
por Gilbert K. Chesterton
Tomado de La Editorial Virtual
VII – La Filosofía Permanente
s una pena que la palabra Antropología se haya degradado hasta significar el estudio de los antropoides. En la actualidad ya está asociada a riñas entre profesores de la prehistoria (en más de un sentido) sobre si una astilla de piedra es el diente de un hombre o de un mono; cosa que a veces se resuelve como en aquél famoso caso en que resultó ser el diente de un cerdo. Está muy bien que exista una ciencia puramente física de estas cosas; pero la denominación comúnmente utilizada bien hubiera podido estar dedicada, por analogía, a cosas no sólo más amplias y profundas sino algo más relevantes. Así como en Norteamérica los nuevos humanistas le han señalado a los antiguos humanitarios que su humanitarismo estuvo en gran medida concentrado en cosas que no son especialmente humanas – tales como condiciones físicas, deseos, necesidades económicas, medioambiente y etc. – del mismo modo, en la práctica, quienes se llaman antropólogos tienen que estrechar sus mentes para dedicarse a cosas materiales que no son notablemente antrópicas. Tienen que salir de caza por la Historia y la Prehistoria para atrapar algo que decididamente no es un Homo Sapiens, pero que de hecho siempre es considerado como un Simius Insipiens. El Homo Sapiens sólo puede ser considerado en relación con la Sapientia y sólo un libro como el de Santo Tomás está realmente dedicado a la idea intrínseca de Sapientia. En resumen: debería existir un verdadero estudio llamado antropología, concordante con la teología. En este sentido, Santo Tomás de Aquino, es, quizás más que otra cosa, un gran antropólogo.
Pido disculpas por las palabras iniciales de este capítulo a todos esos excelentes y eminentes hombres de ciencia que están dedicados al real estudio de la humanidad en su relación con la biología. Pero me imagino que serán los últimos en negar que, en la ciencia popular, ha habido una disposición algo desproporcionada a convertir el estudio de los seres humanos en el estudio de los salvajes. Y el salvajismo no es Historia; o bien es el comienzo de la Historia, o bien es su fin. Sospecho que los más grandes científicos estarán de acuerdo en que demasiados profesores se han perdido en la selva o en la jungla; profesores que quisieron estudiar antropología y nunca pasaron más allá de la antropofagia. Pero tengo un motivo en particular para iniciar esta sugerencia de la necesidad de una más elevada antropología con un pedido de disculpas a los genuinos biólogos que pueden parecer estar incluidos – pero que ciertamente no lo están – por esta protesta en contra de la ciencia popular barata. Porque lo primero que hay que decir de Santo Tomás como antropólogo es que realmente es como el mejor de la clase de los biólogos modernos dedicados a la antropología; es decir: es de la clase que se autodenominaría como agnóstica. Este hecho es un punto de inflexión en la Historia, tan nítido y decisivo, que la historia realmente necesita ser recordada y registrada.
Santo Tomás de Aquino se parece mucho al gran Profesor Huxley, el agnóstico que inventó la palabra agnosticismo. Es como él por su forma de iniciar el argumento, y es diferente a todos los demás – antes y después – hasta la época de Huxley. Adopta casi literalmente la definición huxleyana del método agnóstico: “Seguir a la razón hasta dónde llegue”. La única pregunta en esto es: ¿adónde lleva?. Santo Tomás establece la casi sorprendente afirmación moderna, o materialista: “Todo lo que está en el intelecto ha estado antes en los sentidos”. Aquí es dónde comenzó, al igual que cualquier moderno hombre de ciencia – más aun: al igual que cualquier materialista moderno que ya difícilmente pueda ser llamado hombre de ciencia – en el extremo exactamente opuesto al del análisis de alguien que es exclusivamente místico. Los platónicos, o al menos los neoplatónicos, tendieron todos a afirmar que la mente se hallaba iluminada desde adentro; Santo Tomás insistió en que estaba iluminada por cinco ventanas a las que llamamos las ventanas de los sentidos. Pero quería que la luz de afuera iluminara lo que había adentro. Quería estudiar la naturaleza del ser humano y no tan sólo la naturaleza del musgo y de los hongos que podía ver por la ventana, aunque apreció esto último como la primera experiencia iluminadora del Hombre. Y comenzando en este punto, procede a subir por la Casa del Hombre, peldaño a peldaño y relato por relato, hasta que sale por la torre más alta y obtiene la visión más amplia.
