miércoles, 26 de enero de 2011

Hilaire Belloc: Defensor de la Fe









por Frederick D. Wilhelmsen.



Tomado de Devoción Católica






i durante los últimos cincuenta años hubiésemos contado con diez Hilaire Bellocs en el mundo católico de habla inglesa podríamos haber convertido a hijos y entenados y evitado el gran lío en que nos encontramos hoy en día. Hilaire Belloc siempre asociado en nuestra memoria a su gran amigo G. K. Chesterton quiso que la defensa de la Fe fuera su principal misión en esta vida. Y empuñó una espada poderosa.



Habiendo arrancado con semejante declaración, a lo mejor haría bien en comenzar con una de las historias que se cuentan de él era un hombre alrededor del cual se tejían innumerables leyendas y no tengo cómo saber si ésta es verdadera. Parece ser que cuando, ya bastante anciano, se lo honró con una condecoración papal, Belloc se negó a suministrar el dinero necesario para adquirir la medalla refunfuñando: “¿Qué dirían en el Vaticano si cambiara de parecer?”.

Hilaire Belloc no había sido hecho para caber en hechura de hombre. Si bien frecuentemente carraspeaba contra su edad, no me refiero a sus años (¡de eso se quejaba siempre!) sino a la época que le tocó vivir, habría que decir que en cualquier otro tiempo Belloc habría sido un personaje imposible. Criándose como lo fue durante el crepúsculo del reinado de la Reina Victoria, parpadeando brillantemente en versos absurdos y políticas radicales en tiempos de Eduardo VII, era un niño prodigio que su tía daba en llamar “Viejo Trueno”. Hilaire Belloc descansaba sobre una amplia franja de la sociedad más acomodada de la sociedad inglesa que lo leía, primero con adoración, más adelante soportándolo buenamente y finalmente reduciéndolo a un completo aislamiento. “Hubo un tiempo en que resultaba bienvenido allí”, comentó con nostalgia cuando el automóvil que lo conducía pasó por delante de una mansión de un hombre extremadamente rico. Al principio su intransigente defensa de todo lo católico divirtió a los cultivados y básicamente escépticos caballeros de la mejor sociedad, siempre a la caza de novelerías; mas luego se ofendieron y finalmente decidieron que era intolerable.

En su biografía sobre Belloc, A. N. Wilson escribió: “Si tuviese la facundia para crear un personaje como Hilaire Belloc para una novela, mis lectores lo consideraría completamente inverosímil”. Belloc era una paradoja: un poeta lírico que jamás leyó poesía contemporánea; un maestro de la rima cuyas altisonantes denuncias aún encantan a los niños; un artillero en un vivac de Toul que olía la Revolución mientras “Francia pasaba”; un vetusto monárquico que saboreaba la última carga del Rey Carlos I en la batalla de Naseby; el más versátil y ciertamente el más fino prosista de la lengua inglesa de este y posiblemente de cualquier otro siglo, quien recomendaba malhumoradamente desde la libertad de su vieja y zamarreada barcaza, el “Nona”: “Estimado lector, lea menos y navegue más”, mientras al mismo tiempo soñaba con una audiencia un poco más extendida que le pagara un poco más; el perpetuo errante que caminó por toda Europa añorando febrilmente grandes aventuras a la par que cantaba alabanzas al enraizado campesinado con sus fuegos de hogar encendidos, sumergidos en las venerables tradiciones que “detenían la crueldad del tiempo”; el enemigo de los ricos y de la avaricia capitalista que una vez pidió un balde de plata como regalo de cumpleaños; el apasionado abogado de la Verdad quien sin embargo una vez se quejó de que “la verdad siempre renguea”; el tamboril de los católicos ingleses que, gracias a él, un día llegaron a enorgullecerse de serlo.

