inconmensurable misterio de seres separados y el coro triunfal de las creaturas. Ése es el refulgente trasfondo del Ser multitudinario que le da esa fuerza particular, y aun una especie de asombro, a la respuesta de Santo Tomás cuando por fin levantó la cabeza y habló con – y para – aquella audacia casi blasfema que se amalgama con la humildad de su religión: "Te elijo a Ti."

O, para agregarle la coronación de una demoledora ironía a este relato, tan singularmente cristiano para aquellos que puedan realmente entenderlo, hay quienes creen que la audacia se suaviza insistiendo en que dijo: "sólo a Ti "

De estos milagros, en el sentido estrictamente milagroso, no hay tantos como en las vidas de otros santos menos directamente influyentes; pero, probablemente, están bien comprobados porque fue un hombre público bien conocido y en una posición importante y – lo que está más a su favor – tuvo cualquier cantidad de enemigos sumamente exaltados en quienes podemos confiar para el tamizado de los hechos. Existe por lo menos un milagro de curación: el de una mujer que tocó su túnica; y varios incidentes que podrían ser tan sólo variantes del relato del crucifijo de Nápoles. Una de estas historias, sin embargo, tiene una importancia mayor ya que nos acerca a otro aspecto más privado de su vida, más personal y aun más religioso y emocional: ese aspecto que se expresaba en poesía. Estando en París, los demás doctores de la Sorbona le presentaron un problema acerca de la naturaleza de la mística transformación en los elementos del Santísimo Sacramento y procedió a escribir, como de costumbre, una exposición muy cuidadosa y elaboradamente lúcida de su propia solución. Demás está decir que sintió con cordial sencillez la pesada responsabilidad y la seriedad de esa decisión que lo convertía en juez y, comprensiblemente, parece haberse preocupado por ello más de lo que acostumbraba a hacerlo por su trabajo. Buscó orientación en una plegaria de mediación más prolongada que de costumbre y, por último, con uno de esos pocos pero llamativos gestos físicos que marcan los puntos de inflexión en su vida, arrojó su tesis a los pies del crucifijo sobre el altar y la dejó allí, como en espera del juicio. Después se volvió, bajó los escalones del altar y se quedó otra vez absorto en su oración. Pero se dice que había otros frailes observando y fue bueno que estuvieran. Porque después declararon que la figura de Cristo descendió de la cruz ante sus ojos mortales y permaneció de pie sobre el rollo, diciendo: "Tomás, has escrito bien el Sacramento de Mi Cuerpo". Y según se dice, fue después de esta visión que Santo Tomás fue sostenido milagrosamente en el aire.

Un agudo observador, contemporáneo de Santo Tomás de Aquino, dijo de él: “Hubiera podido restaurar toda la filosofía si la misma se hubiera destruido en un incendio”. Esto es lo que se quiere significar cuando se dice que fue un hombre original, una mente creativa que podría haber construido su propio cosmos a partir de piedras y hierbas, hasta sin los manuscritos de Aristóteles y San Agustín. Pero aquí hay una confusión, nada infrecuente, entre aquello en que una persona es la más original y aquello en la cual está más interesada; o entre lo que hace mejor y lo que más ama. Debido a que Santo Tomás fue un filósofo único y sorprendente es casi inevitable que este libro sea tan sólo, o principalmente, un bosquejo de su filosofía. No puede y no pretende ser un bosquejo de su teología. Pero esto es porque la teología de un santo es simplemente el teísmo de un santo; o más bien el teísmo de todos los santos. Es menos individual, aunque es mucho más intenso. Tiene que ver con el origen común; pero es difícil que sea motivo de originalidad. De este modo, estamos forzados a pensar de modo prioritario en Santo Tomás como el creador de la filosofía tomista; del mismo modo en que pensamos en Cristóbal Colón como el descubridor de América aun cuando pudo haber sido bastante sincero en su piadosa esperanza de convertir al Khan de Tartaria; o en James Watt como el descubridor de la máquina de vapor, aun cuando pudo haber sido un devoto pirómano, un sincero calvinista escocés, o cualquier clase de cosas curiosas. De cualquier manera es natural que Agustín y Aquino, Bonaventura y Duns Scoto, todos los doctores y todos los santos, se aproximen entre sí a medida en que se acercan a la divina unidad que hay en las cosas y que, en ese sentido, haya menos diferencia entre ellos en teología que en filosofía. Es cierto que, respecto de algunas cuestiones, los críticos de Aquino opinaron que su filosofía había afectado excesivamente su teología. Esto es especialmente así en lo referente a la acusación en cuanto a que hizo del estado de beatitud algo demasiado intelectual, concibiéndolo más como la satisfacción del amor por la verdad que específicamente como la verdad del amor. Es cierto que los místicos y las personas de la escuela franciscana se inclinaron con más amor por la admitida supremacía del amor. Pero fue más que nada una cuestión de énfasis; quizás levemente teñida por el temperamento y posiblemente (tanto como para sugerir algo que es más fácil sentir que explicar) en el caso de Santo Tomás se debe a la sombra de la influencia de una especie de timidez. Si el éxtasis supremo es más emocional que intelectual, ésa es una cuestión que no constituye tema para una disputa a muerte entre quienes piensan que es ambas cosas pero que no pretenden siquiera imaginar la experiencia concreta de ninguna de las dos. Por mi parte tengo cierta sensación de que, aun si Santo Tomás pensó que es emocional – de la misma manera en que lo hizo San Bonaventura – nunca se hubiera sobreexcitado por ello. Siempre lo hubiera avergonzado escribir sobre eso de un modo extenso.