En otras palabras, Santo Tomás es un antropólogo con una teoría completa del Hombre; más allá de si esta teoría es correcta o no. Ahora bien, los antropólogos modernos, que se autodenominaron agnósticos, fracasaron por completo en ser antropólogos en absoluto. Dadas sus limitaciones, no pudieron obtener una teoría completa del Hombre, y ni hablemos de una teoría completa de la naturaleza. Comenzaron por descalificar algo, llamándolo lo Inconocible. La imposibilidad de comprender se hubiera hecho casi comprensible si sólo hubiéramos podido entender realmente a lo Inconocible como lo Último. Pero rápidamente se hizo obvio que toda una serie de cosas resultaban Incomprensibles; y que eran exactamente aquellas cosas que el ser humano tiene que saber. Es necesario saber si es responsable o irresponsable, perfecto o imperfecto, perfectible o imperfectible, mortal o inmortal, condenado o libre, no para entender a Dios sino para entender al Hombre. Nada que deje estas cosas en una nebulosa de duda religiosa puede posiblemente pretender constituirse en una Ciencia del Hombre; se aleja de la antropología tan completamente como de la teología. ¿Tiene el ser humano un libre albedrío o es su sentido de la opción una ilusión? ¿Tiene una conciencia, o tiene su conciencia alguna autoridad, o es solamente el prejuicio del pasado tribal? ¿Existe una esperanza real de dilucidar estas cosas por medio de la razón humana y tiene eso alguna autoridad? ¿Debe el ser humano considerar a la muerte como algo final? ¿Debe considerar la ayuda milagrosa como algo posible? Ahora bien, es una completa tontería decir que todas estas cosas con inconocibles en cualquier remoto sentido, como la distinción entre querubines y serafines, o la Procesión del espíritu Santo. Es posible que los escolásticos se pasaran de la raya persiguiendo a los querubines y a los serafines. Pero al preguntarse si una persona puede elegir, o si habrá de morir, estaban haciendo preguntas comunes de historia natural, como la de si un gato puede arañar o un perro olfatear. Nada que se autodenomine Ciencia del Hombre puede evadir estas preguntas. Y los grandes agnósticos las evadieron. Pudieron haber dicho que no tenían pruebas científicas; en cuyo caso fracasaron en producir hasta una hipótesis científica. Lo que generalmente produjeron fue una contradicción exageradamente acientífica. La mayoría de los moralistas monistas dijeron que el Hombre no tenía opciones, pero que debía pensar y actuar heroicamente como si las tuviera. Huxley convirtió a la moral, incluso a la moral victoriana, en una cosa sobrenatural en el exacto sentido del término. Dijo que tenía derechos arbitrarios sobre la naturaleza; o sea: una especie de teología sin teísmo.
No sé a ciencia cierta por qué a Santo Tomás lo llamaron el Doctor Angélico. Si fue porque tenía un temperamento angélico, o la intelectualidad de un ángel, o porque hubo una leyenda acerca de que se concentraba en ángeles – en especial en aquellos que están sobre puntas de agujas. No sé cómo surgió esta idea; la Historia presenta muchos ejemplos del irritante hábito de etiquetar a alguien en conexión con algo, como si jamás hubiese hecho otra cosa. ¿Quién fue el que inició el estúpido hábito de referirse al Dr. Johnson como “nuestro lexicógrafo”, como si nunca hubiese hecho otra cosa aparte de escribir un diccionario? ¿Por qué la mayoría de las personas insiste en tomar la amplia y vasta mente de Pascal en su punto más estrecho, el punto en que se agudizó hasta convertirse en la punta de lanza de los jansenitas contra los jesuitas? Por todo lo que sé, es tan sólo posible que este etiquetamiento de Aquino como especialista no fue más que su menoscabo como universalista. Porque ése es un truco muy común para el empequeñecimiento de literatos o científicos. Santo Tomás debe haberse hecho de cierto número de enemigos a pesar de que nunca los trató como a enemigos. Por desgracia, el buen temperamento a veces es más irritante que el mal temperamento. Y después de todo, como muchos hombre medievales habrán pensado, hizo una buena cantidad de daño; y lo que es más curioso, el daño lo hizo a ambos lados. Fue un revolucionario frente a San Agustín y un tradicionalista frente a Averroes. A algunos les pudo parecer que trató de arruinar la belleza de la Ciudad de Dios, que tenía cierta semejanza con la República de Platón. A otros les pudo parecer que le asestó un golpe a las conquistadoras y niveladoras fuerzas del Islam, tan dramático como el asalto de Godofredo a Jerusalén. Es posible que estos enemigos, a fin de condenar con un débil elogio, hablaron de su muy respetable pequeño trabajo sobre los ángeles de la misma forma en que alguien podría decir que Darwin fue realmente confiable cuando escribió sobre los insectos o que los poemas en latín de Milton son muy meritorios por cierto. Pero esto es sólo conjetura, y muchas otras serían posibles. Me inclino a pensar que Santo Tomás estuvo más bien interesado en la naturaleza de los ángeles por la misma razón por la cual estuvo aun más interesado en la naturaleza de los seres humanos. Fue una parte de su fuerte interés personal en las cosas subordinadas y semi-dependientes que impregna todo su sistema en una jerarquía de libertades superiores e inferiores. Se interesó en el problema del ángel de la misma forma en que se interesó en el problema del Hombre, porque era un problema; y en forma especial porque era el problema de una creatura intermedia. No pretendo tratar aquí esta misteriosa cualidad, tal como él la concibió existiendo en ese ser intelectual inescrutable que es menos que Dios pero más que el Hombre. Pero fue esta cualidad de eslabón en la cadena, o de peldaño en la escalera, lo que interesó al teólogo de forma principal en el desarrollo de su propia particular teoría de las gradaciones. Por sobre todo, es esto lo que lo impulsa cuando halla tan fascinante el misterio central del Hombre. Porque para él, lo central es siempre que el Hombre no es un globo subiendo hasta el cielo, ni un topo haciéndose tan sólo una madriguera en la tierra, sino más bien algo como un árbol cuyas raíces se alimentan de la tierra mientras sus ramas más altas parecen llegar casi hasta las estrellas.