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La última vez que saqué la cuenta, descubrí que Hilaire Belloc escribió 153 libros. Este asunto tiene que ver con su vigor, un sólido gusto por la vida y una perfecta conformidad con tener que equivocarse si no había más remedio. A Belloc le importaba un bledo lo que cualquiera pudiera pensar sobre él. Escribió la vida del Rey Jacobo II en un hotel al borde del Sahara en diez días corridos: “Está lleno de altisonantes declamaciones y es el fruto de la libertad”. De joven caminó hasta Roma llegando al final de su viaje sentado sobre la parte trasera de un carro que una mula arrastraba por la vía Apia pero con los pies arrastrándose por el camino, no fuera que sus votos resultaran incumplidos.
Su vigor era cosa de leyenda, y ya he mencionado sus enormes ganas de vivir. Belloc y he aquí una de las claves para comprender su papel como apologista católico era un hombre que se sentía en el mundo como en su casa, aunque sabía que eso no podía ser más que una ilusión. En él no había traza alguna de maniqueísmo y le dio por designar al puritanismo (en su biografía sobre Luis XIV) como “un maligno veneno procedente de los abismos”, refiriéndose al infierno. Un gran montañista, era todavía más un gran marino. Su libro “Hills and the Sea” y “The Cruise of the Nona” son clásicos. Si “The Path to Rome” es el trabajo de un joven genio, retozando y revolcándose en el camino que atravesaba montañas y valles hacia la Ciudad Eterna, por el contrario “The Four Men” calificado por su autor como “un fárrago” fue escrito en plena neblina de soledad y melancolía. El Oso Gris, el Poeta y el Marinero son todas extensiones de Mí mismo, y Yo mismo soy Belloc. Sólo cuando la vida se vive cerca de los sentidos, sólo cuando la inteligencia se ve comprometida inmediatamente con aquello que se le dispensa al hombre a través del cuerpo, sólo entonces caemos en la cuenta de lo que significa aquella paradoja cuya urdimbre es la tristeza de la belleza de lo creado, recién entonces captamos toda su delicadeza, toda su inexorabilidad. Página tras página de los escritos de Belloc están trenzadas de una profunda y perturbada gravedad, puesta de relieve por su comunión con las cosas de este mundo: las posadas inglesas; revestimientos con paneles de antiguo y resistente roble; sabrosos vinos de la Borgoña y otros vinos; aquel “Oporto de ellos” que saborea en el pub “George” junto al fuego mientras comienza otro libro; el mar y los barcos que navegan pero por favor, nunca la abominación de un motor a explosión; el olor de las mareas. Estos, sus amores, lucen en sus ensayos, temas recurrentes que dan conmovedor testimonio de una visión poética en su clásica sencillez. Sus ojos están fijos en las cosas primordiales que siempre nutrieron el espíritu del hombre las cosas más a mano. Así escribió:
Cada placer que conozco procede de una unión íntima entre mi cuerpo y mi muy humana mente, la que recibe, confirma, resucita y que puede revivir lo que experimentó mi cuerpo.
Sin embargo, sobre los placeres en que el cuerpo no tiene parte, no sé nada.
Este mismo hombre, enraizado en este mundo y no en el otro, estaba destinado a convertirse en el primer defensor de la Iglesia Católica en Inglaterra. Se encuentra una clave para su inteligencia sobre las cosas espirituales en su vívida percepción de que todas las cosas buenas de este mundo son transitorias, están llamadas a pasar, que la vida está llena de eso que Allan Tate dio en llamar “los rumores de la mortalidad”. En un ensayo intitulado “Harbour in the North”, Belloc conduce su pequeña embarcación bajo una tormenta y se encuentra con otro velero igualmente en apuros. El desconcido piloto declara que va a rumbear hacia el Norte buscando un refugio permanente pues explica que allí hay un puerto cuya fama ha llegado a sus oídos. “En aquel lugar descubriré de nuevo aquellos momentos de plenitud que me ha tocado en suerte vivir, y esta vez los preservaré sin falta”. El desconocido piloto es, desde luego, el Marino en Belloc; y Belloc mismo contesta desde su propio cascanueces el Bote de la Mortalidad “No llegarás nunca hasta ese puerto... No es de este mundo”.
Un realismo casi salvaje mezclado con su sensibilidad y sus meditaciones sobre la muerte están entre las más notables de la literatura inglesa. Lean su descripción de la ejecución de Danton, escrito en los fervores de su juventud; o acerca del asesinato del Rey Carlos I; o sobre la conversión en el lecho de muerte del Rey Carlos II; y finalmente en su “Elizabethan Commentary”, uno de sus últimos libros en torno a la Reina Isabel I, Belloc se revela a sí mismo:
Sintió que dejaba de ser ella misma y eso es probablemente lo que la mayoría de nosotros sentirá cuando llegue el momento de responder al llamado de Azrael.
Su escepticismo (en el orden de los sentimientos) se nota más que en otros lugares en un ensayo intitulado “Cornetto of the Tarquins” que se encuentra en su libro “Towns of Destiny”: allí, hablando a propósito de aquellas tumbas que se supone son el origen de todos nosotros, nos refiere que tuvo algo así como una
visión subterránea de la muerte, el crepúsculo de la religión que se impuso en Roma y que todos heredamos allí, mientras miraba hacia el oeste desde el muro, consideraba cómo el hombre bien podría decir sobre la vida de toda nuestra raza, tanto como de la propia vida, que no sabemos de dónde viene, ni adónde va.
Confesando sencillamente que era de inclinación naturalmente escéptica, en una famosa carta a Chesterton en ocasión de su conversión al catolicismo, el escepticismo de Belloc fue vencido por su fe, pero la tentación de desesperar lo acompañaría hasta el fin de sus días. Para mí esto siempre ha sido un misterio ya que el angst Heideggeriano y el temor ante el espectro de la Nada parecen ser la peculiar y frecuentemente horrible tentación de aquellos con inclinaciones metafísicas y Belloc no tenía nada de eso. En “The Cruise of the Nona” escribió “acerca del metafísico.... ¿quién lo ve y quién le puede entrar? Es inútil, no sirve de nada”. Completamente desprovisto de preocupaciones filosóficas, sin embargo se veía asediado por la tentación de creer que al fin final no hay respuesta al enigma de la existencia del hombre. Su victoria sobre semejante aberración hacía que su fe fuera sólida, clara como el agua, sin compromiso ninguno. Respecto de las demás religiones que no fueran la Católica, sentía un olímpico desprecio y ante ellas se impacientaba de tal modo que difícilmente lo podía disimular. No le habría ido bien en los días que corren, estos de ecuménicos té-canastas y con la así llamada “Nueva Iglesia” no habría sabido qué hacerse. Muchas veces Belloc se esforzó en apuntar que la tolerancia resulta siempre el mal menor cuando no puede ser vencida actualmente pero que vencida debiera ser.
