viernes, 14 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (6)










por Gilbert K. Chesterton

Tomado de La Editorial Virtual











VI - Aproximación al Tomismo


l hecho que el tomismo sea la filosofía del sentido común es, en si mismo, una cuestión de sentido común. No obstante, esto requiere cierta explicación porque por demasiado tiempo hemos tomado estas cuestiones en un sentido muy poco común. Para bien o para mal, Europa desde la Reforma – y más especialmente todavía Inglaterra desde la Reforma – ha sido en cierto peculiar sentido el hogar de la paradoja. Por sentido peculiar quiero decir que la paradoja se sentía como en su casa y que las personas se sentían cómodas con ella. El ejemplo más familiar es la fanfarronada inglesa sobre que los ingleses son prácticos porque no son lógicos. A un griego de la antigüedad, o a un chino, esto le parecería exactamente igual a decir que los oficinistas de Londres son buenos para sumar las columnas de sus libros contables porque no son exactos en aritmética. Pero la clave no reside en que ésa es una paradoja sino en que la paradoja ha devenido en ortodoxia; en que las personas descansan sobre una paradoja tan plácidamente como sobre un lugar común. No es que la persona práctica esté parada de cabeza – algo que a veces puede llegar a ser una gimnasia estimulante aunque sorprendente – es que descansa sobre su cabeza y hasta duerme de cabeza. Y esto es un detalle importante porque la función de la paradoja es la de despertar la mente. Tómese una buena paradoja, como aquella de Oliver Wendell Holmes: “Dadnos los lujos de la vida y renunciaremos a las necesidades.” Es divertida y por lo tanto llamativa; tiene un aire de desafío; contiene una verdad real aunque romántica. Es, en su totalidad, parte de la broma que se expresa casi bajo la forma de una contradicción en los términos. Pero la mayoría de las personas estará de acuerdo en que existiría un considerable peligro en fundamentar todo el sistema social sobre la noción de que las necesidades no son necesarias; como que algunos han basado toda la Constitución Británica sobre la noción de que el sinsentido siempre terminará funcionando como un sentido común. Aunque, incluso en esto, se puede decir que el odioso ejemplo se ha difundido y que el sistema industrial moderno realmente nos dice: “Dadnos lujos tales como el jabón perfumado y renunciaremos a necesidades tales como el trigo”.

Hasta aquí todo eso es familiar, pero lo que ni siquiera ahora se ha percibido es que no solamente la política práctica sino que también las filosofías abstractas del mundo moderno han sufrido esta extraña tergiversación. Desde que el mundo moderno comenzó allá por el Siglo XVI, nadie formuló un sistema filosófico que realmente se haya correspondido con el sentido de realidad de todo el mundo; con eso que las personas comunes, abandonadas a sí mismas, llamarían sentido común. Cada uno de estos sistemas comenzó con una paradoja; con un punto de vista peculiar que demandaba el sacrificio de lo que sería el punto de vista cuerdo. Eso es lo único que tienen en común Hobbes y Hegel, desde Kant y Bergson hasta Berkeley y William James. Una persona tenía que creer algo que no creería ninguna persona normal si ese algo le fuese planteado a su simplicidad; como que la ley está por encima del derecho, o que el derecho está fuera de la razón, o que las cosas son tan sólo como las pensamos, o que todo es relativo a una realidad que ni siquiera existe. El filósofo moderno alega, como irradiando confianza, que una vez que le concedamos esto, el resto será fácil; que él enderezará al mundo si se le permite retorcer la mente tan sólo una vez.

