sábado, 22 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (8 y último)










por Gilbert K. Chesterton

Tomado de La Editorial Virtual











VIII – El Complemento a Santo Tomás


on frecuencia se dice que Santo Tomás, a diferencia de San Francisco, no permitió en su obra el indescriptible elemento de la poesía. Como, por ejemplo, que hay escasas referencias a cualquier placer en las flores y frutos reales de las cosas naturales, frente a cualquier cantidad de preocupación respecto de las raíces enterradas de la naturaleza. Y sin embargo, confieso que, leyendo su filosofía, he tenido una impresión, muy peculiar y poderosa, análoga a poesía. De un modo bastante curioso, de alguna forma es más análoga a la pintura y recuerda mucho la impresión que producen los mejores pintores modernos cuando arrojan una extraña y casi cruda luz sobre objetos austeros y rectangulares, o cuando parecen estar tanteando más que tratando de asir los pilares mismos de la mente subconsciente. Probablemente esto es porque en su obra hay una cualidad que es primitiva – en el mejor sentido de una palabra muy mal utilizada – pero, de cualquier manera que sea, el placer, definitivamente, no es sólo de la razón sino también de la imaginación.

Quizás la impresión está relacionada con el hecho que los pintores trabajan con cosas reales y sin palabras. Un artista dibuja bastante seriamente las grandes curvas de un cerdo porque no está pensando en la palabra “cerdo”. No hay ningún pensador que esté tan inconfundiblemente pensando acerca de cosas sin dejarse engañar por la influencia indirecta de las palabras como Santo Tomás de Aquino. Es cierto que, en ese sentido, no posee la ventaja de las palabras en un grado mayor que la desventaja de las palabras. En esto se diferencia nítidamente de, por ejemplo, San Agustín que fue, entre otras cosas, un ingenioso. También fue una especie de poeta en prosa, con un poder sobre las palabras en su aspecto emocional y ambiental, de tal modo que sus libros abundan en hermosos pasajes que resuenan en la memoria como compases de música; como el illi in vos saeviant; o bien la inolvidable exclamación. “¡Tarde te he amado, oh antigua belleza!” Es cierto que hay poco y nada de esta clase en Santo Tomás; pero si bien careció de la utilización más elevada de la pura magia de las palabras, también estuvo libre de su abuso, como el de los artistas meramente sentimentales o egocéntricos que pueden volverse tan sólo enfermizos y adeptos a una magia negra, por cierto. Y en verdad, es a través de alguna de estas comparaciones con el intelectual puramente introspectivo que podemos hallar una pista acerca de la real naturaleza de la cosa que describo, o más bien fracaso en describir. Me refiero a la poesía elemental y primitiva que brilla a través de todos sus pensamientos; y especialmente a través del pensamiento con el cual comienza todo su pensar. Es la intensa exactitud de su sentido de la relación que existe entre la mente y la cosa real fuera de la mente.

Lo extraño de las cosas, que es la luz en toda poesía y por cierto que en todo arte, está realmente conectada con su alteridad; o con lo que se llama su objetividad. Lo subjetivo tiene que ser estancado; es exactamente lo objetivo que, en esta forma imaginativa, resulta extraño. En esto, el gran contemplativo es lo completamente opuesto al falso contemplativo, al místico que mira solamente hacia el interior de su propia alma, al artista egoísta que se aparta del mundo y vive sólo en su propia mente. De acuerdo a Santo Tomás, la mente actúa libremente por si misma, pero su libertad consiste exactamente en hallar un camino de salida hacia la libertad y la luz del día, hacia la realidad y hacia el país de lo viviente. En el subjetivista, la presión del mundo fuerza la imaginación hacia dentro. En el tomista, la energía de la mente fuerza la imaginación hacia fuera, pero esto es porque las imágenes que busca son cosas reales. Todo su romance y brillo, por decirlo así, reside en el hecho que son cosas reales y que no son posibles de hallar mirando hacia dentro, hacia la mente. La flor es una visión porque no es tan sólo una visión. O, si se quiere, es una visión porque no es un sueño. Para el poeta, en esto consiste la extrañeza de las piedras, de los árboles y de las cosas sólidas; son extrañas porque son sólidas. Lo estoy poniendo en el modo poético y por cierto que requiere mucha mayor sutileza técnica el ponerlo en el modo filosófico. De acuerdo con Aquino, el objeto se convierte en parte de la mente; más todavía: de acuerdo con Aquino la mente se convierte en el objeto. Pero, tal como lo expresa un agudo comentador, solamente se convierte en el objeto pero no crea al objeto. En otras palabras: el objeto es un objeto; puede existir y de hecho existe fuera de la mente, o en ausencia de la mente. Y por ello es que amplía la mente de la que se vuelve parte. La mente conquista nuevas provincias como un emperador, pero ello es porque ha respondido a la campanilla como un sirviente. La mente ha abierto las puertas y las ventanas, porque la actividad natural de lo que hay dentro de la casa consiste en hallar lo que hay fuera de ella. Si la mente se basta a si misma, es insuficiente por si misma. Porque este alimentarse de los hechos es ella misma. Como órgano tiene un objeto que es objetivo y que es este alimentarse con la extraña y fuerte carne de la realidad.