¿De dónde entonces su catolicismo lírico por el que sacrificó la fama, la posibilidad misma de ganar dinero (Belloc murió pobre)? ¿Por qué renunció a las amplias avenidas del porvenir mundano y se dedicó en cambio a una carrera pública y política? Nacido y bautizado en la Iglesia, católico desde su más tierna niñez, su amor y apreciación de la Fe es cosa que apareció en su vida desde muy temprano, bien que se fue imponiendo en su espíritu lentamente. De su vida interior nos dice bien poco. Francés por el lado de su padre, Belloc, debe recordarse, hizo su servicio militar en la Artillería Francesa, demorando así su ingreso a Oxford donde finalmente resolvió que después de todo permanecería inglés. Su acento cuando hablaba francés sonaba como el de un suboficial de artillería. La cultura latina y europea fueron la atmósfera de su juventud a la que volvería una y otra vez cada vez que podía, incluso cruzando en su precaria barcaza el Canal de la Mancha con el fin de reponer sus reservas de vino.
Si tuviese que elegir un pasaje de las Escrituras para resumir su visión de la Fe, sería “Por sus frutos los conoceréis” (Mt. VI:30). Aquí, con la ayuda de su poderosa imaginación que tanto se nota en sus numerosas historias militares, Belloc podía ver la obra de la Iglesia a través de los siglos y adoraba lo que veía. La Iglesia hizo Europa y al construirla reparó y profundizó el viejo Orden Romano descuajeringado pero no muerto, por obra de las tribus germánicas del norte. Todas nuestras típicas instituciones occidentales fueron creadas “ex nihilo” por los católicos o heredadas del mundo clásico y luego fermentadas por la levadura de la Cristiandad. Aunque el vocablo “encarnación” no era de uso corriente en tiempos de Belloc, él es un ejemplo arquetípico de quien entiende las verdades religiosas encarnadas. Belloc buscaba bendiciones en todas partes y para él la Cristiandad no era más que una fabulosa red de gracias actuales.
Haciendo suya la insistencia tomista en que la gracia perfecciona la naturaleza, sostuvo siempre que la herencia del mundo clásico había sido preservada y transfigurada en los fuegos de la Fe. En nuestro mundo al menos tal como Belloc lo veía, en toda su creciente crepuscularidad algunos hombres habían logrado un campesinado libre que habría de ser la nota distintiva de Europa durante muchos siglos. En aquel ordo orbis floreció la justicia y abundaron los hombres libres que, al descubrir su libertad, la ejercieron durante dos milenios creando una cultura que Belloc llamó alguna vez “la gracia estable de este mundo”. Allí todos experimentamos no sólo lo que significa ser un ciudadano libre, sino también el valor sagrado del matrimonio, la dignidad de los hombres, la caballerosidad, la feroz repulsa de toda irresponsabilidad maniquea y de toda negación panteísta, allí descubrimos el valor sacramental del universo. Se hallaba todo esto en la Europa Católica y en toda región donde había estampado su genio, y su fundamento se encuentra en doctrinas corporativas de inmensa actualidad que no se hallarán en otro rincón de la tierra.
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Belloc entendía que una vida enraizada, en contacto con la naturaleza, era humanamente superior a la masificación que destila la civilización moderna. Dénle al hombre una chacra, un pequeño taller, un yunque de artesano, un bote para navegar, vino para tomar llenadlo todo con el amor a Cristo; centrad la vida del hombre alrededor de ritmos litúrgicos; y comprobarán que ese hombre (por lo menos el promedio) es más feliz que su contraparte industrial. Una cultura verdaderamente católica tiende y recurro al verbo tender en su sentido más operativo hacia ese tipo de vida. Templando la concupiscencia y la avaricia, el hombre es más parecido a sí mismo. Como nota A. N. Wilson en su introducción a “The Four Men”, Belloc sabía que su ideal estaba condenado de antemano, y su único consuelo era la desfachatada carcajada con que acompañaba su pregón, la noticia de que el mundo entero se estaba yendo al infierno: “Se los dije”.
Desparramando sus variados y numerosos talentos e increíble energía en sus ensayos, un considerable cuerpo de muy buenos versos, historia militar, novelas absurdas, biografías y libros de viaje, estudios sobre la marcha, artículos políticos de encendida polémica, teoría económica, Belloc concentraba toda su producción en torno a una sola concentrada perspectiva: el apostolado de la historia. Todos recitamos el “Credo in unam, sanctam, catholicam et apostolicam ecclesiam”pero Belloc se tomaba en serio lo de “apostólica”. No quiero decir con esto que Belloc se mostrara particularmente interesado en la cuestión de la sucesión apostólica. El veía eso como una controversia resuelta: “Roma locuta, causa finita”. Más bien me refiero aquí a que se veía a sí mismo como un hombre llamado al apostolado. En su panegírico cuando el entierro de Belloc, Ronald Knox lo llamó más bien profeta, antes que apóstol. Pero posiblemente Knox y yo tengamos los dos razón puesto que Hilaire Belloc fue un misionero en la Inglaterra Protestante y su principal arma fue la historia. No creo que haya sido una decisión consciente de su parte, un acto libre deliberadamente resuelto en algún momento de su vida. No, por temperamento y talento, Belloc era un historiador. A poco de desilusionarse con la política parlamentaria (fue diputado durante dos períodos, uno como Liberal y otro como Independiente), pronto concluyó que el mundo de habla inglesa había sido engañado acerca de su pasado y de su presente y que tal mentira estaba indisolublemente ligada al “establishment” protestante que oficialmente data desde 1689 pero que, de hecho, se consolida en fecha muy anterior.
De conformidad con Cobbett (al que raramente citó y quién aparentemente tuvo poca influencia sobre él a pesar de que ambos convergen en sus puntos de vista en cuestiones de historia) Belloc veía la Reforma Protestante como “una sublevación de los ricos contra los pobres” y puso en evidencia una tras otra, las sucesivas capas de mentiras de la historia oficial hasta que quedó al descubierto su fundamento último: la Gran Mentira. En realidad lo que había ocurrido es que el celo religioso de un puñado de herejes fue puesto al servicio de la viejas clases terratenientes y mercantiles de Inglaterra, que, con la ayuda de la lujuria de Enrique VIII, se empeñaron en abolir el viejo orden católico. Si Belloc tuvo alguna vez enemigos en serio, estos eran los “Whigs”, los del Partido Liberal. Sobre el Marqués de Shaftesbury escribió que “probablemente esté en el infierno”. A Guillermo de Orange lo llamó “el pequeño perverso” y, claro está, ¡el hombre era exactamente eso! Aunque Belloc nunca citó el famoro diktat de Samuel Johnson “El diablo fue el primer Whig” el peso entero de sus escritos históricos conducen a esa conclusión. Y aunque Belloc odiaba a los Whigs tenía poco en común con los Tories. Católico populista y radical, un audaz republicano cuando promediaba su vida, pero luego obligado realista, habría salido a pelear en Escocia con el Príncipe Carlos Eduardo en el ’45.