Se entiende que, en estas cuestiones, estoy hablando como un tonto; o como un imbécil, como dirían nuestros primos democráticos [27]; de cualquier modo, como un hombre de la calle; y el único objeto de este capítulo es hacer ver que la filosofía tomista está más cerca de la mente del hombre de la calle que otras filosofías. No soy un filósofo entrenado y familiarizado con la técnica del oficio como el Padre D’Arcy cuyo admirable libro sobre Santo Tomás me ha iluminado muchos problemas. Pero espero que el Padre D’Arcy me perdonará si tomo de su libro un ejemplo que ilustra exactamente lo que quiero decir. Él, siendo un filósofo entrenado, está por supuesto entrenado a enfrentarse con filósofos. Además, siendo un sacerdote entrenado, también está naturalmente acostumbrado, no sólo a soportar tontos alegremente sino incluso (algo que es a veces hasta más difícil) a soportar personas inteligentes alegremente. Por sobre todo, su amplio conocimiento de la metafísica le ha hecho ser paciente con las personas inteligentes cuando éstas se dedican a alguna tontería. Por consiguiente, puede escribir con calma y hasta con benevolencia cosas como ésta: “Se puede detectar cierta similitud entre el objetivo y el método de Santo Tomás y el de Hegel. Sin embargo, también hay marcadas diferencias. Para Santo Tomás es imposible la coexistencia de contradicciones, y otra vez, la realidad y la inteligibilidad se corresponden; pero un objeto, para ser inteligible, primero tiene que ser.”

Sea perdonado el hombre de la calle si agrega que la “marcada diferencia” parece ser que Santo Tomás estaba cuerdo y Hegel estaba loco. El imbécil se niega a admitir que Hegel puede existir y no existir simultáneamente; o que se puede entender a Hegel si no existe un Hegel para entender. Así y todo, el Padre D’Arcy menciona esta paradoja hegeliana como si fuese algo común en el trabajo cotidiano; y por supuesto que lo es si ese trabajo consiste en leer a todos los filósofos modernos de un modo tan minucioso y bienintencionado como él lo ha hecho. Y esto es lo que quiero expresar cuando digo que toda filosofía moderna comienza con una roca que nos hace tropezar. Seguramente no es mucho decir que parece haber algo retorcido en afirmar que los contrarios no son incompatibles; o que algo puede “ser” inteligible y, no obstante, no “ser” en absoluto.

Contra todo esto, la filosofía de Santo Tomás se yergue fundada sobre la común y universal convicción de que los huevos son huevos. El hegeliano podrá decir que, en realidad, un huevo es una gallina porque es parte de un infinito proceso del Devenir; el berkeliano podrá decir que los huevos hervidos sólo existen tal como existen los sueños desde el momento en que es igual de fácil señalar que el sueño es la causa de los huevos como decir que los huevos son la causa del sueño; el pragmático podrá creer que lo mejor que podemos sacar de los huevos revueltos es olvidar que jamás fueron huevos, recordando tan sólo el revoltijo. Pero ningún discípulo de Santo Tomás necesita podrir su mente para podrir adecuadamente sus huevos; o poner su cabeza a un ángulo determinado al observar huevos; o mirar los huevos de reojo; o guiñar un ojo a fin de ver una nueva síntesis del huevo. El tomista está parado bajo la plena luz diurna de la hermandad de los seres humanos, participando de la común conciencia de que los huevos no son gallinas o simples presunciones prácticas, sino objetos atestiguados por la Autoridad de los Sentidos, la cual proviene de Dios.