Ya he señalado que el moderno librepensamiento lo ha dejado todo, incluso a si mismo, envuelto en una niebla. La afirmación que el pensamiento es libre llevó primero a la negación de que la voluntad es libre; pero aun en esto no existió una determinación real entre los deterministas. En la práctica, lo que les dijeron a las personas fue que debían hacer de cuenta que sus voluntades eran libres a pesar de que no lo eran. En otras palabras: el ser humano tendría que vivir una doble vida; lo cual es exactamente la antigua herejía de Siger de Brabante acerca de la Doble Mente. Poniéndolo de otro modo: el Siglo XIX dejó todo sumido en el caos y la importancia del tomismo para el Siglo XX es que puede devolvernos un cosmos. Aquí sólo podemos dar el más burdo de los bosquejos acerca de cómo Aquino, de un modo similar a los agnósticos, comenzó en los sótanos cósmicos pero terminó escalando las torres cósmicas.
Sin la pretensión de abarcar lo esencial de la idea tomista por todo el campo que existe entre esos dos límites, séame permitido delinear una versión simplificada de la cuestión que creo haber conocido yo mismo, de un modo conciente o inconciente, desde mi niñez. Cuando un niño mira por la ventana de su habitación y ve algo – digamos el verde césped del jardín – ¿qué es lo que realmente sabe? ¿Sabe algo en absoluto? Hay toda una serie de juegos infantiles de filosofía negativa alrededor de esta pregunta. Un brillante científico victoriano se deleitó en declarar que el niño no ve ningún césped en absoluto, sino sólo una especie de niebla verde reflejada en el minúsculo espejo del ojo humano. Esta pieza de racionalismo siempre me impresionó como algo casi demencialmente irracional. Si el brillante científico no está seguro de la existencia del césped que ve a través del vidrio de una ventana, ¿cómo diablos puede estar seguro de la existencia de la retina, a la que ve a través del vidrio de un microscopio? Si la vista engaña ¿por qué no puede seguir engañando? Personas de otra escuela contestan diciendo que el césped es tan sólo una impresión verde sobre la mente y que no se puede estar seguro de nada excepto de la mente. Declaran que el niño sólo puede ser consciente de su propia conciencia; pero sucede que ésa es justamente la cosa de la cual un niño no es consciente en absoluto. En ese sentido, en lugar de afirmar que hay un niño consciente pero no hay césped, sería por lejos más cierto afirmar que hay césped pero no hay niño. Santo Tomás, interviniendo súbitamente en esta riña de jardín de infantes, dice enfáticamente que el niño percibe concientemente el Ens. Mucho antes de saber que el césped es césped, o que el Yo es el Yo, el niño sabe que algo es algo. Quizás lo mejor sería decir muy enfáticamente (con un golpe sobre la mesa): “hay un Hay”. Esto es el máximo de credulidad monacal que Santo Tomás nos pide al principio. Muy pocos incrédulos comienzan pidiéndonos tan poco. Y, sin embargo, sobre esta aguda punta de realidad erige todo el sistema cósmico de la cristiandad con procesos lógicos que nunca han sido realmente refutados con éxito.
Así, Aquino insiste, de un modo muy profundo pero muy práctico, en que, con esta idea de la afirmación, instantáneamente aparece la idea de la contradicción. Es instantáneamente evidente, hasta para el niño, que no puede existir la afirmación y la contradicción en forma simultánea. Sea como fuere que se quiera llamar a la cosa que el niño ve – una luna, un espejismo, una sensación o un estado de conciencia – cuando la ve, el niño sabe que no es cierto que no la ve. O bien, sea como fuere que se quiera llamar lo que está haciendo – ver, soñar, o ser consciente de una impresión – el niño sabe que, si lo está haciendo, es mentira que no lo está haciendo. Por consiguiente aparece algo, más allá incluso del primer hecho de ser. De ello sigue, como su sombra, el primer credo fundamental, o mandamiento, en cuanto a que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. De allí en más, en el lenguaje común o popular, existe un verdadero y un falso. Digo que en lenguaje popular porque Aquino en ninguna parte es más sutil que al señalar que ser no es estrictamente igual a verdad; el ver la verdad tiene que significar la percepción del ser por alguna mente capaz de apreciarla. Pero, en un sentido general, aquí hace su entrada ese primitivo mundo de pura realidad, esa división y dilema que introduce la postrer especie de guerra en el mundo: el eterno duelo entre el Sí y el No. Este es el dilema con el que muchos escépticos han oscurecido el universo y disuelto la mente tan sólo para tratar de escapar. Son los que afirman que existe algo que es tanto Sí como No. Lo ignoro, pero supongo que lo pronunciarán como So.