No tengo espacio aquí para elaborar en detalle la cosa, pero lo cierto es que Belloc revolucionó los estudios históricos en Inglaterra. Baste con señalar y digo esto formalmente, mido mis palabras y no hay en la aseveración retórica alguna que un solo hombre, Hilaire Belloc, un solo revisionista, obligó a reexaminar por completo la Historia de Inglaterra. En efecto, a partir de Belloc, nadie puede salirse con la suya diciendo que la Reforma fue obra de almas generosas y bienintencionadas que sólo pretendían libertad y democracia, almas nobles que liberaron a Inglaterra de las tenebrosas supersticiones católicas y el oscurantismo medieval. Otros glosaron la obra de Belloc y se aprovecharon de su visión. E hicieron bien, pero la visión era de él anto como la conspiración del silencio que se tejió en torno suyo y que acompañó toda su obra.

Si por los frutos los conoceremos, entonces los frutos de la Revuelta contra Roma han sido suficientemente documentados; más aún, conocer estos hechos tan sólidamente acreditados produce un íntimo dolor que nos ha convertidos en rebeldes contra la Rebelión. Los hombres fueron rebajados en su dignidad. Los justificados eran unos pocos que sojuzgaban a la mayoría postrada calvinísticamente ante un Dios implacable y cruel que los condenaba al infierno por toda la eternidad. La majestad y belleza, incluso la languidez del antiguo orden de cosas cedió frente a nuevos modos y estilos severos y tétricos que ahogaban la natural respuesta del hombre ante la belleza de la Creación. Mas para Belloc eso era inaceptable y exhibió el fraude. Detrás de los fantáticos salmistas reposa el peso de aquello que llamó el Poder del Dinero, el nuevo Capitalismo y el Sistema Bancario que en su avaricia esclavizó a Europa. Belloc detalló minuciosamente el proceso en libro tras libro hacia el final de sus días se repetía a sí mismo. Si su prosa nunca aburrió, sus argumentos frecuentemente sí. El mundo moderno, construído sobre el dinero y la herejía tuvo y tiene como principal enemigo a la Iglesia Católica y al Orden que creó. Claramente, al Sr. Belloc, como se lo conocía cuando viejo, no le gustaba el mundo moderno gris, anónimo, desprovisto de belleza, una construcción innoble, un mundo indigno. Y sin embargo, como ya he notado, probablemente la Inglaterra de su tiempo fuera el único lugar del mundo en que él podría haber florecido como lo hizo. Ya viejo, cuando las bombas azotaban a Londres, Winston Churchill le ofreció en nombre del Rey un título de alta dignidad. Belloc cortésmente declinó el ofrecimiento.