La única excepción que se permitió fue la rara pero extraordinaria producción de su poesía. Toda santidad es secreta; y su poesía sagrada fue realmente una secreción, como la de una perla en una ostra herméticamente cerrada. Es posible que haya escrito más poesía de la que conocemos, pero parte de ella llegó al dominio público a través de la circunstancia particular de una solicitud para la composición del oficio de la fiesta de Corpus Cristi, un festival establecido por primera vez después de la controversia a la que había contribuido en el escrito que puso sobre el altar. Por cierto que revela un aspecto enteramente diferente de su genio. Por lo general, fue un escritor de prosa eminentemente práctico; algunos dirían que fue un prosista muy prosaico. Sostuvo controversias poniendo la mirada sólo sobre dos cualidades: claridad y cortesía. Y las mantuvo porque eran cualidades enteramente prácticas que afectaban las probabilidades de la conversión. Pero el creador del servicio de Corpus Cristi no fue tan sólo lo que hasta el más pedestre llamaría un poeta; fue lo que hasta el más fastidioso llamaría un artista. Esta doble función suya recuerda más bien a la doble actividad de algunos grandes artesanos del Renacimiento, como Miguel Ángel o Leonardo Da Vinci, quienes podían trabajar sobre los muros externos de la ciudad planificando y construyendo las fortificaciones que la defenderían, y luego se retiraban a la cámara interior para tallar o modelar alguna copa o un estuche para el relicario. El oficio del Corpus Cristi es como un antiguo instrumento musical, pintoresca y cuidadosamente incrustado con piedras y metales de color. El autor ha recolectado viejos textos acerca de pasturas y frutos como si fuesen raras hierbas; hay una ausencia notable de lo ruidoso y de lo obvio en la armonía; y la totalidad está orquestada con dos fuertes letras en latín. El Padre John O’Connor las ha traducido con una aptitud casi milagrosa; pero un buen traductor será el primero en estar de acuerdo en que ninguna traducción es buena; o, en todo caso, suficientemente buena. ¿Cómo haríamos para encontrar ocho cortas palabras en inglés que suplantaran a "Sumit unus, sumunt mille; quantum isti, tantum ille”? ¿Cómo podría alguien reproducir realmente el sonido de “Pange Lingua” cuando la propia primera sílaba resuena a golpe de timbales?

Aparte de la poesía, existió otro medio por el cual este hombre grandote y tímido pudo demostrar que tenía realmente tanta Caritas como San Francisco y por cierto tanta como cualquier otro teólogo franciscano: el de sus afectos privados. No es probable que Bonaventura pensase que Tomás estaba en deuda con su amor a Dios y por cierto que nunca estuvo en deuda con su aprecio por Bonaventura. Por toda su familia sintió una constante – podríamos decir obstinada – ternura. Considerando la forma en que su familia lo había tratado, parecería ser que esto requirió no sólo caridad sino también su característica virtud de la paciencia. Hacia el fin de su vida parece haberse apoyado especialmente en el aprecio hacia uno de sus hermanos, un fraile de nombre Reginaldo quien recibió de él algunas extrañas y más bien sorprendentes confidencias, de la clase que muy raramente hizo aun a sus amigos. Fue a Reginaldo que le hizo esa última y un tanto extraordinaria observación que fue el final de su carrera de controversias y, prácticamente, el fin de su vida terrenal; una observación que la Historia nunca pudo explicar.