Así, incluso aquellos que aprecian la profundidad metafísica del tomismo en otras cuestiones han manifestado su sorpresa ante el hecho que Santo Tomás no trata en absoluto aquello que hoy muchos piensan que es la cuestión metafísica principal: la de si podemos demostrar que es real el acto primario de reconocer cualquier realidad. La respuesta es que Santo Tomás reconoció en forma instantánea lo que muchos escépticos modernos han comenzado a sospechar algo laboriosamente, y que es que una persona, o bien responde a la pregunta de un modo afirmativo, o bien nunca responderá a ninguna pregunta, nunca hará ninguna pregunta y nunca existirá intelectualmente, ya sea para contestar o para preguntar. Supongo que, en cierto sentido, es verdad que una persona puede ser un escéptico fundamental; pero no puede ser ninguna otra cosa: por cierto que ni siquiera un defensor del escepticismo fundamental. Si una persona siente que los movimientos de su propia mente carecen de sentido, pues entonces su mente carece de sentido, y él carece de sentido; y es inútil tratar de descubrir su sentido. La mayoría de los escépticos fundamentales parecen sobrevivir porque no son consistentemente escépticos y no son para nada fundamentales. Primero lo negarán todo y después admitirán algo aunque sea a fin de argumentar – con frecuencia a fin de atacar sin argumentar. El otro día, leyendo el diario, pude apreciar un casi alarmante ejemplo de esta frivolidad esencial en un profesor de escepticismo final. Un hombre escribió para decir que no aceptaba nada fuera del solipsismo y agregaba que le extrañaba que el solipsismo no fuese una filosofía más difundida. Ahora bien, el solipsismo simplemente significa que una persona cree en su propia existencia pero no en la de otras personas o cosas. Y a este simple sofista nunca se le ocurrió que, si su filosofía era cierta, entonces obviamente no existían otros filósofos para profesarla.

A la pregunta de “¿Existe algo?”, Santo Tomás comienza respondiendo “Sí”. Si hubiera comenzado respondiendo “No” no hubiera sido un comienzo sino el final. Eso es lo que algunos de nosotros llamamos sentido común. O bien no hay filosofía, no hay filósofos, no hay pensadores, no hay pensamiento, no hay nada; o bien hay un puente real entre la mente y la realidad. Pero al fin de cuentas y en cuanto a lo que significa ese primer paso, Santo Tomás es menos exigente que muchos pensadores; mucho menos que la mayoría de los pensadores racionalistas y materialistas. Como veremos, se conforma con decir que ese primer paso significa el reconocimiento del Ens, o Ser, como algo que está definitivamente más allá de nosotros mismos. El Ens es el Ens; huevos son huevos, y no se puede sostener que todos los huevos fueron hallados en el parto de los montes.

Demás está decir que no soy tan ridículo como para sugerir que todos los escritos de Santo Tomás son simples y directos en el sentido de ser fáciles de entender. Hay pasajes que yo mismo no entiendo en lo más mínimo; hay pasajes que dejan perplejos a filósofos mucho más cultos y lógicos que yo; hay pasajes sobre los cuales los más grandes tomistas todavía siguen discutiendo sin lograr ponerse de acuerdo. Pero eso es una cuestión de algo que es difícil de leer o de entender; no difícil de aceptar una vez que se lo ha entendido. Es una simple cuestión de tener a “De noche todos los gatos son negros” escrito en caracteres chinos; o “Arroz con leche” puesto en jeroglíficos egipcios. La única cuestión que estoy señalando aquí es que Aquino está casi siempre de parte de la simplicidad y apoya la aceptación, propia del hombre común, de las perogrulladas comunes. Por ejemplo, a mi muy inadecuado juicio, uno de los pasajes más oscuros es aquél en el que explica cómo la mente tiene la certeza de un objeto externo y no meramente de la impresión de ese objeto; y sin embargo aparentemente lo logra mediante un concepto y no tan sólo a través de una impresión. Pero el único punto aquí es que explica que la mente tiene certeza acerca de un objeto externo. Para nuestro propósito, es suficiente con que su conclusión es lo que se llama la conclusión del sentido común, que su propósito es el de justificar al sentido común; aun cuando lo justifica en un pasaje que casualmente es de una sutileza más bien poco común. El problema con filósofos posteriores es que sus conclusiones son tan oscuras como sus demostraciones; o bien producen un resultado cuyo resultado es el caos.