Nótese cómo esta concepción evita ambos escollos; los alternativos abismos de la impotencia. La mente no es tan sólo receptiva en el sentido de que absorbe sensaciones como un papel-secante. Sobre esa clase de pasividad se basa todo ese cobarde materialismo que concibe al hombre como enteramente servil a su medioambiente. Por el otro lado, la mente no es puramente creativa en el sentido de que pinta sus cuadros sobre las ventanas y después los confunde con el paisaje exterior. Pero la mente es activa, y su actividad consiste en seguir – hasta donde la voluntad decide seguir – la luz externa que realmente brilla sobre paisajes reales. Eso es lo que le otorga a esta concepción esa cualidad indefiniblemente viril y hasta aventurera de la vida, comparada con aquella otra según la cual las interferencias materiales externas caen sobre una mente por completo indefensa; o con aquella otra según la cual las influencias psicológicas se vuelcan hacia fuera creando una fantasmagoría totalmente carente de base. En otras palabras, la esencia del sentido común tomista es que hay dos agentes en acción: la realidad y el reconocimiento de la realidad; y su encuentro es una especie de matrimonio. Por cierto que es un auténtico matrimonio; porque es fértil. Es la única filosofía realmente fértil que hoy existe en el mundo. Produce resultados prácticos precisamente porque es la combinación de una mente aventurera y un hecho extraño.

El Sr. Maritain ha utilizado una admirable metáfora en su libro Theonas al decir que el hecho externo fertiliza la inteligencia interna del mismo modo en que la abeja fertiliza la flor. De cualquier manera, todo el sistema de Santo Tomás está fundado sobre ese matrimonio, o como pueda ser llamado. Dios hizo al Hombre capaz de ponerse en contacto con la realidad; y lo que Dios ha unido, que nadie lo separe.

Ahora bien, vale la pena destacar que es la única filosofía que funciona. De casi todas las demás filosofías es estrictamente cierto que sus discípulos actúan a pesar de ellas, o no actúan en absoluto. Ningún escéptico trabaja escépticamente; ningún fatalista trabaja fatalísticamente; todos, sin excepción, trabajan bajo el principio que es posible suponer lo que no es posible creer. Ningún materialista que piensa que su mente le fue fabricada con barro, sangre y herencia, duda en absoluto de tomar una decisión mentalmente. Ningún escéptico que cree que la verdad es subjetiva duda lo más mínimo en tratarla como objetiva.

De este modo la obra de Santo Tomás posee una cualidad constructiva que está ausente de casi todos los sistemas posteriores a él. Es que él ya está construyendo una casa mientras los especuladores posteriores todavía están en la etapa de hacer pruebas con los escalones de una escalera, demostrando la irremediable debilidad de los ladrillos sin cocer, analizando químicamente el alcohol en el nivel de burbuja, y peleándose generalmente sobre si podrán alguna vez construir las herramientas necesarias para construir la casa. Aquino está adelantado a ellos en eones enteros, más allá y por sobre el común sentido cronológico del dicho que un hombre está adelantado a su época. Santo Tomás está épocas enteras adelantado a nuestra época. Ha construido un puente cruzando el abismo de la primera duda, halló la realidad más allá del final del puente, y se puso a construir sobre esa realidad. La mayoría de los filósofos modernos no hacen filosofía sino duda filosófica; esto es: dudan de si puede haber filosofía en absoluto. Si aceptamos el acto o argumento fundamental de Santo Tomás en cuanto a la aceptación de la realidad, las deducciones subsiguientes que surgen de esta aceptación serán igualmente reales; serán objetos y no palabras. A diferencia de Kant y de la mayoría de los hegelianos, Santo Tomás tiene una fe que no es meramente una duda acerca de la duda. Tampoco es tan sólo lo que comúnmente se llama tener fe en la fe. Es la fe en el hecho concreto. A partir de este punto podemos avanzar y deducir, desarrollar y decidir, como una persona que planifica una ciudad sentado en el sitial de un juez. Pero nunca después de los tiempos de Santo Tomás un pensador de tamaña eminencia pensó que existe alguna evidencia real de lo que fuere, ni siquiera la evidencia de sus sentidos, y que haya sido lo suficientemente fuerte como para soportar el peso de una deducción definitiva.