El próximo paso después de esta aceptación de la realidad, o de la certeza, o sea como fuere que la llamemos en el lenguaje popular, es mucho más difícil de explicar en ese mismo lenguaje. Pero representa exactamente el punto en el que casi todos los demás sistemas se extravían y abandonan el primer paso al dar el tercero. Aquino afirma que nuestra primera sensación de un hecho, es un hecho; y ya no puede retroceder sin caer en la falsedad. Pero, cuando observamos al hecho, o a los hechos, tal como los conocemos, nos damos cuenta de que tienen un carácter algo extraño y eso es lo que ha causado que muchos modernos se hayan vuelto extraña e inquietamente escépticos en relación con ellos. Por ejemplo, en gran medida están en un estado de cambio pasando de ser una cosa a ser la otra; o sus cualidades son relativas a otras cosas; o parecen moverse sin cesar; o parecería que desaparecen por completo. En este punto, como he dicho, muchos sabios pierden el anclaje con el primer principio de la realidad que habían concedido al comienzo, y retroceden afirmando que no hay nada fuera del cambio; o nada excepto la comparación; o nada excepto el flujo; o, de hecho, que no hay nada en absoluto. Aquino toma el argumento y lo da vuelta para el otro lado, manteniéndose en línea con su primera percepción de la realidad. No hay duda acerca de la existencia del Ser, aun cuando a veces parece un devenir; y eso es porque lo que vemos no es la plenitud del Ser, o bien (para emplear una especie de jerga coloquial) nunca vemos al Ser siendo todo lo que puede ser. El hielo se funde para convertirse en agua fría, y el agua fría es calentada para convertirse en agua caliente; no puede ser las tres cosas al mismo tiempo. Pero esto no convierte el agua en irreal o hasta en negativa; sólo significa que está limitada a ser una cosa por vez. Pero la plenitud del Ser es todas las cosas que puede ser; y sin eso, las formas menores o aproximadas no pueden ser explicadas diciendo que son cualquier cosa; a menos que resulten desechadas diciendo que no son nada.
En el mejor de los casos este tosco esbozo sólo puede ser histórico y no tanto filosófico. Es imposible comprimir dentro de él las pruebas metafísicas de una idea como ésa; especialmente en el lenguaje metafísico medieval. Pero esta diferenciación en filosofía es un tremendo punto de inflexión en la Historia. La mayoría de los pensadores, al darse cuenta de la aparente mutabilidad del Ser, realmente olvidaron su propia percepción del Ser y terminaron creyendo sólo en la mutabilidad. No pueden siquiera decir que una cosa cambia para convertirse en otra porque, para ellos, ni siquiera hay un instante en el cual una cosa es una cosa en absoluto. Sólo es cambio. Sería más lógico llamarlo una nada cambiando a nada que decir (de acuerdo con estos principios) que jamás hubo, o que jamás habrá, un momento en que la cosa será ella misma. Santo Tomás sostiene que la cosa común, en todo momento, es algo; pero no todo lo que podría ser. Hay una plenitud del Ser en la cual podría ser todo lo que puede ser. De esta forma, mientras la mayoría de los sabios terminan en nada más que puro cambio, Santo Tomás arriba a la cosa final que es inmodificable porque es todas las otras cosas al mismo tiempo. Mientras los otros sabios describen un cambio que, en realidad, es un cambio de nada, él describe una inmutabilidad que incluye los cambios de todo. Las cosas cambian porque no son completas; pero su realidad sólo puede ser explicada como parte de algo que es completo. Y ese algo es Dios.
Históricamente al menos, ésta fue una curva cerrada y traicionera que tomaron todos los sofistas uno detrás del otro mientras el gran escolástico siguió de largo por la ruta de la experiencia y la expansión, hasta ver las ciudades y hasta construir las ciudades. Los demás fallaron a esta temprana etapa porque, para usar las palabras del antiguo juego, desecharon el primer número en el que habían pensado. El reconocimiento de algo, de una cosa o de varias, es el primer acto del intelecto. Pero, debido a que el examen de un objeto muestra que no es un objeto fijo o final, dedujeron que no hay nada fijo ni final. Así, de muchas formas, todos ellos comenzaron a ver un objeto como algo más delgado que un objeto; una onda; una debilidad; una inestabilidad abstracta. Para utilizar la misma figura burda, Santo Tomás vio un objeto que era más grueso que un objeto; que era más sólido que los sólidos pero secundarios hechos que había comenzado por admitir como hechos. Desde el momento en que sabemos que son reales, cualquier elemento elusivo o sorprendente en sus realidades no puede ser realmente irreal y debe pertenecer tan sólo a su relación con la realidad real. Cien filosofías humanas, abarcando la tierra desde el nominalismo hasta el Nirvana y el Maya, desde la evolución informe hasta el absurdo quietismo, todas provienen de la primera rotura de la cadena tomista; de la noción de que lo que vemos ni siquiera es lo que vemos, porque no nos satisface o porque no se explica por si mismo. Según esto, el cosmos sería una contradicción en los términos y se estrangularía a si mismo; pero el tomismo corta las ataduras y se libera. El defecto que vemos en lo que es, resulta simplemente de que no es todo lo que hay. Dios es hasta más real que el Hombre; más real incluso que la materia; porque Dios, con todos sus Poderes, es a cada instante, inmortalidad en acción.