Desgraciadamente, entre el hombre de la calle y el Ángel de las Escuelas se interpone en este momento un muro de ladrillos muy alto, con púas puntiagudas en la parte superior; y ese muro separa a esas dos personas siendo que, en muchos sentidos, ambas defienden lo mismo. El muro es casi un accidente histórico; al menos fue construido hace mucho tiempo, por razones que no tienen por qué afectar las necesidades de las personas normales de la actualidad; menos aun la mayor necesidad de las personas normales, que es la necesidad de tener una filosofía normal. La primera dificultad es meramente una de forma, no en el sentido medieval sino en el moderno. En primer lugar hay un simple obstáculo de idioma; luego hay un obstáculo algo más sutil de método lógico. Pero el idioma importa bastante ya que, aun traducido, sigue siendo un idioma ajeno y, como otros idiomas ajenos, resulta mal traducido con gran frecuencia. Como en toda literatura de otra época o país, ésta tenía una atmósfera que está más allá de la simple traducción de las palabras del modo en que se traducen las expresiones en un diccionario de turismo. Por ejemplo, todo el sistema de Santo Tomás pende de una gran y sin embargo simple idea que, de hecho, cubre todo lo que es y hasta posiblemente todo lo que puede llegar a ser. El santo representa esta concepción cósmica por medio de la palabra Ens; y cualquiera que sepa tan sólo leer el latín en absoluto, no importa cuan burdamente, siente que es una palabra adecuada y ajustada; exactamente tal como la sentiría en el caso de una palabra francesa dentro de una buena prosa francesa. Debería ser una cuestión de lógica; pero resulta que también es una cuestión de idioma.

Lamentablemente no existe una traducción satisfactoria para la palabra Ens. La dificultad es más verbal que lógica, pero es práctica. Quiero decir que, cuando el traductor dice en castellano “Ser”, percibimos una atmósfera más bien diferente. La atmósfera no debería afectar las magnitudes absolutas del intelecto, pero las afecta. Los nuevos psicólogos que están casi ansiosamente en guerra contra la razón no se cansan de decirnos que los términos que empleamos están teñidos por nuestro subconsciente con algo que quisimos excluir de nuestra conciencia. Y uno no necesita ser tan idealmente irracional como un psicólogo moderno para admitir que, aun en la más chata prosa, la forma y el sonido de las palabras establecen las mismas diferencias que se sienten en la más hermosa de las poesías. Jones Minimus, empujado de la Historia a la Geometría, podrá por un instante confundir los ángulos del triángulo isósceles con los anglos de la Crónica Anglosajona; y hasta el maduro matemático, si resulta estar tan loco como espera el psicoanalista, puede que tenga en las raíces de su subconsciente algún material de su idea de raíz cuadrada. Pero, por desgracia, sucede que la palabra “Ser” tal como se le presenta a un inglés moderno a través de asociaciones modernas, tiene una especie de atmósfera nebulosa que no está en la corta y aguda palabra latina. Al inglés moderno quizá le recuerde a algunos fantásticos catedráticos de la ficción que agitan sus manos y dicen: “Así ascendemos a las inefables alturas del puro y radiante Ser”; o – peor aun – le haga recordar algunos catedráticos actuales de la vida real que dicen: “Todo Ser es Desarrollarse y no es sino la evolución del No-Ser en virtud de la ley de su Ser.” Quizás sólo le haga recordar románticas rapsodias de antiguas historias de amor: “Hermoso y adorable ser, luz y aliento de mi propio ser.” De cualquier manera que sea, el término suena a algo estrambótico, como si sólo lo emplearan personas muy ambiguas; o como si pudiera significar toda una suerte de cosas diferentes.