De todo esto podemos deducir con facilidad que este filósofo no se limita a rozar las cuestiones sociales, ni tan siquiera transformarlas a su paso en cuestiones espirituales, a pesar de que ésta es siempre su orientación. Las aferra. No solamente las toma sino que las aprehende. Como lo demuestran todas sus controversias, fue uno de esos hombres que fijan toda su atención en cualquier cosa que tratan; y él parece fijar incluso las cosas que pasan mientras están pasando. Para él, incluso lo momentáneo era trascendental. El lector siente que cualquier pequeño detalle de hábito económico o de accidente humano está, en el momento dado, casi chamuscado bajo los rayos convergentes de una lente de aumento. Resulta imposible poner en estas páginas hasta la milésima parte de las decisiones en materia de detalles de la vida cotidiana que pueden hallarse en su obra; sería como reimprimir los informes jurídicos de un increíble siglo de jueces justos y magistrados razonables. Sólo podemos tocar uno o dos tópicos obvios de esta clase.

Me ha llamado la atención la necesidad de utilizar palabras del ambiente moderno para ciertas cosas del ambiente antiguo; como cuando se dice que Santo Tomás fue lo que la mayoría de las personas modernas entienden vagamente por “optimista”. De la misma manera, fue en gran medida lo que vagamente se entiende por “liberal”. Con esto no quiero decir que cualquiera de sus miles de sugerencias políticas encuadraría en cualquiera de estos credos políticos definidos; si es que actualmente existen credos políticos definidos. Lo que quiero decir es que hay en él una especie de entorno favorable a creer en la amplitud, el equilibrio y el debate. No será un liberal de acuerdo con las demandas extremas de los modernos, ya que parecería ser que por “los modernos” siempre entendemos a las personas del siglo actual y no a las personas del siglo de él. Fue muy liberal comparado con la mayoría de los más modernos de los modernos ya que casi todos éstos se están volviendo fascistas y hitleristas. Pero la cuestión es que prefirió obviamente la clase de decisiones que se logran por debate y deliberación antes que por la acción despótica; y si bien, como todos sus contemporáneos y correligionarios, no tuvo dudas en cuanto a que la verdadera Autoridad puede ser autoritaria, se muestra más bien adverso a todo lo que pueda hacerla parecer arbitraria. Es mucho menos imperialista que Dante y hasta su papismo no es muy imperial. Le gustan mucho las frases al estilo de “una muchedumbre de hombres libres”, entendiendo por ello el material esencial de una ciudad; y se vuelve enfático al afirmar el hecho que la ley, cuando deja de ser justicia, hasta cesa de ser ley.

Si este libro fuese controversial, podría contener capítulos enteros dedicados a la economía así como a la ética del sistema tomista. Sería fácil demostrar que, en esta materia, Santo Tomás fue tanto un profeta como un filósofo. Previó desde el principio el peligro de esa mera dependencia del comercio y el intercambio que estaba comenzando en su tiempo y que ha culminado en un colapso comercial universal en nuestro tiempo. No afirmó tan sólo que la usura es antinatural, aunque aclarando que sólo estaba siguiendo en esto a Aristóteles y a un obvio sentido común; algo en que nadie contradijo hasta la época de los mercantilistas que nos han llevado al colapso. El mundo moderno empezó con Bentham escribiendo la Defensa de la Usura [28] y, después de cien años, ha terminado con hasta la vulgar opinión periodística hallando que las finanzas son indefendibles. Pero Santo Tomás fue mucho más a fondo que eso. Hasta mencionó la verdad, ignorada durante la idolatría del comercio, en cuanto a que las cosas que las personas producen sólo para vender tienen probablemente una calidad peor que las cosas que producen para consumir. Algo de nuestra dificultad de apreciar los finos claroscuros del latín puede sentirse cuando arribamos a su afirmación que siempre hay una suerte de inhonestas en el comercio. Porque inhonestas no equivale exactamente a “deshonestidad”. Significa aproximadamente “algo carente de valor”, o bien y más aproximadamente quizás “algo no del todo bien parecido”. Y tuvo razón; porque el comercio en el mundo moderno significa vender algo por algo más de lo que vale, y los economistas del Siglo XIX ni siquiera lo hubieran negado. Hubieran dicho únicamente que Santo Tomás no fue práctico, implicando que la opinión de ellos conducía a una prosperidad práctica. Las cosas son un poco diferentes ahora que han conducido a una universal bancarrota.