Recientemente tuvo lugar una comedia cósmica muy curiosa que involucró las opiniones de hombres muy brillantes, tales como el Sr. Bernard Shaw y el decano de St. Paul. En pocas palabras, librepensadores de varias clases han dicho con frecuencia que no necesitan una Creación porque el cosmos siempre ha existido y siempre existirá. El Sr. Bernard Shaw dijo que se había vuelto ateo porque el universo ha continuado haciéndose desde el principio, o sin un principio. Más tarde, el decano Inge se mostró consternado ante la sola idea de que el universo podría tener fin. La mayoría de los cristianos modernos, que viven de acuerdo a la tradición mientras que los cristianos medievales pudieron vivir de acuerdo con la lógica o la razón, sintieron vagamente que la idea de privarlos del Día del Juicio Final era espantosa. La mayoría de los agnósticos modernos (a quienes les encanta que sus ideas sean consideradas espantosas) gritaron tanto más fuerte y al unísono que el universo auto-producido, auto-existente y verdaderamente científico nunca tuvo necesidad de tener un comienzo y no podía tener un final. En ese preciso instante, de pronto, como el vigía del barco que de repente grita un alerta porque vio un arrecife, el auténtico hombre de ciencia, el experto que había estado examinando los hechos concretos, anunció en alta voz que el universo estaba dirigiéndose hacia su fin. Por supuesto, no había estado escuchando la conversación de los amateurs; en realidad había estado estudiando la textura de la materia y dijo que se estaba desintegrando. El mundo, aparentemente, estaba explotando por una explosión gradual llamada energía; todo el asunto tendría ciertamente un final y presumiblemente había tenido un comienzo. Esto fue espantoso, por cierto; no para el ortodoxo sino especialmente para los heterodoxos dado que éstos se espantan con mayor facilidad. El decano Inge, quien durante años había dictado cátedra sobre el ineludible deber de aceptar todos los descubrimientos científicos, literalmente gimió en forma audible ante este descubrimiento científico tan carente de tacto y prácticamente le imploró a los investigadores científicos que se fueran a descubrir algo diferente. Parece casi increíble, pero es un hecho que preguntó qué le quedaría a Dios para divertirse si el universo cesaba de existir. Lo cual es una medida de lo mucho que la mente moderna necesita a Tomás de Aquino. Pero aun sin Aquino, me resulta difícil concebir a una persona educada, y menos todavía a una persona tan culta, que cree en Dios en absoluto sin aceptar que Dios contiene en Si mismo toda perfección, incluyendo la alegría eterna, y que no necesita que el sistema solar lo entretenga como si fuese un circo.
Salir de estas presunciones, prejuicios y desilusiones privadas para entrar al mundo de Santo Tomás es como escapar de una refriega en una habitación oscura y salir a la plena luz del día. Santo Tomás dice, de manera bastante directa, que él mismo cree que este mundo tiene un comienzo y un final porque sucede que esto es lo que enseña la Iglesia y defiende en otro lugar, con docenas de argumentos bastante diferentes, la validez del mensaje místico a la humanidad que proclama la Iglesia. De cualquier forma, la Iglesia dijo que el mundo terminaría; y aparentemente la Iglesia estuvo en lo cierto, siempre suponiendo (como siempre se supone que debemos suponer) que los más recientes hombres de ciencia están en lo cierto. Pero Aquino dice que no ve, en la razón, ninguna razón en particular por la cual este mundo no podría ser un mundo sin final, o hasta sin un comienzo. Y está bastante seguro de que, aun si fuese totalmente sin final y sin comienzo, seguiría existiendo exactamente la misma necesidad lógica de un Creador. El que no entiende eso, señala el santo con amabilidad, realmente no entiende lo que quiere decir Creador.