Hace poco tiempo el Cardenal Ratzinger escribió en un ensayo acerca de la liturgia que la única apologética con que cuenta la Iglesia consiste en su arte y sus santos. En los amplios espacios por los que pasó el hombre en sus aventuras a través del tiempo ninguno de los dos se encuentra con tanta profusión como en los dominios del catolicismo. Belloc, creo, en parte, habría coincidido con el Cardenal. ¿Cuántas veces nuestro autor no se detuvo delante de torres e iglesias, la natural gracia de aquellos pueblitos de Francia e Inglaterra aún no manchadas por el industrialismo que se le aparecían a la luz de incontables madrugadas como una visión realzada por el marco de sierras y bosques a su alrededor? ¿Cuántas veces no señaló a la Catedral de Sevilla como la primera maravilla del arte occidental y esto de parte de un hombre de estética francesa y no española? ¿Y acaso no escribió el más distinguido panegírico de Santa Juana de Arco no hay uno mejor y eso en un refinado inglés a la altura del formidable francés que se hablaba en su tiempo? No: si la Fe no es la respuesta al corazón del hombre, no hay nada. Pero probablemente Belloc habría agregado algo a los santos y el arte que Ratzinger indicó, la trama del orden social entero que ciertos hombres crearon en la convicción de que si Cristo no está en la feria y los mercados, no está entonces en ningún lado. Y esto, me apresuro en aclarar, de parte de un hombre que sostenía que el centro de la existencia era el tabernáculo sobre el altar. Aquellos que lo conocieron de cerca han atestiguado sobre su creciente devoción eucarística a medida que los años lo iban venciendo. En verdad, Belloc insistió con vehemencia en que el odio y el ataque contra el dogma de la transubstanciación era el corazón del amargo resentimiento que movía a los Reformadores ingleses del siglo XVI. Lean a Belloc sobre Cranmer. Dieron vuelta todos los altares y los transformaron en mesas y así inicialmente oscurecieron para finalmente negar aquello que le daba vida a las iglesias católicas convirtiendo a los templos reformados en espectros reminiscentes de tumbas.