Aquí, sin embargo, chocamos contra una colosal paradoja de la Historia. La filosofía y la teología tomistas, comparadas equitativamente con otras filosofías como la budista o la monista, o con otras teologías como la calvinista o la de los Cristianos Científicos [29], resulta ser un sistema que funciona y hasta un sistema combativo; lleno de sentido común y confianza constructiva y, por ello, normalmente lleno de esperanza y de promesa. Ni la esperanza es en vano ni la promesa queda incumplida. En este momento moderno no muy esperanzado, no existen personas con tantas esperanzas como aquellas que hoy están viendo en Santo Tomás un líder para la solución de centenares de lamentables cuestiones sobre destreza profesional, propiedad y ética económica. Sin duda alguna, existe un tomismo esperanzado y creativo en nuestros tiempos. Pero no por ello dejamos de sorprendernos por el hecho que esto no se produjo inmediatamente después de los tiempos de Santo Tomás. Es verdad que hubo una gran marcha de progreso en el Siglo XIII y, en algunas cosas, como en la situación del campesino, las cosas habían mejorado mucho hacia el final de la Edad Media. Pero nadie puede decir que el escolasticismo mejoró mucho hacia el final de la Edad Media. Nadie puede decir en qué medida el espíritu popular de los frailes ayudó a los movimientos populares medievales posteriores; o en qué medida este gran fraile, con sus brillantes reglas sobre justicia y su invariable simpatía por los pobres, pudo haber contribuido indirectamente a la mejora que por cierto se produjo. Pero quienes siguieron su método, como algo diferente de su espíritu moral, degeneraron con extraña rapidez y ciertamente no fue en los escolásticos que se produjo la mejora. De algunos escolásticos sólo podemos decir que tomaron todo lo que era lo peor del escolasticismo y lo hicieron peor todavía. Continuaron contando los pasos de la lógica, pero cada paso lógico los condujo más lejos del sentido común. Olvidaron cómo Santo Tomás había comenzado siendo casi un agnóstico y parecieron decididos a no dejar nada, ni en el cielo ni en el infierno, que sirviera para ser agnóstico. Fueron una especie de racionalistas rabiosos que no hubieran dejado, en absoluto, ningún misterio en la fe. En el escolasticismo temprano hay algo que impresiona al moderno como caprichoso y pedante, pero, correctamente entendido, tiene un fino espíritu en su capricho. Es el espíritu de libertad; y especialmente el espíritu del libre albedrío. No hay nada que parezca más estrafalario, por ejemplo, que las especulaciones sobre qué le hubiera sucedido a cada vegetal, animal o ángel, si Eva hubiera decidido no comer del fruto del árbol. Pero esto, originalmente, estuvo lleno del suspenso de la opción; del sentimiento que Eva podría haber optado por algo diferente. Fue este método detalladamente detectivesco el que se cultivó después, sin el suspenso de la novela policial original. El mundo quedó cubierto de un sinnúmero de tomos que demostraban, por medio de la lógica, mil cosas que sólo Dios puede saber. Desarrollaron todo lo que en realidad era estéril en el escolasticismo y dejaron todo lo que es realmente fructífero en el tomismo.

Existen muchas explicaciones históricas sobre esto. Está la Peste Negra que quebró la columna vertebral de la Edad Media con la consiguiente decadencia de la cultura clerical; decadencia que, a su vez, tanto hizo para provocar la Reforma. Pero sospecho que también existió otra causa que sólo puede ser formulada diciendo que los contemporáneos fanáticos, que discutieron con Aquino, dejaron su propia escuela tras ellos y, en cierto sentido, esa escuela triunfó a pesar de todo. Los agustinos realmente estrechos, las personas que consideraban a la vida cristiana tan sólo como el camino angosto, las personas que no podían siquiera comprender la gran exultación dominica en el resplandor del Ser, o la Gloria de Dios en todas sus criaturas, las personas que continuaron insistiendo febrilmente en cada texto, o en hasta cada verdad, que se presentaba como pesimista o paralizante, estos lúgubres cristianos no pudieron ser extirpados de la cristiandad; permanecieron y esperaron su oportunidad. Los agustinos estrechos, las personas que no querían tener ni ciencia, ni razón, ni un empleo racional de las cosas seculares, pueden haber sido derrotadas en la controversia, pero habían acumulado pasión de convicción. Hubo un monasterio agustino en el Norte en dónde esta acumulación estuvo cerca de explotar.

Tomás de Aquino había dado su golpe sobre la mesa; pero no acabó por completo con los maniqueos. Es que los maniqueos no se dejan acabar tan sencillamente, en el sentido de acabados para siempre. El santo se había asegurado de que el esbozo principal del cristianismo que ha llegado hasta nosotros fuera sobrenatural pero no antinatural, y que nunca debía ser oscurecido por una falsa espiritualidad que hiciera olvidar al Creador y al Cristo hecho Hombre. Pero, en la medida en que su tradición se fue perdiendo en hábitos de pensamiento menos libres o menos creativos, y a medida en que su sociedad medieval se derrumbó y decayó por otras causas, aquello contra lo cual había combatido volvió a entrar sigilosamente dentro de la cristiandad. A medida en que la estructura del escolasticismo se volvía rígida o se dividía, comenzó a fortalecerse de nuevo cierto espíritu o elemento de la religión cristiana, que es necesario y a veces noble, pero que siempre necesita ser equilibrado por elementos más gentiles y generosos de la fe. El Temor de Dios, que está al comienzo de la sabiduría y que, por lo tanto, pertenece a los comienzos, y que se siente en las primeras frías horas antes del amanecer de la civilización; el poder que proviene del desierto y cabalga sobre el tornado que rompe los dioses de piedra; el poder ante el cual las naciones orientales se postran como formando un pavimento; el poder ante el cual los primitivos profetas corren gritando desnudos, anunciando a su dios y simultáneamente escapando de él; el miedo que está bien enraizado en los comienzos de toda religión, verdadera o falsa; el Temor de Dios: ése es el comienzo de la sabiduría; pero no es el final.