Porque lo que Santo Tomás quiere dar a entender por Creador no es ese retrato medieval de un anciano rey sino aquel segundo paso en el gran argumento acerca del Ens o Ser; ese segundo asunto que es tan desesperantemente difícil expresar con corrección en un lenguaje popular. Por eso es que lo he introducido aquí bajo la particular forma del argumento en cuanto a que tiene que haber un Creador incluso si no hay un Día de la Creación. Observando el Ser tal como es ahora, del mismo modo en que el niño mira el césped, vemos una segunda cosa respecto de él; en un lenguaje bastante popular diríamos que parece secundario y dependiente. La existencia existe; pero no es lo suficientemente auto-existente; y nunca podría volverse auto-existente meramente por un seguir existiendo. El mismo sentido primario que nos dice que es un Ser también nos dice que no es un Ser perfecto; y no meramente imperfecto en el sentido controversial y popular de no estar libre de pecado o sufrimiento, sino imperfecto como Ser, por constituir algo que es menos que la realidad que implica. Por ejemplo, su Ser es con frecuencia tan sólo un Devenir – un comenzar a Ser o un dejar de Ser – con lo que implica algo más constante y completo de lo cual, en si mismo, no ofrece ningún ejemplo. Ése es el significado de aquella básica frase medieval en cuanto a que “todo lo que se mueve es movido por otro”, lo cual, en la clara sutileza de Santo Tomás significa inexpresablemente más que el mero teístico “alguien le dio cuerda al reloj” con el cual probablemente se lo confunde con frecuencia. Cualquiera que piense con profundidad verá que el movimiento tiene algo de esencialmente incompleto que lo aproxima a algo más completo.
El argumento concreto es más bien técnico y tiene que ver con el hecho que la potencialidad no se explica por si misma; y en todo caso un despliegue tiene que ser de algo que ha estado plegado. Baste con decir que los evolucionistas modernos, que ignoran el argumento, no lo hacen porque descubrieron una falla en él sino porque jamás descubrieron el argumento en sí. Proceden de esa manera porque son demasiado superficiales como para descubrir la falla en sus propio argumento dado que la debilidad de su tesis se esconde detrás de una fraseología de moda, del mismo modo en que la fortaleza de la antigua tesis queda escondida detrás de una fraseología pasada de moda. Pero, para quienes realmente piensan, siempre hay algo de impensable en todo ese cosmos evolutivo tal como ellos lo imaginan; porque es algo que viene de la nada, como si fuera un constantemente creciente torrente de agua que proviene de una vasija vacía. Quienes pueden aceptar eso sin ver siquiera la dificultad que representa, no es probable que calen tan profundo como Aquino y puedan ver la solución a su dificultad. En una palabra: el mundo no se explica por si mismo y no puede hacerlo con tan sólo seguir expandiéndose. Pero, de cualquier modo, es absurdo que los evolucionistas se quejen de que es inconcebible que un Dios admitidamente inconcebible haya hecho todo a partir de la nada y después pretender que es más concebible que la nada se convierta a si misma en todo.
Hemos visto que la mayoría de los filósofos simplemente fracasan al filosofar acerca de las cosas porque éstas cambian. También fracasan al filosofar acerca de las cosas porque éstas difieren. No tenemos espacio aquí para seguir a Santo Tomás a lo largo de todas estas herejías negativas, pero hay que decir alguna palabra acerca del nominalismo, o la duda acerca de las cosas que difieren. Todo el mundo sabe que los nominalistas declararon que las cosas difieren demasiado para ser realmente clasificadas, de modo que sólo están etiquetadas. Aquino fue un firme pero moderado realista y, por lo tanto, sostuvo que realmente hay cualidades generales; como que los seres humanos son humanos, entre otras paradojas. El convertirse en un realista extremo lo hubiera llevado demasiado cerca de ser un platónico. Reconoció que la individualidad es real, pero dijo que coexiste con un carácter común que hace posible algún grado de generalización. De hecho, como en la mayoría de las cosas, dijo exactamente lo que cualquier sentido común hubiera dicho si algunos herejes inteligentes no lo hubieran desconcertado. No obstante, siguen desconcertándolo. Recuerdo el momento en que el Sr. H.H. Wells tuvo un alarmante arranque de filosofía nominalista y sacó un libro detrás de otro para argumentar que todo es único y atípico, y que el ser humano es tan individual que ni siquiera es un ser humano. Es un hecho peculiar y casi cómico que esta negativa caótica atraiga especialmente quienes siempre se están quejando del caos social y proponen reemplazarlo por las más amplias reglamentaciones sociales. Los que dicen que nada puede ser clasificado son los mismos que dicen que todo debe ser codificado. Así, el Sr. Bernard Shaw dijo que la única regla de oro es que no hay reglas de oro. Prefiere una de hierro, como en Rusia.