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El hombre debe pelear por obtener la Fe y una vez obtenida y eso siempre precariamente debe ser atesorada y regada, mas nunca aguada. Así también respecto a la crivilización concebida y realizada para nosotros por la Fe: debe ser amada y defendida. Todos haríamos bien en leer la meditación de Belloc “The Wall of the City”: detrás del muro de la ciudad el tráfico de gente decente ocupados en sus negocios y labores corrientes y que adoran a Dios que desfila por las calles en una Custodia y afuera ¡el enemigo!

Belloc llegó a definir con toda exactitud quién era el enemigo en su tiempo. El enemigo es el bárbaro, mas siempre utilizó la palabra análogamente; y para Belloc el antiguo bárbaro frente a las murallas de la ciudad sale mejor parado que su contraparte moderna. “El Bárbaro” por dentro es aquel que se ríe de las convicciones permanentes que constituyen nuestro legado. Es el hombre con labios que exhiben una perpetua mueca despreciativa. Cree estar por encima de todo: enjuicia al pobre creyente en la calle o en la iglesia, a aquella vieja encogida frente a una imagen de Nuestra Señora mientras reza el rosario, y la enjuicia severamente. Ya es suficientemente duro alcanzar la Fe y vivir en ella, pero arrojarla de sí por un chiste barato es despreciable. Así los Bárbaros.