Ahora bien, la palabra latina Ens tiene un sonido similar a la palabra inglesa End (Fin). Es final y hasta abrupta; no es nada fuera de si misma. Hubo una vez una tonta burla contra escolásticos como Aquino según la cual éstos discutían si los ángeles podían pararse sobre la punta de un alfiler. Porque esa punta también es, en un sentido casi ideal, un Fin. Pero, cuando decimos que Santo Tomás se dedica fundamentalmente a la idea del Ser, no debemos admitir ninguna de las más nebulosas generalizaciones a las que podamos habernos acostumbrado, o de las que hasta podamos habernos cansado, y que pertenecen a esa especie de literatura idealista que es mas retórica que filosofía. La retórica es algo muy bueno en el lugar apropiado y un académico medieval hubiera estado de buena gana de acuerdo en ello, como que la enseñaba desde la cátedra junto con la lógica; pero Santo Tomás no es retórico en absoluto. Quizás apenas si es suficientemente retórico. Hay cualquier cantidad de ornamentos literarios en San Agustín, pero no los hay en Santo Tomás. En ciertas y definidas ocasiones incursionó en la poesía, pero muy rara vez incursionó en la oratoria. Y estuvo tan alejado de algunas tendencias modernas que, cuando se le dio por escribir poesía, la puso realmente en poemas. Esto tiene otro costado que se verá más adelante. Poseyó especialmente la filosofía que inspira poesía; como que inspiró en tan gran medida la poesía de Dante. Y la poesía sin filosofía sólo tiene inspiración o, para ponerlo en lenguaje vulgar, tan sólo aire. Santo Tomás tuvo, por decirlo así, la imaginación sin la imaginería. Y hasta esto es, quizás, demasiado amplio. Hay una imagen de lo suyo, que es verdadera poesía y verdadera filosofía al mismo tiempo, que es la del árbol de la vida doblándose con una enorme humildad por la propia carga de su viviente fertilidad; una cosa que Dante podría haber descrito abrumándonos con el tremendo contraluz y casi embotándonos con la fruta divina. Pero, normalmente, de Santo Tomás podemos decir que sus palabras son breves aun cuando sus libros son largos. He tomado el ejemplo de la palabra Ens precisamente porque es uno de los casos en que el latín es más llano que el inglés llano. Y su estilo, a diferencia de San Agustín y muchos doctores católicos, es siempre más una moneda llana que un billete coloreado. Con frecuencia resulta difícil de entender simplemente porque los tópicos son tan difíciles que pocas mentes, fuera de la suya propia, pueden entenderlos por completo. Pero nunca los oscurece utilizando palabras carentes de conocimiento o bien, incluso con mayor legitimidad, utilizando palabras que pertenecen sólo a nuestra imaginación o intuición. En lo que a su método concierne, es quizás el único real Racionalista entre todos los hijos del Hombre.