Pero ésta es sólo una pequeña inconsistencia en algunos modernos como individuos. Hay una inconsistencia mucho más profunda en ellos como teóricos relacionados con esa teoría general llamada Evolución Creativa. Parecen imaginar que evitan la duda metafísica en lo concerniente al cambio presuponiendo (no se sabe muy bien por qué) que el cambio siempre será para mejor. Pero la dificultad matemática de hallar un punto de inflexión en una curva no se altera poniendo el papel cabeza abajo y diciendo que la curva ascendente es ahora una curva descendente. El punto es que no hay un punto en la curva, un lugar en ella, donde tengamos un lógico derecho a decir que la curva ha llegado a su clímax, o revelado su origen, o llegado a su fin. Y no importa que elijan ser optimistas respecto de esto y declaren: “es suficiente con que siempre hay un más allá” en lugar de lamentarse, como los antiguos poetas que fueron más realistas, por la tragedia de la mera mutabilidad. No es suficiente con que siempre exista un más allá porque podría ser un más allá de lo soportable. Verdaderamente, la única defensa de este punto de vista reside en que el puro aburrimiento produce tal agonía que cualquier movimiento resulta un alivio. Pero la verdad es que nunca leyeron a Santo Tomás porque, de hacerlo, hallarían – con no escaso terror – que, en realidad, están de acuerdo con él. Lo que de veras quieren decir es que el cambio no es tan sólo cambio sino el despliegue de algo; y si algo se despliega de esta forma, aunque el despliegue tarde doce millones de años, tiene que haber estado allí desde el principio. En otras palabras: concuerdan con Aquino en que en todas partes existen potencialidades que no han alcanzado su fin en el acto. Pero, si es una potencialidad definida, y si sólo puede terminar en un acto definido, pues entonces existe un Gran Ser en el cual todas las potencialidades ya existen como un plan de acción. Dicho de otro modo: es imposible hasta decir que el cambio es para lo mejor a menos que lo mejor exista en alguna parte, tanto antes como después del cambio. De otro modo es por cierto sólo un cambio tal como lo ven los más vacíos escépticos, o los más negros pesimistas. Supongamos dos caminos enteramente nuevos, abiertos para el progreso de la Evolución Creativa. ¿Cómo hará el evolucionista para saber cual más allá es el mejor, a menos que acepte del pasado y del presente alguna norma para lo mejor? En virtud de su superficial teoría, todo puede cambiar, todo puede mejorar, incluso la naturaleza de la mejora misma. Pero en sus sumergidos sentidos comunes en realidad no piensan en que un ideal de amabilidad puede cambiar y convertirse en un ideal de crueldad. Es típico de todos ellos que a veces, más bien tímidamente, utilizan la palabra “Propósito”; pero se sonrojan apenas se menciona la palabra “Persona”.
Santo Tomás es la exacta inversa de lo antropomórfico, a pesar de su sagacidad como antropólogo. Algunos teólogos hasta lo han acusado de ser demasiado agnóstico y de dejar la naturaleza de Dios demasiado parecida a una abstracción intelectual. Pero ni siquiera necesitamos a Santo Tomás; no necesitamos nada fuera de nuestro propio sentido común para decirnos que, si desde el principio existió algo que posiblemente se pueda llamar Propósito, tiene que residir en algo que tiene los elementos esenciales de una Persona. No puede haber una intención flotando en el aire por si misma, como no puede haber una memoria que nadie recuerda o una broma que nadie ha hecho. La única posibilidad que tienen quienes apoyan esas sugerencias es refugiarse en una vacía irracionalidad sin fondo; y aun en ese caso es imposible demostrar que alguien tiene algún derecho a ser irrazonable si Santo Tomás no tiene derecho a ser razonable.
En un bosquejo que apunta sólo a escueta simplificación, esto me parece que es la verdad más simple acerca de Santo Tomás como filósofo. Es alguien que, para decirlo de algún modo, fue fiel a su primer amor; y fue un amor a primera vista. Lo que quiero decir es que reconoció inmediatamente una cualidad real en las cosas, y después resistió todas las dudas desintegradoras que surgieron de la naturaleza de esas cosas. Por eso es que enfaticé, ya en las primeras escasas páginas, el hecho que hay una especie de humildad y una fidelidad puramente cristianas debajo de su realismo filosófico. Santo Tomás, con la misma veracidad, después de haber visto tan sólo un palo o una piedra, podría haber dicho lo mismo que dijo San Pablo de su visión de los cielos secretos: “No fui desobediente a la visión celestial”. Porque, a pesar de que el palo o la piedra constituyen una visión terrenal, es a través de ellos que Santo Tomás encuentra su camino hacia el cielo, y lo esencial está en que es obediente a la visión y no la repudia. Casi todos los sabios que han conducido o descarriado a la humanidad, la repudian con alguna excusa u otra. Disuelven el palo o la piedra en las soluciones químicas del escepticismo; ya sea por la vía del simple tiempo y cambio; ya sea en las dificultades de clasificar en unidades únicas; o en la dificultad de reconocer la variedad admitiendo simultáneamente la unidad. El primero de estos tres se llama el debate acerca del flujo o la transición informe; el segundo es el debate acerca del nominalismo y el realismo, o la existencia de ideas generales; el tercero es la antigua paradoja mística del Uno y de los Muchos. Pero todos pueden ser reducidos bajo una burda imagen a esta misma afirmación acerca de Santo Tomás: él sigue siendo leal a la primera verdad y rehúsa cometer la primera traición. No negará lo que ha visto, incluso si es una realidad diversa y secundaria. No retirará los números que pensó primero, a pesar de que puede llegar a haber una buena cantidad de ellos.