El Bárbaro tiene esperanza y esa es su marca, la de creer que puede comerse la torta y conservarla al mismo tiempo. Consumirá lo que la civilización ha producido morosamentee después de generaciones de selección y esfuerzo, mas no se tomará el trabajo de reemplazar tales bienes, ni tampoco tendrá comprensión alguna de aquello que los trajo a la existencia. Le parece irracional la disciplina razón por lo que siempre estará asombrado ante una civilización que se ha atrevido a ofenderlo con sacerdotes y soldados... En una palabra, el Bárbaro es fácil de detectar allí donde se encuentra por su característica más señalada: que no puede construir: puede envolver en neblina y destruir pero no puede sostener nada; y de cada Bárbaro en medio de la declinación o peligro de cada civilización lo mismo puede decirse.

Belloc está describiendo prácticamente a todos los que conocimos anoche en el cóctel o en un mitín de la facultad. Los Bárbaros están en todas partes.

Oigamos a Belloc nuevamente cuando con palabras trenzadas de soledad y escritas al borde del desierto del Sahara reflexionaba sobre las ruinas de Timgad:

Nos sentamos a la vera del camino y contemplamos al Bárbaro; lo toleramos; durante los largos períodos de paz no le tenemos miedo. Nos irrita un poco su irreverencia, pero su absurda inversión de nuestras viejas certezas y convicciones nos hace reír.

Pero mientras nos reimos nos miran grandes y terribles rostros que nos vigilan desde el más allá: y en esos rostros no hay sonrisa alguna.

De aquellos hombres, agregó Belloc y esto también, escrito en el desierto:

Su Fe se convirtió en leyenda, y por fin ingresan al templo que Dios abandonó y cuyo Idolo es perfectamente ciego.

Cuando Nuestro Señor abandona los templos de Occidente, se callan los tambores y los hombres adoran abstracciones tal como hacen hoy en día nuevos ídolos. Mas detrás de ellos hay un poder terrorífico, y no es de este mundo.

* * *

Dotado con una mente sumamente poética y profética, Belloc poseía una afilada inteligencia. “El Estado Servil” constituye un prolongado silogismo y no se hallará una sola metáfora en todo el libro. Su tesis, que desarrolló en 1909, de que el Occidente no se dirigía ni al socialismo puro ni al capitalismo puro es hoy en día doctrina común. Sucedió. Podemos condolernos o celebrar nuestra sociedad de consumo. Y yo tengo la impresión de que Belloc hizo un poco de cada cosa. Como fuere, su “sociedad distributista” excede el marco de este artículo. Su libro “Sobrevivientes y Recién Llegados” está más cerca de mi tema. El Islam, predijo, volvería, porque el Islam constituye una permanente amenaza a nuestra Fe. Y el Islam ha vuelto. El cristianismo bíblico o la Bibliolatría podrían tal vez retornar, pero probablemente no lo hicieran: aquí Belloc se equivocó. El Fundamentalismo ha vuelto con fuerza aquí en los Estados Unidos: vulgar, como Belloc sostuvo, siempre fue; de pensamiento primitivo como Belloc apuntó; sofisticado en el uso que hace de la tecnología electrónica, cosa que Belloc nunca podría haber pronosticado. El Arrianismo, cuyo nombre actual es Modernismo, ha vuelto con sed de venganza en el seno de la Iglesia. También Belloc anticipó esto. Todas sus profecías en este interesante libro fueron fundadas razonadamente bien que tales argumentos, él mismo lo admitía, serían frecuentemente confundidos por el misterio del futuro. Su talento razonador se puso en evidencia en oportunidad de varias controversias: una con Coupon acerca del catolicismo medieval donde Coupon lleva las de ganar respecto de los hechos pero invirtiendo el cuadro; una con H. G. Wells sobre los orígenes del hombre, oportunidad en la que Belloc se quejó en privado que la Iglesia le había entorpecido su argumentación por haberse tragado “todo aquel folklore Hebreo”; y finalmente, una con Dean Inge, en la que estaqueó al enemigo definitivamente.