Con frecuencia se subraya – para ilustrar la irónica indiferencia de los gobernantes ante las revoluciones y especialmente la frivolidad de quienes fueron llamados los Papas Paganos del Renacimiento en su actitud frente a la Reforma – que, cuando el Papa se enteró de los primeros movimientos del protestantismo que habían comenzado en Alemania, lo único que dijo de un modo displicente fue que se trataba de “alguna riña entre monjes”. Por supuesto, todo Papa está acostumbrado a las riñas entre las ordenes monásticas; pero siempre se ha destacado como una negligencia extraña y casi misteriosa el que no haya podido ver más que esto en los comienzos del gran cisma del Siglo XVI. Y sin embargo, en un sentido en cierta medida más recóndito, hay algo para decir sobre lo que se le critica haber dicho. En un sentido, los cismáticos tenían una suerte de antecesores espirituales incluso en la época medieval.

Pueden ser hallados en las páginas anteriores de este libro; y fue una riña entre monjes. Hemos visto como el nombre de San Agustín – un nombre nunca mencionado por Aquino sin respeto pero con frecuencia mencionado sin acuerdo – cubrió una escuela de pensamiento agustino que, naturalmente, perduró por más tiempo en la Orden Agustina. La diferencia con Santo Tomás, como toda diferencia entre católicos, fue solamente una diferencia de énfasis. Los agustinos subrayaban la idea de la impotencia del Hombre frente a Dios, la omnisciencia de Dios acerca del destino del Hombre, la necesidad del santo temor y de la humillación del orgullo intelectual, dándole a todo ello mayor énfasis que a las correspondientes verdades sobre el libre albedrío, la dignidad humana o las buenas obras. Con esto, continuaron en cierto sentido la característica distintiva de San Agustín quien, hasta el día de hoy, es considerado como el doctor relativamente determinista de la Iglesia Católica. Pero hay énfasis y énfasis; y llegaba el tiempo en que el enfatizar un lado significaría contradecir abiertamente al otro. Quizás, después de todo, la cosa comenzó con una riña entre monjes; pero el Papa todavía habría de aprender qué tan pendenciero puede llegar a ser un monje. Porque hubo un monje en particular en ese monasterio agustino de los bosques alemanes de quien se puede decir que tenía un singular y especial talento para el énfasis; para el énfasis y nada más que el énfasis; para un énfasis con la cualidad de un terremoto. Hijo de un cortador de pizarra, fue un hombre con un gran vozarrón y cierto volumen de personalidad; amenazador, sincero, decididamente enfermizo, y su nombre es Martín Lutero. Ni San Agustín ni los agustinos hubieran deseado ver el día de esa reivindicación de la tradición agustina; pero en un sentido, quizás, la tradición agustina resultó vengada después de todo.

Salió nuevamente de su celda, en el día de la tormenta y la ruina, y gritó con una nueva y poderosa voz exigiendo una religión elemental y emocional, y la destrucción de todas las filosofías. Tenía un peculiar horror y odio por las grandes filosofías griegas y por el escolasticismo que había sido fundado sobre ellas. Tenía una teoría que era la destrucción de todas las teorías; de hecho, tuvo su propia teología que fue, en si misma, la muerte de la teología. El Hombre no podía decirle nada a Dios, nada de Dios, nada acerca de Dios excepto un casi inarticulado grito pidiendo piedad y una ayuda sobrenatural de Cristo, y todo ello en un mundo en el cual todas las cosas naturales eran inútiles. La razón era inútil. La voluntad era inútil. El Hombre no podía desplazarse ni una pulgada más que una piedra. El ser humano no podía confiar en lo que había en su cabeza más de lo que podía hacerlo un nabo. No quedó nada sobre la tierra ni en el cielo más que el nombre de Cristo elevado en esa solitaria imprecación terrible, como la de una bestia dolorida.