Ha visto el césped, y no dirá que no vio el césped sólo porque hoy está y mañana lo quemarán en la estufa. Ésa es la sustancia de todo el escepticismo acerca del cambio, la transición, la transformación y todo el resto. Santo Tomás no dirá que no hay césped sino tan sólo crecimiento. Si el césped crece y se seca, eso sólo puede significar que es parte de algo más grande, que es todavía más real y no que el césped es menos real de lo que parece. Santo Tomás tiene un verdadero derecho lógico para decir, con las palabras del místico moderno A.E. “Por el pasto comienzo a volver a estar ligado al Señor.”
Ha visto el pasto y el grano; y no dirá que no difieren, porque hay algo común al pasto y al grano. Y tampoco dirá que el pasto y el grano no tienen nada en común, porque es cierto que son diferentes. No dirá, como los nominalistas extremos, que, puesto que el grano puede ser diferenciado en toda clase de frutos, o puesto que el pasto puede ser pisoteado en cualquier clase de fango, por consiguiente no puede haber ninguna clasificación para distinguir el fango del cieno, o para trazar una fina distinción entre forraje y ganado. Por el otro lado, tampoco dirá, como los platónicos extremos que vio la fruta perfecta dentro de su propia cabeza cerrando los ojos, antes de ver diferencia alguna entre el grano y el pasto. Vio una cosa, después vio la otra, y después la cualidad común; pero no pretende haber visto la cualidad antes que la cosa.
Ha visto pasto y grava; es decir: ha visto cosas realmente diferentes; cosas que no pueden ser clasificadas conjuntamente como el pasto y los granos. El primer destello del hecho concreto nos muestra un mundo de cosas verdaderamente extrañas; no tan sólo extrañas para nosotros sino extrañas entre si. Las cosas separadas no tienen que tener nada en común excepto Ser. Todo es Ser; pero no es cierto que todo es Unidad. Aquí es, como he dicho, donde Santo Tomás definitivamente – y uno diría que en son de desafío – se aparta del panteísta y del monista. Todas las cosas son, pero entre las cosas que son hay algo llamado diferencia, tanto como eso otro llamado similitud. Y aquí, otra vez, comenzamos a estar ligados de nuevo al Señor, no sólo por la universalidad del pasto, sino también por la incompatibilidad entre pasto y grava. Porque este mundo de diferentes y variados seres es especialmente el mundo del Creador Cristiano; el mundo de las cosas creadas, como las que hace un artista, en oposición al mundo de una sola cosa, con una especie de brillante y ondulante velo de un engañoso cambio, que es la concepción de tantas religiones antiguas del Asia y de tantas modernas sofisterías de Alemania. Ante ellas, Santo Tomás sigue firme, empecinado en la misma obstinada fidelidad objetiva. Ha visto el pasto y la grava; y no desobedece la visión celestial.
Resumiendo, la realidad de las cosas, la mutabilidad de las cosas, la diversidad de las cosas, y todas las demás cosas que pueden ser atribuidas a las cosas, resultan cuidadosamente analizadas por el filósofo medieval, sin perder el contacto con el punto original de la realidad. No hay espacio en este libro para especificar los miles de pasos de pensamiento mediante los cuales demuestra que está en lo cierto. Pero la cuestión es que, hasta aparte de estar en lo cierto, es real. Es un realista en un sentido más bien curiosamente propio, que es una tercera cosa, diferente de los casi contrarios significados medievales y modernos de la palabra. Hasta las dudas y las dificultades acerca de la realidad lo llevaron a creer más, y no menos, en la realidad. La falsedad de las cosas, que ha tenido efectos tan lamentables en tantos sabios, tiene un efecto casi contrario en este sabio. Si las cosas nos engañan, es porque son más reales de lo que parecen. Como fines en si mismas siempre nos engañan; pero como cosas que tienden a un fin mayor, son hasta más reales de lo que las pensamos. Si parecen tener una relativa irrealidad (por decirlo así) es porque son potenciales y no actuales; no se han realizado por completo, como si fuesen paquetes de semillas o cajas de fuegos artificiales. Llevan dentro de sí la potencialidad de ser más que lo que son. Y está el mundo superior de lo que el escolástico llamó realización o plenitud, en el cual toda esta relativa relatividad se vuelve realidad real; en el cual las plantas estallan en flores y los cohetes en llamas.
Aquí es donde dejo al lector; en el peldaño más bajo de esa escalera de lógica por la cual Santo Tomás asedió y escaló la Casa del Hombre. Baste decir que, mediante argumentos tan honestos como laboriosos, subió hasta las torretas y habló con los ángeles desde los tejados de oro. Ésta es, en un esquema muy burdo, su filosofía. En un esbozo así, es imposible describir su teología. Cualquiera que escriba un libro tan pequeño sobre un hombre tan grande tiene que dejar algo afuera. Quienes mejor conocen a Santo Tomás serán quienes mejor comprenderán por qué, después de considerables consideraciones, he dejado afuera lo único importante.

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