Después de contestar punto por punto a las objeciones de Dean Inge contra el catolicismo algunas eran infantiles: ningún inglés podía ser patriota y católico a la vez; otras eran viciosas: “la Iglesia era una sociedad sangrienta y traicionera” e “impostora” Belloc concluyó su carta abierta con la siguiente perorata. Os suplico que la lean tal como fue escrita.

Se os escapa enteramente el carácter de la Iglesia Católica... Sois como uno examinando los vitrales de la Catedral de Chartres desde dentro y a la luz de la vela pese a que el sol los ilumina radiantemente... Pues ¿qué cosa es la Iglesia Católica? Es la que contesta, la que coordina, la que establece. Es la que contiene el recto orden de las cosas; afuera solo quedan puerilidades y las desesperaciones. Constituye la posesión de una perspectiva al observar al mundo... Aquí sólo hay promesa, aquí sólo hay fundamento. Aquellos de nosotros que nos enorgullecemos de participar de una herencia tan sólida y estable, no por eso reclamamos alguna clase de paz personal; pues no alcanza sólo con eso. Mas pertenecemos a una compañía tan gloriosa que recibimos aliento, y comulgamos con ellos. También la Madre de Dios es nuestra. Nuestros muertos nos pertenecen. Aun en medio de las miserias terrestres oímos en todo tiempo una música distante y eterna y llegamos a percibir un etéreo aroma doméstico. Se nos ha puesto delante un estandarte al que respondemos con toda nuestra existencia, que es el de haber heredado una vida eterna, plena, en nuestro propio país. Bien puede decir Ud. que “todo eso es retórica”. Mas estaría equivocado pues más bien se trata de una visión, un reconocimiento y un testimonio. Pero si lo desea, tómelo como retórica. ¿Acaso dispone de alguna semejante? Supongamos que sea mera retórica, ¿cuál es la fuente de donde emana semejante río? ¿Y de dónde procede la reserva de tesoros que llenan aun a un hombre como yo con tanto fuego? ¿Acaso sus pareceres (o dudas o dialéctica) pueden hacer lo mismo? ¡Señor, lo dudo mucho! Una cosa en este mundo es distinta de todas las demás. Tiene personalidad y fuerza. Se la reconoce y (cuando reconocida) se la odia o ama con enorme violencia. Se trata de la Iglesia Católica. Dentro de esa casa el espíritu humano dispone de un techo y un hogar. Afuera, las tinieblas.

In haec urbe lux
Sollennis,
Ver aeternum, pax
Perennis
Et aeterna gaudia.

Alguna vez escribió que los franceses han sido bendecidos con la capacidad de criticarse y remontar esas mismas críticas. Como fuere, Hilaire Belloc raramente criticó a la Iglesia. La amaba demasiado. Nunca contestó los ataques a su persona de parte de sus correligionarios católicos. Habría sido, decía, como un pecado contra su propio cuerpo. Los tiempos cambian y hoy en día un escritor católico puede hacer un buen negocio atacando a su propia Madre. Pero Hilaire Belloc, siempre asociado en la memoria a su gran amigo G. K. Chesterton, hizo de la defensa de su Fe, el principal negocio de su vida. Esgrimió una espada poderosa. “Gigantes autem erant in terram in diebus illis”. “En aquellos días había gigantes sobre la tierra” (Gén. VI:4). Mas la espada de Belloc fue enterrada con él. En verdad, dudo mucho que veamos nuevamente a los de su tipo.

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