Esto nos lleva a la otra dificultad; la del método lógico. Nunca entendí por qué se supone que hay algo indescifrable o anticuado acerca del silogismo. Menos todavía puedo entender qué es lo que algunos quieren decir cuando hablan de que la inducción ha ocupado de algún modo el lugar de la deducción. La única cuestión con la deducción es que premisas verdaderas conducen a una conclusión verdadera. Lo que se llama inducción parece querer significar simplemente el coleccionar un gran número de premisas, o quizás – en algunas cuestiones físicas – el tomarse más trabajo en coleccionarlas, que en determinar si son ciertas. Es posible que sea cierto que el hombre moderno puede obtener más a partir de una gran cantidad de premisas acerca de microbios y asteroides de lo que el hombre medieval pudo obtener a partir de muy pocas premisas acerca de salamandras y unicornios. Pero el proceso deductivo a partir de los datos es el mismo para la mente moderna que para la medieval, y lo que con tanta pompa se llama inducción consiste simplemente en coleccionar más datos. Y Tanto Aquino como Aristóteles, y cualquiera con dos dedos de frente, por supuesto que estarían de acuerdo en que la conclusión sólo puede ser verdadera si las premisas son verdaderas, y mientras más premisas verdaderas hay, pues tanto mejor. La mala suerte de la cultura medieval fue que no tuvo suficientes premisas verdaderas debido a la existencia de condiciones más difíciles para viajar y experimentar. Pero por más perfectas que hubiesen sido las condiciones para viajar y experimentar, sólo hubieran producido premisas y hubiera seguido siendo necesario deducir conclusiones. Pero muchas personas modernas hablan como si lo que ellas llaman inducción fuese algún mágico modo de llegar a la conclusión sin utilizar ninguno de esos horribles y arcaicos silogismos. Pero la inducción no nos conduce a una conclusión. La inducción sólo nos lleva hasta una deducción. A menos que los últimos tres pasos silogísticos sean todos correctos, la conclusión está completamente errada. Por ello, los grandes científicos del Siglo XIX a quienes me educaron a reverenciar (“aceptar las conclusiones de la ciencia” siempre me decían) salían, inspeccionaban en detalle el aire y la tierra, los elementos químicos y los gases, sin duda alguna con mayor detenimiento que Aristóteles y Aquino, y regresaban después corporizando su conclusión final en un silogismo. “Toda materia se compone de pequeños grumos microscópicos indivisibles. Mi cuerpo está hecho de materia. Por lo tanto, mi cuerpo está hecho de pequeños grumos microscópicos indivisibles.” No estaban equivocados en su forma de razonar; porque ésa es la única forma de razonar. En este mundo no hay nada fuera de un silogismo – y una falacia. Pero, por supuesto, estas personas modernas sabían, como lo sabían las medievales, que sus conclusiones no serían verdaderas a menos que sus premisas fuesen también verdaderas. Y allí fue que empezó el problema. Porque los hombres de ciencia, o sus hijos y sus sobrinos, salieron y le echaron otra mirada a la naturaleza grumosa de la materia y se sorprendieron de hallar que no era grumosa en absoluto. Así que regresaron y completaron el proceso con su silogismo: “Toda materia está hecha de protones y electrones giratorios. Mi cuerpo está hecho de materia. Por lo tanto mi cuerpo está hecho de protones y electrones giratorios.” Y, de nuevo, ése también es un buen silogismo; aunque probablemente tendrán que ir y echarle un vistazo a la materia un par de veces más antes de que podamos saber si es una premisa verdadera y una conclusión verdadera. Pero, en el proceso final de la verdad, no hay nada fuera de un buen silogismo. Lo único que existe fuera de ello es un mal silogismo, como bajo la popular y familiar forma de: “Toda materia está hecha de protones y electrones. Me gustaría mucho creer que mi mente es bastante parecida a la materia. Por lo tanto, anunciaré ante el micrófono y el megáfono que mi mente está hecha de protones y electrones.” Pero ésa no es inducción; sólo es una muy fea metida de pata en materia de deducciones. No es otra, o una nueva, forma de pensar. Es sólo dejar de pensar.

Lo que sí es cierto y mucho más razonable es que los antiguos a veces expusieron sus silogismos con gran detalle y, en verdad, eso no siempre es necesario. Una persona puede bajar por la escalera más rápido si salta de a tres peldaños por vez; pero nadie puede saltar tres peldaños si esos peldaños no están allí. Si lo intenta, se romperá la crisma igual que si hubiera saltado por la ventana de un cuarto piso. La verdad acerca de esta falsa antítesis de inducción y deducción es simplemente la siguiente: que, a medida en que se acumularon las premisas o los datos, el énfasis y el detalle se desplazó hacia ellos, alejándose de la deducción final a la cual conducen. Pero de hecho, o bien condujeron a una deducción final, o bien no condujeron a nada. El lógico tenía tanto para decir acerca de electrones o microbios que se dedicó más a estos datos y abrevió o presumió su silogismo final. Pero cuando razonó correctamente, por más rápido que lo haya hecho, razonó en forma silogística.