Había regresado victorioso de su último combate con Siger de Brabante. Regresó y se retiró. Esta disputa en particular fue el único punto en que podríamos decir que su vida interior y exterior se cruzaron y coincidieron; se dio cuenta de como había anhelado desde su niñez reunir a todos los aliados en la batalla por Cristo; así como mucho tiempo después había llamado a Aristóteles como aliado; y ahora, en la última pesadilla de la sofistería, por primera vez se dio cuenta en forma clara que algunos realmente podían desear que Cristo sucumbiese ante Aristóteles. Nunca se recuperó de ese golpe. Había ganado su batalla porque era el mejor cerebro de su tiempo, pero no pudo olvidar tamaña inversión de toda la idea y de todo el propósito de su vida. No estaba acostumbrado a odiar ni siquiera las odiosas ideas de ellos, más allá de cierto punto. Pero en el abismo de anarquía abierto por la sofistería de Siger acerca de la Doble Mente del Hombre había visto la posibilidad que se destruyera toda idea de religión y hasta toda idea de verdad. Por más breves y fragmentarias que sean todas las frases que lo registran, podemos deducir que regresó con una especie de horror ante ese mundo exterior en el que soplaban semejantes vientos de doctrina y extrañando ese mundo interior que cualquier católico puede compartir y en el cual el santo no está aislado de las personas simples. Retomó la estricta rutina religiosa y, por algún tiempo, no le dijo nada a nadie. Y después algo pasó (se dice que estaba celebrando la misa) cuya naturaleza nunca será conocida por los mortales.

Su amigo Reginaldo le pidió que volviera a sus igualmente regulares hábitos de leer y escribir, y a seguir las controversias del momento. A lo que contestó con singular énfasis: “Ya no puedo escribir”. Parece ser que se produjo un silencio luego del cual Reginaldo se atrevió a tocar el asunto de nuevo, y Tomás le respondió con mayor vigor todavía: “No puedo escribir más. He visto cosas que hacen que mis escritos parezcan heno.”[26]

En 1274, cuando Santo Tomás tenía casi cincuenta años, el Papa, contento por la reciente victoria sobre los sofistas árabes, le envió un mensaje pidiéndole asistir a un Concilio para tratar estas cuestiones controvertidas y que tendría lugar en Lyon. Se puso de pie en obediencia automática, del modo en que se ponen de pie los soldados, pero podemos imaginar que hubo algo en sus ojos que le señaló a quienes lo rodeaban que la obediencia a la órden externa no frustraría de hecho la obediencia a cierta voz de mando interna más misteriosa; a una señal que sólo él había visto. Se puso en camino con su amigo e inició la jornada proponiendo descansar por la noche en lo de su hermana a quien apreciaba profundamente; y cuando ingresó a su vivienda lo abatió alguna enfermedad sin nombre. No necesitamos discutir los dudosos problemas médicos. Es cierto que siempre fue una de esas personas, sanas en términos generales, que resultan derribadas por pequeñas enfermedades. Igualmente cierto es que no existe una descripción demasiado clara acerca de esta enfermedad en particular. Lo llevaron después al monasterio de Fossanuova y su extraño fin le llegó a grandes zancadas. Para quienes piensan que tuvo en menos el aspecto emocional o romántico de la verdad religiosa, quizás valga la pena subrayar que pidió que le leyeran el Cantar de los Cantares desde el principio hasta el final. Los sentimientos de las personas a su alrededor debieron ser confusos y más bien indescriptibles; y por cierto que muy diferentes de los suyos propios. Confesó sus pecados y recibió a su Dios; y podemos estar seguros de que el gran filósofo olvidó la filosofía por completo. Pero no fue por completo así entre quienes lo habían amado, ni siquiera entre quienes tan sólo vivieron en su época. Los elementos de la narración son tan escasos, aunque tan esenciales, que tiene gran sentido leer el relato de los dos aspectos emocionales del acontecimiento. Aquellas personas tienen que haber sabido que, en medio de ellos, una gran mente todavía estaba trabajando como un gran molino. Tuvieron que haber sentido que, en ese momento, el interior del monasterio era más grande que su exterior. Tuvo que ser parecido al caso de alguna poderosa máquina moderna haciendo temblar el destartalado edificio dentro del cual está momentáneamente encerrada. Porque realmente esa máquina estaba hecha de todas las ruedas de todos los mundos; y giraba como ese cosmos de esferas concéntricas que – sea cual fuere su destino en la cambiante ciencia – debe ser siempre algo así como un símbolo de la filosofía; con sus dobles y triples transparencias, más misteriosas que la oscuridad; con su séptuplo; con su cristal terrible. En el mundo de esa mente había una rueda de ángeles, y una rueda de planetas, y una rueda de plantas o de animales; pero también había un orden justo e inteligible de todas las cosas terrenales, una sana autoridad y una libertad con respeto por si misma, y cien respuestas a cien preguntas dentro de la complejidad de la ética o de la economía. Pero tiene que haber habido un momento en el que las personas supieron que el molino atronador se había detenido de pronto; y que, después de la conmoción del silencio, aquella rueda ya no conmocionaría al mundo; que ya no quedaba dentro de aquella casa hueca más que un gran montículo de arcilla; y el confesor, que había estado con él en la cámara interior, salió corriendo como despavorido, y murmuró que su confesión había sido como la de un niño de cinco años.

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