Debemos ser justos con las grandes figuras humanas que, de hecho, son bisagras de la Historia. Por más fuerte, y legítimamente fuerte, sea la convicción de nuestra discrepancia controversial, nunca debe engañarnos al punto de pensar que algo trivial ha podido transformar al mundo. Así fue con el gran monje agustino que vengó a todos los ascéticos agustinos de la Edad Media y cuya figura ancha y fornida fue lo suficientemente grande como para bloquear por cuatro siglos la distante montaña humana de Aquino. No es, como a los modernos les gusta decir, una cuestión de teología. La teología protestante de Martín Lutero fue una cosa que no se encontraría sobre ningún protestante moderno que muriera en un campo de batalla; o bien, si la frase es demasiado frívola, ningún protestante moderno la querría ni regalada. El protestantismo fue pesimismo; no fue más que la desnuda insistencia en la inutilidad de toda virtud humana para escapar del infierno. Ese luteranismo es hoy bastante irreal; las fases más modernas del luteranismo son en alguna medida más irreales todavía; pero Lutero no fue irreal. Fue uno de esos grandes bárbaros elementales a quienes por cierto que les es dado cambiar al mundo. En cualquier sentido filosófico, el comparar esas dos figuras que pesan tanto en la Historia sería, por supuesto, fútil y hasta injusto. Sobre un gran mapa como la mente de Santo Tomás de Aquino, la mente de Lutero sería casi invisible. Pero no es completamente falso decir – como tantos periodistas han dicho sin importarles si es cierto o no – que Lutero inició una época y, con ella, comenzó el mundo moderno.

Fue el primer hombre que utilizó su conciencia en forma consciente, o lo que más tarde se llamaría personalidad. De hecho, tenía una personalidad más bien fuerte. Aquino tuvo una personalidad más fuerte todavía; su presencia fue masiva y magnética; tuvo un intelecto que podía actuar como un enorme sistema de artillería desplegado por todo el mundo; tuvo esa instantánea presencia de ánimo en el debate que es la única que realmente merece el nombre de ingenio. Pero nunca se le ocurrió utilizar nada que no fuese su ingenio en la defensa de una verdad diferenciada de él mismo. A Aquino nunca se le ocurrió utilizar a Aquino como un arma. No hay rastro alguno de que jamás utilizara sus ventajas personales de nacimiento, de capacidad física, de aptitud mental o de educación, en el debate con alguien. En resumen: Santo Tomás perteneció a una época de inconsciencia intelectual, a una época de inocencia intelectual que fue muy intelectual. Ahora bien, Lutero introdujo la moda moderna de depender de cosas que no son tan sólo intelectuales. No es una cuestión de elogio o insulto; importa poco si decimos de él que tuvo una fuerte personalidad o si decimos que fue un gran matón. Cuando citó un texto de las Escrituras insertando una palabra que no estaba en ellas, se limitó a gritarle a todos los criticones: “¡Dígales que el Dr. Martín Lutero lo quiere así!” Eso es lo que ahora llamamos personalidad. Un poco más tarde se llamó psicología. Después de eso se lo llamó publicidad o ventas. Pero no estamos hablando de ventajas o desventajas. Es debido a este gran pesimista agustino que podemos decir, no tan sólo que al final triunfó sobre el Ángel de las Escuelas, sino que, en un sentido muy real, hizo al mundo moderno. Destruyó la razón y la sustituyó por la sugestión.

Se dice que el gran reformador quemó públicamente la Summa Theologica y las obras de Aquino; y este libro puede muy bien llegar a su fin con la hoguera de esos libros. Dicen que es muy difícil quemar un libro; y debe haber sido extremadamente difícil quemar esa montaña de libros con los que el dominico contribuyó a las controversias de la cristiandad. De cualquier manera, hay algo morboso y apocalíptico en la idea de semejante destrucción si consideramos toda la compacta complejidad de toda esa enciclopédica investigación sobre cuestiones sociales, morales y teóricas. Todas esas concisas definiciones que excluían tantos errores y extremos; todos los amplios y equilibrados juicios sobre el conflicto de lealtades o la opción entre males; todas las especulaciones liberales sobre los límites del gobierno y las condiciones apropiadas de la justicia; todas las distinciones entre el uso y el abuso de la propiedad privada; todas las reglas y excepciones sobre el gran mal de la guerra; todas las consideraciones ante la debilidad humana y las prevenciones relativas a la salud del Hombre; toda esta masa de humanismo medieval se arrugó y serpenteó hacia arriba bajo la forma de humo ante los ojos de su enemigo. Y el gran campesino apasionado se regocijó secretamente porque el día del intelecto había terminado. Se quemó frase por frase, silogismo por silogismo; y las máximas doradas se convirtieron en llamas doradas en esa última y moribunda gloria de todo aquello que alguna vez fuera la gran sabiduría de los griegos. La gran síntesis central de la Historia que hubiera ligado al mundo antiguo con el moderno se fue con el humo y la mitad del mundo la olvidó como si hubiese sido un vapor.