De hecho, Aquino no acostumbra a razonar por silogismos; a pesar de que siempre argumenta en forma silogística. Lo que quiero decir es que no expone, en cada caso, todos los pasos de la lógica. La leyenda de que sí lo hace es parte de esa imprecisa y en gran medida no verificada fábula del Renacimiento según la cual todos los escolásticos fueron todos unos aburridos e indescifrables latosos. Pero es cierto que argumenta con cierta austeridad y un desdén por el ornamento que puede hacerlo parecer monótono a cualquiera que busque especialmente las formas modernas de la agudeza o del ingenio. Pero todo esto no tiene nada que ver con la pregunta hecha al principio de este capítulo y que tendrá que ser respondida a su final; la pregunta acerca de a favor de qué está argumentando. En cuanto a eso valga repetir con el mayor de los énfasis: está argumentando a favor del sentido común. Está argumentando a favor de un sentido común que aun hoy se le haría claro a la mayoría de las personas comunes. Está argumentando a favor de los proverbios populares en cuanto a que hay que ver para creer; que cuando hay hambre no hay pan duro, que nadie puede ser un buen crítico de si mismo, ni negar su propia existencia. Con frecuencia Santo Tomás sostiene su punto de vista utilizando abstracciones; pero estas abstracciones no son más abstractas que la Energía, o la Evolución, o el Espacio-Tiempo; y no nos llevan a aterrizar en desesperanzadas contradicciones con la vida común como lo hacen con frecuencia los demás. El pragmático presume de ser práctico, pero en la práctica resulta ser completamente teórico. El tomista comienza por ser teórico, pero su teoría resulta ser completamente práctica. Por eso es que gran parte del mundo está volviendo a ella en la actualidad.

Por último, existe cierta dificultad por el hecho de un idioma ajeno, aparte de que se trata del latín. La terminología filosófica moderna no es siempre exactamente idéntica con el inglés llano, y la terminología filosófica medieval no es para nada idéntica ni siquiera con la terminología filosófica moderna. Realmente no es muy difícil aprender el significado de los términos principales; pero a veces su significado medieval es exactamente el opuesto al de su significado moderno. El ejemplo obvio puede darse con la palabra fundamental “forma”. Hoy en día diríamos “Escribí una disculpa formal al decano”; o bien “Los procedimientos del Club de los Palitos Chinos fueron puramente formales”. Lo que queremos decir con ello es que fueron puramente ficticios y Santo Tomás, de haber sido miembro del Club de los Palitos Chinos, hubiera entendido exactamente lo contrario. Hubiera entendido que los procedimientos tuvieron que ver con el mismísimo corazón, alma y secreto del Club de los Palitos Chinos y que la disculpa al decano fue tan esencialmente sincera que en la misma el autor volcó el corazón bañado en lágrimas de auténtico arrepentimiento. Porque “formal” en el lenguaje tomista significa real, o que posee la cualidad real decisiva que hace al objeto mismo. En términos amplios, cuando Santo Tomás habla de una cosa hecha de Forma y Materia, precisamente reconoce que la Materia es el elemento más misterioso, indefinido y anodino, y que lo que estampa cualquier cosa con una identidad propia es la Forma. Para decirlo de algún modo, la Materia no es tanto lo sólido sino lo líquido y lo gaseoso en el cosmos; y en esto los más modernos científicos están comenzando a estar de acuerdo con él. Pero la Forma es el hecho concreto; es lo que hace que un ladrillo sea ladrillo, que el busto sea un busto, y no la informe y pisoteada arcilla de la que cualquiera de los dos puede estar hecho. La piedra que rompió una estatuilla en algún nicho gótico pudo haber sido también una estatuilla; y bajo el análisis químico, la estatuilla es sólo una piedra. Pero un análisis químico de esa clase es enteramente falso como análisis filosófico. La realidad, la cosa que hace que las dos cosas sean reales, está en la idea de la imagen y en la idea de lo que rompió la imagen. Éste es tan sólo un ejemplo al pasar de tan sólo un término de la terminología tomista; pero no es una mala introducción a la verdad del pensamiento tomista. Todo artista sabe que la forma no es superficial sino fundamental; que la forma es el fundamento. Todo escultor sabe que la forma de la estatua no es el exterior de la estatua sino más bien el interior de la estatua; incluso en el sentido del interior del escultor. Todo poeta sabe que la forma-soneto no es tan sólo la forma del poema, sino el poema. Ningún crítico moderno que ha fracasado en comprender lo que el escolástico entendió por forma puede enfrentar al escolástico como un par intelectual.

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