Por un tiempo pareció que la destrucción había sido definitiva. Esto todavía se expresa en el sorprendente hecho que (en el Norte) personas modernas todavía escriben Historias de la Filosofía en las cuales la filosofía se detiene con los últimos pequeños sofistas de Grecia y Roma, y no se vuelve a hablar más de ella hasta la aparición de un filósofo de tercera categoría como Francis Bacon. Y sin embargo, este pequeño libro que probablemente no será más que un testimonio y probablemente no tendrá más que un pequeño valor como tal, al menos será prueba de que la marea ha cambiado otra vez. Estamos a cuatrocientos años después, y este libro, al menos eso espero (y me agrada decir que creo), probablemente se perderá y será olvidado en ese torrente de libros mejores sobre Santo Tomás de Aquino que en este momento están surgiendo de todas las imprentas de Europa y hasta de Inglaterra y América. Comparado con esos libros, éste es obviamente una producción muy ligera y amateur; pero no es probable que resulte quemado, y si lo fuera no dejaría ni siquiera un hueco perceptible en esa masa torrencial de nuevas y magníficas obras que ahora se dedican diariamente a la philosophia perennis; a la Filosofía Imperecedera.

Notas
(Excepto indicación en contrario, todas las notas son del Traductor)


[1] )- “a live wire”, o sea un cable cargado de electricidad. En la jerga de los electricistas también en castellano se habla de un “polo vivo” como contraposición al “polo neutro”.

[2] )- Mateo 5:13

[3] )- En 1224, dos años antes del fallecimiento de San Francisco y mientras el santo se hallaba retirado y ayunando en el Monte Alverno, aparecieron en su cuerpo los estigmas, es decir: las mismas heridas que Cristo sufrió durante la crucifixión. A lo largo de la historia se han dado más de 300 casos de religiosos y religiosas estigmatizados pero San Francisco es el primero de todos ellos. El fenómeno no tiene ninguna explicación científica realmente satisfactoria.

[4] )- Expresión popular de la época (ca. 1883) que se usaba para indicarle a alguien de menor edad que cediera su puesto o la prioridad a alguien mayor.

[5] ) – “Dark Ages” en inglés, es un término derivado del latín saeculum obscurum. Originalmente se utilizó para caracterizar la mayor parte del Medioevo como un período de oscurantismo intelectual. Actualmente se lo utiliza todavía ocasionalmente para designar la primera época de la Edad Media, después de la caída del Imperio Romano, pero los historiadores más serios evitan el término por completo, dado que un conocimiento más profundo de la Edad Media y sus logros ha demostrado que la denominación es por demás injustificada.

[6] )- Sors Virgiliana, también llamada “bibliomancia” (o adivinación por medio de libros), consistía en abrir un libro en una página al azar e interpretar su contenido según alguna circunstancia actual. Lleva ese nombre porque era usual utilizar a tales efectos La Eneida de Virgilio, además de otras obras, incluida la Biblia.

[7] )- Una de las prácticas de los augures romanos era la ornitomancia, o sea: la adivinación por medio de la observación del vuelo y los sonidos de aves tales como cuervos, grajos, lechuzas y eventualmente también águilas, buitres y halcones.

[8] )- Estoy utilizando la palabra “liberalismo” en el estricto y limitado sentido teológico del término en el que Newman y otros teólogos lo utilizan. En su sentido político popular, tal como lo señalo más adelante, Santo Tomás tendía más bien a ser un liberal, especialmente para su época. (Nota del Autor)

[9] )- El Home Rule o “gobierno local” es la capacidad de una parte de un organismo político para ejercer en forma autónoma un poder no delegado al gobierno central, nacional o federal. En Inglaterra la expresión se refiere tradicionalmente a la relativa autonomía concedida a, por ejemplo, Escocia, Gales, e Irlanda del Norte.

[10] )- Nota: Francis Thompson fue un poeta y asceta inglés. Tuvo una vida trágica y terminó muriendo, inválido, a los 48 años. Entre quienes apreciaron su obra se encuentra J.R.R. Tolkien. A su vez, Charles Dominic Plater S.J. fue el fundador del Gremio Social Católico en 1909 con lo que le dio al Movimiento Social Católico su primer estructura institucional práctica en Inglaterra. Tomás de Torquemada fue Inquisidor General de España.

[11] )- Richard Cobden fue un político liberal inglés que trabajó estrechamente con John Bright en iniciativas tales como la Liga contra la Ley de Granos tendiente a eliminar las prácticas proteccionistas inglesas y el Tratado Cobden-Chevalier que fue un tratado de libre comercio entre Inglaterra y Francia. Por su parte, Ira David Sankey y Dwight L. Moody fueron dos religiosos norteamericanos también asociados. El primero, conocido como “El Dulce Cantor del Metodismo”, fue un cantor religioso; el segundo fue evangelista y publicista.

[12] )- Factory Acts o “Leyes de Fábrica” fueron una serie de resoluciones emitidas por el parlamento de Gran Bretaña para limitar las horas de trabajo de mujeres y niños. Se aplicaron primero en la industria textil y luego a todas las industrias.

[13] )- Aquí Chesterton no se refiere a Federico II “El Grande” de Prusia que fue extremadamente tolerante en materia religiosa sino a al Emperador del Sacro Impero Romano del mismo nombre. Durante el reinado de este Federico II el Imperio estuvo con frecuencia en guerra con los Estados Papales, por lo que el emperador fue excomulgado dos veces y el Papa Gregorio IX llegó hasta el extremo de llamarlo Anticristo.

[14] )- "Hark, hark, the dogs do bark; the Beggars are coming to town."

[15] )- Black-friars (frailes negros) en inglés. Es costumbre, llamar black friar al dominico; grey friar (fraile gris) al franciscano y white friar (fraile blanco) al carmelita.

[16] )- Richard Cobden: The Internacional Man (“Richard Cobden: El Hombre Internacional”) escrito por J. A. Hobson y publicado en 1919.

[17] )- La referencia es a la Primera Guerra Mundial.

[18] )- Sir James Matthew Barrie es el autor de Peter Pan.

[19] )- Monseñor Ronald Arbuthnott Knox fue un sacerdote y teólogo inglés que, además, incursionó ampliamente en literatura. Además de sus escritos religiosos (tradujo al inglés la Biblia), es autor de novelas, cuentos cortos y hasta novelas de detectives. En cuanto a este último rubro, fue miembro del Detection Club (Club de la Detección) formado por autores de novelas de detectives e integrado, entre otros, por autores tales como Agatha Christie, R. Austin Freeman, Margaret Cole, Dorothy L. Sayers, E.C. Bentley y muchos otros. El primer presidente del Club fue G. K. Chesterton quien, a su vez, también escribió novelas y cuentos policiales – entre muchas otras cosas (Cf. la serie de “El Padre Brown)”.

[20] )- Henry Louis Mencken fue un periodista norteamericano.

[21] )- Rebecca West fue el seudónimo de la escritora irlandesa Cecily I. Fairfield. Novelista, ensayista, autora de libros de viajes y columnista de varios periódicos, fue durante 10 años la mujer de H.G.Wells con quien tuvo un hijo.

[22] )- Catholic Evidence Guild en inglés. Es una asociación libre de voluntarios laicos católicos que tiene por objetivo estudiar y transmitir una explicación clara y convincente de la doctrina de la Iglesia Católica. La asociación fue fundada en Westimnster, Inglaterra, hacia 1918. – El Hyde Park es uno de los mayores parques de Londres y uno de los Parques Reales de la ciudad. Ha sido famoso por su Speaker’s Corner, o “Rincón de los Oradores”, que es un área en dónde está permitido pronunciar discursos públicos. Contrariamente a lo que muchas veces se ha afirmado, los oradores no tienen impunidad legal pare decir lo que se les antoje, aunque también es cierto que no hay temas prohibidos y la policía ha sido tradicionalmente muy tolerante con los oradores, interviniendo por lo general sólo cuando alguien presentó una queja formal o cuando escucharon alguna blasfemia manifiesta.

[23] )- En realidad, no se trata de un retrato propiamente dicho de Santo Tomás de Aquino. La figura de Santo Tomás aparece en una pintura más extensa de Domenico Ghirlandaio que retrata a la Virgen con el Niño en un trono entre ángeles y santos. A los pies de la Virgen está el Papa Clemente y, a su lado, Santo Domingo, el fundador de la orden Dominica. Santo Tomás aparece a la derecha, con el aspecto que describe Chesterton. El cuadro completo puede apreciarse en http://www.wga.hu/art/g/ghirland/domenico/7panel/05madon.jpg (Consultado el 09/05/2010).

[24] )- Aquí - y en alguna otra parte anterior - Chesterton utiliza un juego de palabras prácticamente intraducible empleando los términos “pursue” y “persecute”. Mientras que, en inglés, to persecute significa inequívocamente “perseguir” en el sentido de “acosar”, “hostigar” o “apremiar”, to pursue tiene más el significado de “continuar con una acción en forma sostenida para alcanzar un resultado”. Persecute se utiliza en un contexto como el de “perseguir” a un criminal o a una presa; pursue se emplea para indicar que se “persigue” un objetivo o propósito.

[25] )- La tumba de Santo Tomás en Canterbury es la de Tomás Becket, arzobispo de Canterbury entre 1162 y 1170, venerado como santo tanto por los católicos como por los anglicanos.

[26] )- Mihi videtur ut palea. Heno, o paja; en una traducción más fuerte podría decirse “que parezcan basura”

[27] )- Es decir: los norteamericanos

[28] )- Jeremy Bentham fue un jurista, filósofo y reformador social inglés. Publicó efectivamente una Defensa de la Usura (Defence of Usury) en 1781.

[29] )- La secta de Church of Christ, Scientist (Iglesia de Cristo Científico) fue creada por Mary Baker Eddy en 1879 en los EE.UU. La doctrina de esta secta afirma que la “totalidad” de Dios niega la realidad del pecado, la enfermedad, la muerte y el mundo material.

No hay comentarios:


Para volver a El Cruzamante haga click sobre la imagen del caballero